Reseña: La luz de lo imposible. Los poetas de Nosferatu y Último Reino (1972-2022), de María Julia de Ruschi

La luz de lo imposible. Los poetas de Nosferatu y Último Reino (1972-2022), de María Julia de Ruschi (Ediciones Kalos, 2022)


Las memorias de una vivencia poética: Nosferatu y Último Reino

por Emilio Jurado Naón


Cuando la crítica no actúa de oficio, la historia de la poesía termina contándose en primera persona. Se puede discutir el rol de la crítica, e incluso postular su inexistencia; pero lo que se vuelve más difícil de negar es que la poesía, por la escasez de intereses económicos que concita y lo reducido de su circuito, muchas veces debe narrarse a sí misma si se quiere dar a conocer. Es el caso de La luz de lo imposible. Los poetas de Nosferatu y Último Reino (1972-2022), antología prologada y editada por María Julia de Ruschi, integrante de la revista Nosferatu (1972-1978) que, si bien no participó de la posterior revista y editorial Último Reino (1979-1998), une ambos proyectos a partir de un reconocimiento de hermandad entre ellos. Tal afinidad, que para otros integrantes es entendida como una continuidad sin solución, se debe fundamentalmente al maestro, piedra de toque de ambos grupos, coligante social y anfitrión los viernes a la noche en su departamento de Las Cañitas: Mario Morales (1923-1987).

La semblanza de este autor, quizás desconocido para una buena parte de los lectores de poesía, es de lo más jugoso de La luz imposible. En torno a su figura, las evocaciones y el chisme condensan una aire de tertulia muy propio de la sociabilidad poética: alcoholizarse, leer borradores, teorizar sobre arte y hablar mal de otros escritores fueron y son de las cosas más divertidas de encontrarse con otros amantes de la poesía. La alergia a la vida práctica, que hace al estereotipo del “poeta”, no era ajena a Morales, quien, según recuerdan los discípulos, no sabía ni cómo usar un teléfono público; así como le eran propios, por otra parte, el contagioso entusiasmo y énfasis de la lectura en voz alta, y “una especie de pureza que dan la inteligencia y la sensibilidad, aliadas en el corazón, con sencillez”. En torno a Morales se despliegan perfiles de los contertulios (René Palacios More, Jorge Zunino, Enrique Ivaldi, Álvaro Diez Astete, Daniel Gutman, Víctor Redondo, Mónica Tracey, Guillermo Roig, María del Rosario Sola, Horacio Zabaljáuregui, Roberto Scrugli, Susana Villalba, Carlos Riccardo, Pablo Narral y la propia antologadora), sus conflictos (familiares, de ego y también de género, como cuando una de las participantes se entera de que los hombres tenían sus reuniones aparte) y anécdotas que enriquecen la lectura de los poemas e incluso, en algunos casos, los superan.



En su introducción, De Ruschi reconstruye en primera persona una escena poética vernácula y germinal situada en los setenta en Buenos Aires que incorpora algunos testimonios acerca de Último Reino, pero principalmente se centra en la etapa anterior, la más oscura Nosferatu. El recorte de la memoria gregaria es nítido: dado que “en las reuniones nunca hablamos de otra cosa que no fuera de poesía”, el libro excluye de plano el contexto social (a pesar de mencionar que algunos integrantes fueron militantes y exiliados) y se resguarda en una línea común a ambos grupos: “mantener viva la conciencia de la responsabilidad del poeta en relación con el lenguaje, la custodia de la potencia sagrada del verbo que hace la misión de la poesía específica y única entre los varios usos posibles de la palabra, rasgo que los apartaba de la tendencia general de la época”.

La luz de lo imposible evade en gran medida una caracterización del contexto histórico y estético en el que se desenvolvieron sus protagonistas. Pero, aunque se presenta como una memoria personal, la antología no se limita al rescate de poemas de culto datados hace más de dos décadas, sino que pretende de prolongar, con la incorporación de poemas recientes de Zabaljáuregui y Villalba, una supervivencia actual. La licencia del subtítulo es una muestra de esta voluntad de vigencia: aunque no incluya poemas posteriores a 2019, la bajada extiende la trayectoria de “los poetas de Nosferatu y Último Reino” al año actual de publicación, 2022.

