Reseña: La despoblación, de Marina Closs

La despoblación, de Marina Closs

Blatt&Ríos, 2022

Conversación a pie en la selva misionera

por Emilio Jurado Naón


Hay novelas que construyen un mundo y hay novelas que lo desmantelan. La nueva ficción de Marina Closs, La despoblación, es un caso del segundo tipo, y su movimiento se acerca más a la descomposición y el cambio de las cosas que a su permanencia.

En la misión del Guayrá la vida se ordena en provisoria armonía según preceptos católicos. El padre Antonio Ruiz, sufriente de estigmas, anota las costumbres de los guaraníes y filosofa sobre la naturaleza del espíritu; hasta que aparece Overá, joven cantor y bailarín que se anuncia Hijo de Dios, imprime milagros con sus pies y quiere hacerse sacerdote. Su irrupción desestabiliza la “vida reducida” de la comunidad a base de malentendidos, planteos antintuitivos y un exceso de vida que preocupa y excita la razón jesuítica. Esa irrupción, también, será el preludio de la debacle, porque a Overá lo sigue Anastasia, la mujer del este que ha robado una vaca y quiere volver a convertirse en planta, y después el éxodo de la comunidad toda hacia la selva, a donde van a refugiarse de los mamelucos.



Si bien la región geográfica y cultural, y la época histórica en las que se apuntala La despoblación, construida con una prosa de precisión lírica y humor sutil, la acercan a una tradición de la novela latinoamericana de los sesenta, la apuesta de Closs se inclina hacia el futuro e interroga formas nuevas de contar lo que se ve. Los personajes de su relato son neuróticos del siglo XVIII; dubitativos y filosóficos, conversan sobre el mundo en una catequesis perpetua. Ante el peligro, bien pueden internarse en la selva como dedicarse a vivir andando; improvisar una artillería contra los portugueses o bien retomar ritos caníbales y atesorar los huesos de sus enemigos. Sea cual fuere la decisión, cada acontecimiento vale en cuanto episodio: una instancia más de la acción, a la que sucederán otras, quizás contradictorias, sin que se detenga nunca el avance en espiral hacia el interior de la selva, la incógnita y la mezcla. La despoblación es como una de las apariciones con las que Overá se encuentra en el monte: “esto es un prodigio, una serpiente sentada como un rey gigantesco sobre un árbol. Una serpiente que juega consigo misma, sin hacer caso. Una serpiente que baila en el difícil sonido de su propia expresión”.

Luego de Monchi Mesa y Tres truenos, dos libros construidos a partir de monólogos, Marina Closs da un paso superador, poco frecuente en la narrativa contemporánea, al articular un racimo de voces en el plano extensivo y orgánico de una novela en serio. No una novelita, no un remache de fragmentos dispersos, sino una maqueta viva del Guayrá donde los protagonistas conversan al ritmo de sus pasos hasta que, por alejarse, ya dejan de oírse.

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Publicada en Ideas (La Nación) el 25/06/2022

https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-la-despoblacion-de-marina-closs-nid25062022/

Reseña: San Miguel, de María Lobo

Un tema propio y el tono epiceno

San Miguel, de María Lobo (Qeja, 2022)

por Emilio Jurado Naón


Muy al contrario de lo que supo instalar cierto vanguardismo despolitizado, el tema es lo que más importa. Los demás aspectos de un texto se ordenan en torno al tema, que, bien elegido, puede intervenir en la cultura establecida por la vía de lo nuevo. ¿Sobre qué se puede escribir? Y, ante todo, ¿quiénes pueden abordar tales o cuáles tópicos, y quiénes no?

En la novela San Miguel, un grupo de artistas de una residencia chaqueña se empecinan en estas atribuciones: “los escritores de la provincia deben escribir acerca de su lugar geográfico. Ellos tienen que escribir acerca de ese espacio que a nosotros [los escritores de la ciudad] nos queda lejos”. Contra la división nacional de los tópicos, María Lobo ataca este núcleo ideológico a fuerza de anacronismos y disonancias. Mientras se supone que desde las ciudades hay que escribir sobre un “futuro inquietante”, la narradora capitalina de San Miguel trabaja con los consumos culturales del pasado, construye climas y geografías mutantes (como los cerros nevados del Chaco) y pone en cuestión la correspondencia de literatura y actualidad. 


San Miguel se lee como la preparación de una novela. Una novela de amor que quiere ser epistolar pero superpone los mensajes al amado ausente con consideraciones sobre el amante presente; una escritura que fantasea con videoclips de R.E.M. pero se entrega a la monotonía y la pausa abrupta; una novela que reniega de los mandatos regionales aunque hace énfasis en las formas específicas del habla. Una novela de tesis cuando eso es lo último que se espera. Así entonces, San Miguel va alejándole la carnada al lector ideologizado y defrauda toda ilusión de encontrarse frente a otro producto con denominación de origen en el mercado pretendidamente federal.

Y está el tema pero también el tono; un tono que rinde homenaje al colores anacrónicos de E.T. y Reality bites; un “tono epiceno”, como acuña la narradora, que no distingue géneros, aunque no por muy neutro se evada de la polémica (“El viento no me arrasa./ Lo sabe cualquiera que haya nacido en San Miguel”) ni de las disonancias. Como le sucede a un cellista cuando las vibraciones de una cuerda coinciden con las de la caja y se produce el acople que se conoce como lobo, la escritura de María Lobo avanza analítica y en espiral, acopiando figuras mundanas (letras de canciones noventosas, montículos de suéters en el suelo que evocan fantasmas, diálogos banales levemente desfasados), en un relato que desentona voluntariamente, tanto en tema como en expresión, con el denominador común de la narrativa actual, y en esa desarmonía encuentra su riqueza.


Publicado en Ideas (La Nación) el 29/05/2022

https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-san-miguel-de-maria-lobo-nid21052022/

Reseña: La liga harapienta, de Sebastián Menegaz

La liga harapienta, de Sebastián Menegaz (Paradiso)

Los vengadores del Chacho en el envés del sentido

por Emilio Jurado Naón


Literatura de trama o literatura de lenguaje. Construir una historia o disuadirla por la sensualidad de las palabras. Contar o cantar. La liga harapienta, de Sebastián Menegaz, no reniega de estas polarizaciones, sino que las alimenta o se alimenta de ellas. La entrada a la novela es un baldazo de jerga, nombres propios, aclaraciones, alardes cultos, y un ritmo en el fraseo que arranca entrecortado: “El curandero llegó de Patquía en mula. Con asadura. Emiliano Yungulo. Capayán de Sanagasta. Descendiente (hay quien dice) del legendario cacique Yungulo. (Aunque aquel –si se presta atención– era olongasta y diaspórico). Acaso fueran aquellos, se me ocurre ahora, meros envanecimientos solariegos. Bolazos, salsa de indio acriollado y macanero”. Pero lo que va dejando detrás este engolosinamiento del discurso (o lo que no deja de construir hacia adelante) es la historia de los vengadores del Chacho, Ángel Vicente Peñaloza, tras su asesinato y la exposición pública de su cabeza estaqueada en la plaza de Olta.

La liga harapienta es, justamente, un grupo de marginales, veteranos y mercenarios ordenado por Don Berna que, en un contexto político adverso, asume la tarea cual guerrilla clandestina y, obedientes a las cartas que reciben de la viuda del Chacho, dan caza a los supuestos traidores; aunque pronto la propia fidelidad de Berna y la pureza misma de la misión se ponen en duda. Y así como los paladines del Chacho, de una reflexión política y filosófica constante (“la venganza historiza chango; la venganza expresa al vengador en el vengado”), se camuflan de harapos para pasar por simples cuatreros, así también la escritura de Menegaz se asienta en el habla campera para filtrar una intensidad del lenguaje que no observa límites ni en el registro ni en los tonos (“Y don Berna dijo acaso que antes de hablar del Chacho se ablara (¡otra de sus aliteraciones ingeniosas!) la lengua.”) ni en la revitalización de palabras mediante un uso inventivo (“polenta con fauna”, “el rito detergente del fogón”).