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Publicada en Ñ (Clarín) el 20/12/2022

https://www.clarin.com/revista-n/literatura/resenas/borradores-luz-apaga_0_9C0AQOqFWy.html

Reseña: Tokio, estación Ueno, de Yū Miri

Tokio, estación Ueno, de Yū Miri

Traducción: Tana Ōshima

Impedimenta, 2022


Fragmentos de la historia en el centro de Tokio

por Emilio Jurado Naón



Un fantasma recorre la estación Ueno; no es el fantasma del comunismo, pero sí el de un miembro de la clase obrera. Kazu, un trabajador golondrina proveniente de la prefectura de Fukushima, narra la novela Yū Miri Tokio, estación de Ueno bajo una presencia espectral que le permite abarcar la historia de Japón desde principios del siglo XX hasta la actualidad. Habiendo renunciado al descanso que le aseguraba el Budismo de la Tierra Pura, el espíritu de Kazu se ve conjurado por el chirrido de los trenes en una de las estaciones más importantes de la capital nipona y contempla, en el anonimato que caracterizó su propia vida, la pesarosa llanura del tiempo en la que se entrelazan remordimientos personales y la degradación paulatina del tejido social.

A contrapunto de las conversaciones banales de los paseantes y las viñetas fugaces con las que registra la milimétrica rutina de los sintecho en las inmediaciones de Ueno, fantasma que inventa Yū Miri cuenta una historia de Japón atravesada por guerras, desastres naturales, y conflictos políticos a partir de los monumentos, museos y memoriales del parque, y así convierte un punto neurálgico de Tokio en una sinécdoque nacional. En tanto este espacio constituye el perímetro de la novela (y los límites dentro de los que se mueve su narrador), la medida del tiempo la brindan los recuerdos de Kazu: pescador desde niño, luego albañil en las obras de construcción para los primeros Juegos Olímpicos celebrados en Japón (1964), y finalmente devenido sintecho, una vez que la súbita concatenación de muertes en su familia (su primogénito y su esposa) y el desempleo lo anularan para la vida social.



Víctima del azar, la melancolía y un sistema económico despiadadamente competitivo, el protagonista de Tokio, estación Ueno concibe su vida como un negativo perfecto de la de su adorado emperador Hiroito, de la misma edad y cuyos respectivos hijos comparten año de nacimiento: “Ahí estaban, nada menos que el emperador y la emperatriz, delante de mí, mirándonos con unos ojos que no puedo describir más que como generosos y llenos de bondad, sonriendo con unos labios que jamás han conocido ni crimen ni vergüenza. No es que pudiera leerles la mente con solo mirarlos a la cara, pero no era una sonrisa falsa como la de los políticos o la de los famosos. Y me pregunté cómo sería tener una vida así, en la que nunca se ha experimentado la dificultad, la codicia o la perdición…”

La sutil, aunque no por ello menos rotunda, crítica al régimen laboral y al individualismo japonés que Miri despliega por acumulación, paulatina y parsimoniosa, es desplegada mediante estrategias varias. Algunas, propias del naturalismo, como el estudio de campo de la vida cotidiana de personas en situación de calle (vergüenza inconfesable para la niña bonita del capitalismo mundial); otras, del realismo social, como la ambiciosa tarea de unir la propaganda gubernamental de los Juegos Olímpicos (planificados para el 2020) con el desastre nuclear de Fukushima (2011) y presentarlos como dos emergentes de un sistema social asimétrico que dispone de su población con la misma displicencia que a un envase descartable.