Dos plumas fundantes de la literatura nacional escribieron sobre, y se batieron a duelo por, el Chacho: Sarmiento y Hernández. Su fascinación por la riqueza creativa la lenguaje (más oral en éste; más enciclopédica en aquél) es asimilada como herencia, en La liga harapienta, sin apaciguar la tensión entre habla popular y lengua literaria, sino perpetuándola al interior del texto. El analfabetismo de Don Berna está en el centro de la trama: ¿es engañado por quien le escribe cartas o por el amanuense que se las lee? ¿Es fiel el relato de los hechos que dicta Don Berna, quien sabía “recitar al voleo y de corrido el rosario de comunicados que le había escrito al Chacho en Guaja” y los había memorizado si fueran coplas? ¿Es fiel y completa la transcripción que hacen otros de su relato? El gesto de clausura que tuvo Fierro al romper la guitarra al final de la “ida”, acá está presente en la pluralidad de narradores, escribas, cartas, ediciones y mediaciones que filtran el canto a través de un sistema burocrático de versiones e integran una ficción paranoica.



En esa fricción coinciden las vertientes del Facundo y el Martín Fierro , que probablemente sean un común denominador de la literatura del siglo XIX: el tema de la política y la política como tema. En el caso de Menegaz, con una anacronismo elocuente, el tópico nacional (el asesinato del Chacho) es la excusa para conjugar en pasado elementos de la razón política contemporánea, o más bien, el proceso de su razonamiento: “En la revolución (como decía el Chacho) el orden general forzosamente debe ser opaco para el elemento subalterno, más o menos traslúcido pero intransparente siempre”. Opacidad y transparencia son extremos que interesan a la liga de harapientos; al punto de aparentar “una delicadeza culterana”, no solo la militancia sino también el lenguaje practican el envés del sentido en el goce del discurso, desplegado en un escenario de traiciones, trincheras y subterfugios.

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Publicada en Ñ (Clarín) el 19/05/2022

https://www.clarin.com/revista-n/literatura/resenas/chacho-penaloza-bajeza-macaneo_0_PUXpBFuNbl.html

Reseña: Algo se mueve, I Acevedo

Acevedo contra la imaginación

Algo se mueve, I Acevedo (EME editorial)


En un libro previo, Late un corazón, I Acevedo deja picando una idea, una conexión latente, que lo vuelve un texto genuinamente atendible: retomar la tradición narrativa que dejó Rodolfo Walsh a partir de la lucha actual de las disidencias sexuales. Así, los conceptos de identidad, denuncia, construcción colectiva y la inclusión de voces marginadas como material pasarían a cobrar, mediante la actualización de Acevedo, un nuevo y potente sentido.

Todo esto hacía de la aparición de Algo se mueve. El cuento después de Walsh un acontecimiento promisorio, pero la primera sección (la única que se dedica a Walsh; las otras abordan el tema de la imaginación, la obra de Hebe Uhart y una polémica por la circulación de PDFs) no llega a ser mucho más que un repaso desordenado e impreciso de su obra (se refiere aleatoriamente a las investigaciones como “novelas”, “novelas de no ficción”, “folletín” o “crónicas”), emparchado de análisis remanidos y en un registro monográfico que lo acerca más a una sosa evaluación de grado que a un ensayo crítico.

El momento más original del texto es aquel en el que Acevedo arriesga una asociación entre los “documentos” presentes en la obra de Walsh, y el Documento Nacional de Identidad, la inclusión cívica que éste supone para personas migrantes, y los debates en torno a la inclusión del género no binarie y otras identidades en el DNI. Sin embargo no llega, a partir de esa conjunción, a conclusiones muy esclarecedoras (“Parece raro decirlo: sin embargo, el hecho de que no notemos que hay cosas que podemos hacer solo porque tenemos documentos es solo una señal de que no somos conscientes de que algunas personas no pueden hacer muchas cosas porque no los tienen”) ni desarrolla un estudio fructífero de la narrativa de Walsh en ese punto, más allá de asegurar que los documentos (en un amplísimo sentido del término) son los que “imprimen giros a la historia”.