La atención de Miri hacia la historia social y económica coexiste, y se complementa con una historia fragmentada compuesta por detalles: impresiones de un velorio budista, conversaciones sueltas, cantos de pájaros, los cambios del sol y la acción de la lluvia sobre los objetos arrumbados de los sintecho por orden de las autoridades. Así, la tracción del tiempo y la belleza se tensionan en el relato de Kazu; a veces, las flores artificiales junto a un memorial claudican ante el paso de los días, “han perdido el color y sus tallos se han torcido”, y en cambio las rosas del pintor Redouté, en una muestra junto al parque, se destacan por estar fuera de contexto: “Las rosas florecen ajenas a la realidad del pasado y siguen vivas en el papel como flores fantásticas de otro mundo”. En ese vaivén de la historia y de las cosas hace equilibrio Tokio, estación Ueno.

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Publicada en Ñ (Clarín) en algún momento de noviembre/diciembre 2022

Reseña: Tercera persona, de Valérie Mréjen

Valérie Mréjen, Tercera persona, Periférica, 2022

Dar a luz de nuevo el mundo

por Emilio Jurado Naón


A medida que la curva de cualquier moda literaria entra en un declive irremontable, se hace ostensible al público lector que los asuntos de “actualidad” rozan el hartazgo; entre los cuales se cuentan, por ejemplo, las tramas e inflexiones de la maternidad. Sin embargo, cuando la repetición monotemática se exaspera en una sociedad, también puede abrirse la puerta a la experimentación formal. No otra cosa hace la parisina Valérie Mréjen en su libro Tercera persona: el compendio de impresiones desde la mirada de una madre primeriza de clase media intelectual europea cuya sensibilidad, con el nacimiento de la heredera, florece en mil y un facetas.

Tercera persona, ante todo y desde el título, es un libro inteligente; de una inteligencia sensible. La neonata representa la tercera persona que completa el triángulo hogareño; pero también nombra el recurso de la narradora, quien se apropia de la visión desnaturalizada de lo mundano y sus prístinos detalles a partir de la tercerización de la experiencia: la manera en que suponemos que un recién nacido absorbe los primeros estímulos, en realidad, surge de la visión renovada de una madre, habilitada por la aparición de este nuevo ser a su cargo.

Así, Mréjen dispone imágenes frente a los ojos de quienes leen, en un entrevero de dos puntos de vista, el de la puérpera y el de la niña, que aún se debaten por despegarse: “El taxi recorre los muelles y ella admira la más insignificante farola con los ojos de una turista embriagada, los desdichados y renqueantes pájaros urbanos, el grasiento papel pegado a las rejilla de ventilación: está extasiada con el paisaje que desfila ante ella. Le gustaría abarcarlo todo con la mirada, retener cada imagen. Se pregunta si, mediante el contacto físico, puede comunicarle ese arrobo a la pequeña, que está dormitando.”



El paseo aletargado de la hija, que se detiene en cada baldosa a apreciar menudencias, acerca el relato de Mréjen a los de Walser, con su apología de los pequeños seres y las pequeñas cosas. Y, conjugada por reflexiones contraintuitivas (como la idea de que los niños son de derecha por su inercia a prestar los juguetes), la capacidad de observación de la autora resulta en una prosa preciosa y artesanal.

El recorte que hace Tercera persona sobre su objeto y abordaje exceptúan cualquier clase de conflicto, salvo el que acercan apenas una enfermera angustiada y un sintecho que conecta fugazmente con la niña. Son condiciones casi de laboratorio las que despliega la autora en este libro, con las que destierra, en un mismo movimiento (habría que preguntarse si por necesidad o decisión), tanto el imperio del yo como las amenazas del mundo actual.


Publicada en Ideas (La Nación) el 19/11/2022

https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-tercera-persona-de-valerie-mrejen-nid19112022/


Reseña: Memorias de un hijueputa, de Fernando Vallejo

 Memorias de un hijueputa, de Fernando Vallejo

(Alfaguara, 2022)


Unicato del insulto

por Emilio Jurado Naón



En 2018, Fernando Vallejo volvió a Medellín y escribió Memorias de un hijueputa. Luego de décadas de residir en México, la primera tarea que adopta para su flamante narrador (un presidente totalitario, culto e intolerante) es liquidar a la mitad de la población, empezando por cuatro de los últimos presidentes de Colombia, “los más dañinos delincuentes” César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos.

Luego de absorber los poderes legislativo y judicial en su unicato, este memorialista instruido en teología, gramática clásica y psicoanálisis, se dedica a purgar el Ejército y diezmar a las FARC y los paramilitares, a los motociclistas y a los que escuchan música muy alto, y a esterilizar a las mujeres. Al resto del mundo, esta primera persona que juega una danza ambigua de identificación y distanciamiento con su autor (siendo el amor a los animales por desprecio a la humanidad el pivote dilecto de su autoficción) le dedica una verba filosa: presidentes, celebridades y poetas de América y Europa, España en particular (con la RAE incluida), son objeto de su verborragia, sin olvidar el fetiche de Vallejo, la Iglesia católica y el Papa: “este gordo blandengue pampeano de hoy enlazador de vacas”.


No tan adepto al “arte de injuriar” borgeano, sino más afín al “arte de putear” que se le atribuye a Alejandro Rubio; la prosa de Vallejo triunfa en su orfebrería y en el ingenio del humor. Su estilo es el de un cebado por propia insistencia y su estética, la de la contradicción: “Cuando camino pienso, cuando pienso insulto, y cuando insulto me siento bien, me siento yo, soy yo, no otro que se escuda bajo el nombre de otro, como los novelistas de tercera persona que se ocultan tras la omnisciencia de Dios, o los de primeras tras un alter ego. ¡Maricones, digan quiénes son! ¡Den la cara!”

Pero toda esta catarata de insultos y humillaciones a mansalva, ¿ofende finalmente a alguien? ¿Espanta al burgués? Uno creería que no, e incluso más: se podría arriesgar que mucha de esta alharaca no hace mella en una sociedad ya embotada de discursos de odio, emitidos tanto por trolls pagos o ad honorem como de hórridos mandatarios y candidatos de derecha. Se pensaría que ya no queda nada ni a nadie a quien ofender desde la ficción y su juego de espejos autobiográficos; pero así y todo la contratapa anónima de Memorias de un hijueputa se ve en la necesidad de aclarar que el memorialista que narra está “loco” y da por descontado que el lector sensato rechazará sus tesis “como despropósitos”. En resguardos así se revela el límite lábil de los contratos de lectura que autores como Vallejo no se cansan de pulsar.


Publicado el 13 de agosto de 2022 en Ideas / La Nación: https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-memorias-de-un-hijueputa-de-fernando-vallejo-nid13082022/

Reseña: Ustedes brillan en lo oscuro, de Liliana Colanzi

Ustedes brillan en lo oscuro, de Liliana Colanzi

Páginas de espuma, Madrid, 2022


Una cueva puede ser el único testigo del devenir planetario y sus heterogéneos habitantes; los residuos nucleares en una ciudad, el coagulante de una resistencia colectiva; el regreso al pueblo materno, un punto de unión entre progenie y descendencia. Los cuentos de Liliana Colanzi reunidos en Ustedes brillan en lo oscuro (ganador del premio Ribera del Duero 2022) abordan narraciones fragmentadas cuyo emplaste es la mirada glocal: historias locales atravesadas por asuntos globales.


A pesar de ostentar una raigambre en los territorios (desiertos, selvas, ciudades andinas y pueblos rurales), los relatos de Colanzi apelan a una sensibilidad pretendidamente universal por vía de la ciencia ficción, el fantástico y el terror. Así, algunos temas de agenda como la contaminación, la represión policial y sexual, la identidad de clase y la maternidad se adornan de un maquillaje tan pendiente del color local como de la agenda cosmopolita.

Alejados del cuento clásico, las narraciones de Ustedes brillan en lo oscuro trabajan con el montaje y la pluralidad del punto de vista; características que generan una impresión de paisaje narrado antes que de relato. Dueña de una prosa comunicativa y poco ambiciosa, en la que la frase simple dicta la monotonía del ritmo, Colanzi ordena un abanico de imágenes visuales y léxico variado en torno a temas de interés general; en clave “latinoamericana”, fácilmente reconocible y asimilable para un público europeo, sus relatos se quedan en la brillantina superficial sin profundizar, ni en forma ni en trama, los problemas que propone.