Pero quizás el malentendido más peligroso de Algo se mueve sea la confusión de Acevedo en torno al concepto de “imaginación”, al que opone el de una “literatura de ideas” que él vendría a representar. En contra de un ensayo de César Aira (que apenas lee citado por otro ensayista), Acevedo quiere defender la escritura de autoficción, pero se mete en una ensalada de conceptos contradictorios entre los que aparecen fugazmente la oposición entre forma y contenido, imaginación y realidad, y el valor de lo “explícito” en literatura opuesto a las “ideas implícitas en Don Quijote” (como epítome de la ficción) que habría que decodificar, “un lujo que en el siglo XXI no podemos darnos”; “una literatura donde las ideas, a diferencia de la imaginación, no se calculan ni se controlan, pues tocan la realidad diaria”.

Esa noción de que lo explícito de un discurso equivale a una mayor sinceridad, despojada de cálculo y que, limpia y llanamente, puede ser transmitida sin fisuras representa un equívoco nocivo en el corazón de estos ensayos. Y no porque desestime de plano los matices y complejidades de la ficción (un gesto que, en buena ley, hace a los recursos de toda polémica), sino principalmente porque, queriendo insertarse en un diálogo y continuación de Walsh, Acevedo cae en la ingenuidad de creer que la literatura política es sincera y no calcula, que no hay trabajo con el lenguaje ni operaciones del discurso a uno y otro lado del texto. Esta ingenuidad grosera, más el olvido de que Walsh sabía desplazar los sentimientos del yo hacia una tercera persona para brindar una mayor efectividad a sus textos (señala el recurso Ricardo Piglia en “Carta a Vicky”, y Acevedo lo cita, pero lo olvida…), mantienen en suspenso, por ahora, la posibilidad de un encuentro superador entre la así llamada “literatura del yo” y la narrativa política.

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Publicada en Ñ (Clarín) en enero del 2022

Entrevista: Fuga de invierno, de Pedro B. Rey

 

La narración, ese imposible túnel del tiempo
Una conversación con Pedro B. Rey sobre Fuga de invierno y “La lira argentina”
por Emilio Jurado Naón

Las narraciones de Pedro B. Rey (o “cuentos”, como prefiere llamarlos a falta de una designación más adecuada) unen puntos en el tiempo histórico y el espacio geográfico. Fuga de invierno, su más reciente publicación, diagrama un tablero a partir de fechas y acontecimientos precisos en la vida del singular ajedrecista Bobby Fischer: las finales, en Buenos Aires, contra Tigran Petrosian (1971) y contra Boris Spassky, en Reikiavik (1972); dos celebérrimos eventos que quisieron simbolizar la alta tensión de una guerra fría y cuyos respectivos aniversarios de medio siglo se cumplen entre este año y el próximo.
A Islandia, país que le brindara la nacionalidad a Fischer hasta su muerte (luego de que Estados Unidos dictara orden de captura contra él y revocara su pasaporte), viaja el protagonista de Fuga de invierno, Thevenet, periodista porteño en retiro, para escribir su tan procrastinado libro sobre el ajedrecista. A pesar de la solícita ayuda de dos islandeses que conocieron a Fischer de cerca, la trama se reduce al paréntesis de un día de tormenta en el encierro de un cuarto de hotel, durante el cual Thevenet oscila entre flashbacks y ensoñaciones que lo remiten a diversas épocas del pasado y presente cultural de Buenos Aires: un fallido falansterio en el Tigre dedicado a la escritura de poemas japoneses tanka (los 80); las payasadas y equívocos de identidad en la escena artística independiente (los 90); los encuentros y fortuitos desencuentros sexuales y espirituosos en un departamento destruido del centro (los 2000), y la vida arty contemporánea, igual de snob y entrañable que las anteriores, signada por una brillante soledad de redes.
Pedro B. Rey es un escritor, periodista y traductor argentino; integró el equipo de redacción de la revista V de Vian (1990-1999), y publicó poesía y narraciones, además de los dos títulos que preceden Fuga de invierno, también publicados por la editorial Leteo, y que han iniciado el camino de la saga “La lira argentina”: Kastikas (2016) y Trieste (2020). Por apostar a una “deriva” de la escritura a largo plazo, sí, pero también por una atención poco usual a la respiración de la frase, a la riqueza del léxico y la elocuencia del ritornello; los cuentos de Rey elevan la vara de la ficción en un panorama anquilosado. A continuación, intercambiamos con Pedro B. algunas aproximaciones a la escritura, el arte de viajar en el tiempo a través de la narración, y el trazado de nuevos mapas.