Publicada en Ideas / La Nación el 8 de octubre de 2022: https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-ustedes-brillan-en-lo-oscuro-de-liliana-colanzi-nid08102022/

Reseña: Gould, de Stephen Dixon

Gould. Una novela en dos novelas, Stephen Dixon (Eterna Cadencia, 2022)

El aborto como pegamento narrativo

por Emilio Jurado Naón



Gould no es una novela sobre el aborto, es una novela estructurada por abortos. Dos maneras de elaborar un tema que pueden ser parecidas pero producen textos muy distintos. En esta novela (que, como dice la bajada, es “una novela en dos novelas”) publicada por primera vez en 1997, el estadounidense Stephen Dixon presenta a un personaje, Gould Bookbinder, y narra su vida a partir de un recorte muy preciso: solo nos contará las escenas y episodios vinculados con los abortos que sus distintas parejas tuvieron que practicarse desde el comienzo de su vida sexual en la adolescencia hasta ya entrado en años, jubilado y habiendo constituido una familia tipo.

El recurso es similar al de J. R. Ackerley en Mi perra Tulip, una biografía de su amada perra alsaciana estrictamente restringida a sus períodos de celo. Mientras que Ackerley formula su relato en relación al amor platónico, la sensualidad interespecies e inquietantes relaciones de poder, Dixon se limita a esta última vertiente de la experiencia humana. En un comienzo Gould parece un inadaptado más, con fervientes ganas de conjurar el coito pero sin mucho entusiasmo por los métodos anticonceptivos ni por el acompañamiento afectivo y material de sus parejas durante el procedimiento médico. Sin embargo, con el correr de los episodios, narrados en una catarata de diálogos y monólogos internos, y pegados unos a otros sin solución de continuidad (bookbinder, es el encuadernador, especialmente del tipo que pega hojas sueltas para formar un libro), Gould se va revelando como un personaje altamente desagradable y violento cuya única obsesión parece ser dejar embarazada a una mujer (cualquiera sea) y tener un hijo (varón) cueste lo que cueste. 


La primera parte de Gould se titula “Abortos”, pero no se aboca tanto a la discusión de la interrupción voluntaria del embarazo ni sobre el cambio en los métodos para realizarse uno en Estados Unidos a lo largo de las décadas (desde los cincuenta hasta los noventa) ni sobre las implicancias morales y políticas de esa práctica. El hilo que zurce estos episodios es Gould y la curva ascendente de la concepción no planificada como producto de la negligencia o como táctica de coacción. Los abortos, en definitiva, arman una serie biográfica que simboliza el fracaso constante de una subjetividad masculina rota y desorientada. 

Aunque Gould no detenta el monopolio de la miseria humana en la novela, la narración de Dixon se las ingenia para ponerlo en el centro de la atención y modular un in crecendo sustancioso a medida que se suceden los párrafos. Así, el protagonista llega a secuestrar durante una noche a su novia porque ella quiere terminar con un embarazo no deseado y, años después, cuando Gould ya cuenta canas, tiene dos hijas (mujeres), y la calma parece haber llegado a su vida inquieta, insiste en inseminar por medios heterodoxos a su esposa, a pesar que, por condición de salud, una tercera gestación pondría en riesgo su vida. 

La maestría necesaria para articular una subjetividad insoportable sin por ello dinamitar el interés en la lectura solo se puede comparar con la habilidad que despliega Dixon para deslizar, a pesar de la abyección del protagonista, visos de humanidad que van construyendo sotto voce un personaje complejo y pleno de matices. La segunda novela dentro de Gould se llama “Evangeline” y su eje es el personaje homónimo, una madre soltera con la que Gould vive de manera intermitente durante varios años y con cuyo hijo entabla un vínculo que cree profundo aunque los hechos demuestren lo contrario. Evangeline es la mujer a la que Gould nunca pudo embarazar; pero no solo eso: ella representa la única subjetividad de la novela que logra subyugar al protagonista en todos los planos (intelectual, sexual, estratégico y político-hogareño). Gran contrapunto narrativo, esta segunda parte hace crecer el flanco vulnerable de Gould y asienta el nudo definitivo de su psicología quebrada: el deseo trunco de un hijo varón.


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Publicado en revista Ñ como "Stephen Dixon: todo por un hijo varón" - 13/10/2022


Reseña: Sumisión, de Oscar Taborda

 Oscar Taborda: Sumisión, Paraná, Entre Ríos, Argentina, EDUNER, 2020.


El isotipo: una boya en la deriva de la ficción 

Por Emilio Jurado Naón


Un marciano que se llama U vive una identidad lumpen de trabajador golondrina temporalmente desempleado en algún área urbana, que podría ser la ciudad de Rosario como cualquier otra, y ahorra para pagarse un viaje mental mediante uno de los cascos neurotrópicos (el más barato) que publicitan en el shopping de su barrio. Su fantasía es la de asesinar al tío millonario de la protagonista de una telenovela colombiana que mira por las tardes en el hotel de pasajeros donde se hospeda y así vengar el destino miserable de la joven, para lo cual U se disfraza de su propia madre con un vestido robado a la hija de la dueña de la pensión. Pero el viaje imaginario que supervisan dos empleadas más parecidas a manicuras que a guías de turismo sufre un desperfecto técnico que trunca la aventura de U, quien, sin embargo y a pesar del malestar físico que este le depara, no presenta ningún reclamo.

La síntesis de la trama de Sumisión, una aproximación posible a la diégesis, en realidad, podría ser esta como cualquier otra, ya que el protagonismo de la novela más reciente de Oscar Taborda se lo llevan no tanto la fábula como las operaciones sobre la digresión y el símbolo.

Organizada en fragmentos breves de similar extensión, Sumisión es una deriva textual obsesiva aunque parsimoniosa sobre productos del mercado, los materiales de los que están hechos, sus procesos de producción, publicidad y venta, y las fantasías que se tejen en la mente del consumidor en el lapso breve que separa el paseo de los ojos de una mercadería a otra en la vitrina. 

“La materia prima de estos cables había sido extraída del subsuelo chileno. Un jingle que sirvió para promover la venta de cascos todavía sonaba a veces en la radio, activando el recuerdo de aquel corto con los inmensos camiones cargados de piedras, saliendo como de una gran oreja, y luego las vías del ferrocarril y el puerto de Valparaíso. Manufacturados en Venezuela, el ensamble final se había realizado en la planta de una firma ubicada en el reparto de San Patricio de la ciudad de Managua. Ahí, junto a la laguna Nejapa, de origen volcánico, a metros de la embajada de Brasil, cada uno de sus accesorios fue precintado con una faja donde la empresa se jactaba de cumplir el sueño bolivariano. Acá las uñas de la manicura la habían despegado, rasgando junto con la inscripción el estilizado dibujo de un sombrero de llanero que se apoyaba somnoliento sobre una H mayúscula. Cuando después de renegar con el adhesivo la chica termina por hacer de la cinta un bollo que tira al piso, la pequeña pelota rueda unos centímetros hasta que se detiene contra el zapato izquierdo de su compañera”. 

Suerte de poemas en prosa, cada movimiento de Sumisión se puede leer de manera autónoma (y de hecho, así lo exigen la condensación de sentido y la sinuosa sintaxis). Taborda comenta en el epílogo “Siete claves ligeramente autobiográficas”, que, a partir de unos pocos renglones que tenía escritos desde hacía quince años “con una frecuencia dispar, a veces cada noche, otras más esporádicamente, fui sumándole, de uno en uno, en el mismo orden en que están acá, otros noventa y nueve párrafos de cerca de mil caracteres con espacio cada uno”. El procedimiento recuerda al de César Aira, que, como se ocupa de recordar cada tanto en algún ensayo o entrevista, escribe una página por día y la pasa en limpio; pero el resultado, en el caso de Sumisión, no puede estar más lejos de la novela aireana. Porque el argumento delirado que podría dispararse a partir de la premisa de un marciano vestido de señora que paga unas chirolas por fantasear un asesinato de telenovela se ve sometido, en Sumisión, a un aplazamiento permanente a causa de una ralentización de la mirada sobre los objetos y su desplazamiento mediante asociaciones constantes.

Dos características ya presentes en los libros anteriores de Taborda se continúan en Sumisión, y una tercera, nueva, viene a operar como superación y, quizás, apertura hacia derivas inéditas. Por un lado, en el nivel formal, la sintaxis pletórica en subordinadas, acotaciones y parentéticas, que Taborda ya venía practicando en su poema narrativo 40 watt (1993) y en la novela Las carnes se asan al aire libre (1996), sigue siendo el carácter rector de la prosa y logra producir, en la lectura, el efecto al que Selva Almada se refiere, en el prólogo del libro, como la sensación de estar “mirando siempre por el rabillo del ojo”. 

Por otro lado, ya en un nivel en el que se entreveran la imagen y el sentido, Taborda continúa la detención objetivista sobre las cosas que, muy cercano a la vertiente de rosarina que se agrupaba en Diario de Poesía (1986-2012), ya había trabajado en los poemas de La ciencia ficción (2015). Detención de la mirada que su correligionario Daniel García Helder definiera, para mayor provecho del “objetivismo”, como “mirar hasta que se pudra” y que en la poesía de Taborda adopta la particularidad cínica del rechazo absoluto a toda posibilidad de sentido ulterior: un anti-simbolismo ortodoxo y jactanciosoi que es quizás un signo de los tiempos, quizás arma necesaria contra el lirismo y neorromanticismo predominantes en los ochenta.

En Sumisión los objetos siguen vaciados de sentidos trascendentes, pero exhiben, en cuanto mercancía, la historia de su producción. En un movimiento opuesto, el logo o, como lo llama Taborda, los “isotipos” son plaga en la novela (“una caja de hierro en cuya tapa había grabados los perfiles de dos leones”, “la estampa en blanco de la silueta de un avión en vuelo”, “un colectivo que en sus laterales lleva dibujado un galgo”, “una calcomanía de la virgen de Itatí”) y funcionan como vectores del borramiento de esa historia. Con el shopping como Jerusalén de la sociedad de consumo contemporánea los isotipos son profetas mudos o que ya se cansaron de predicar y quedan ahí, a la deriva, punteando la narración casi a la manera de boyas en las que la prosa de aferra antes de cansarse.

Síntesis superadora entre la digresión de la sintaxis y el vaciamiento de los símbolos, la operación textual de Sumisión supone, sobre todo, un enriquecimiento narrativo, en cuanto el avance del texto (esa escritura de a un párrafo por día) no se aferra a elementos diegéticos sino que planta los hitos de su progresión en objetos, baratijas, etiquetas, adornos, mercancía, logotipos y materiales descartables: un reciclado novelístico, mediante el cual la basura de la sociedad de consumo realiza su función postrera.

En el espacio exterior al shopping, donde “una motoniveladora iba de una punta a la otra removiendo grandes cantidades de tierra, seguida por un grupo de mujeres y chicos que se dedicaban a recolectar lo que pudieran descubrir con valor comercial”, no es difícil imaginarse a Oscar Taborda integrando la cohorte; juntando objetos con los que realizar listas, armando listas con las que producir ficción.

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Publicada originalmente en Revista Casa #301 - octubre/diciembre 2020

i El poema de “Aruspicina” es pasible de una lectura en esa clave cuando parte de una carroña (¿Baudelaire?), un “animal, muerto hace quince días” y establece, en afán de ars poética, que “cualquier interpretación que pueda dársele/ será incidental, no es un letrero/ ni espejo de nada” (La ciencia ficción. Buenos Aires: Vox, 2015).

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