¿Cómo vas armando o se te arma ese mapa tironeado entre lo local y lo internacional, en lo que va de "La lira argentina"?

Digamos que “La lira argentina” es un nombre general, una manera de darle cierta unidad al complicado oficio de imaginar cosas. Viene de una serie desde hace años en proceso, que en alguna etapa primeriza contemplaba solo relatos en cualquier latitud o paisaje más o menos argentinos. Así que a mí me sorprende también un poco ese enrarecimiento extranjeril: la idea del principio era que solo muy adelante llegaran ciudades periféricas lejanas como Trieste o Reikiavik, a las que de todas maneras les encuentro una curiosa conexión argenta. Ese enrarecimiento, por lo demás, es el efecto de contraste de todo aquel que viaja o vive afuera, que arrastra con él lo que es y venía siendo.
Digamos que siempre me queda/ba algo en el tintero, susceptible de ser retomado en otro relato. Cada cuento o historia empezó a tener muchas células dormidas, casi que es mi diversión armarlas (por si sirve de ejemplo de esto: Thevenet entrevista a Katsikas en un par de líneas de "Ich sterbe", último cuento de Katsikas). Así fue avanzando todo. Por eso no me gusta hablar mucho de cuento o novela. Tampoco me gusta mucho llamarlo proyecto, ¡más allá de lo que diga la solapa!, porque no hay tanto un plan como una “deriva”, que es la palabra que uso conmigo mismo.
Igual, más allá de esa conexión –y a riesgo de sonar contradictorio– me gusta que cada título (cada "cuento") funcione de manera individual, que nadie tenga necesariamente que ir a leer el resto. Por eso cada pieza es formalmente tan distinta (o es lo que intento). Siempre me desesperaban los autores que tienen un coto demasiado personal y limitado. Supongo que por eso hay tanto rollo con el espacio y el movimiento: es un autoengaño porque... se podrá buscar variedad, pero es imposible no escribir sin sonar con un retintín particular, con eso que podemos llamar –solo en parte irónicamente– estilo. Y que a la larga es monótono.  
Yendo a lo que apuntás tan bien sobre las épocas, el espacio no es solo geográfico, sino también temporal. En una de esas se nota (aunque no sé) que  muchas cosas del pasado se cuentan en presente, en largos bloques. Es un intento de que cualquier tiempo, cualquier época tenga su propio peso específico, que no sea solo recuerdo. Quizás todo me viene de aquella frase brutal con que empieza The Go-Between, la novela de Hartley (cito de memoria): “The past is a foreign country. They do things differently there”. La literatura es un lugar extranjero, y entre tantas cosas también permite viajar a esos paisitos del pasado que a veces me parecen más reales que la propia realidad.    


En la manera en que vas escribiendo y van saliendo publicados los títulos que actualizan “La lira argentina”, ¿hay una apuesta a un tipo de lector particular? ¿Un lector que relea los primeros libros a partir de los nuevos?


Es cierto que el que se haya animado a Fuga de invierno y lo demás solo conoce lo publicado. Eso permite que, como corresponde, cada cual arme su propio mapa. Cada libro debería funcionar de manera individual por lo demás, y después en todo caso (si alguien salta a otro título) se encontrarán los distintos ecos, las conexiones… las que ya están. Digamos que –me doy cuenta ahora– Fuga de invierno es lo más extremo que escribí en términos de latitud. Katsikas no podía salir de su barrio (en “Dédalo”) y Thevenet ya llegó a Islandia. Me salteé etapas en términos de territorio. Falta todo lo del medio, pero eso ni siquiera al lector ideal –que existe, pero soy muy malo apostando– debería importarle demasiado por ahora.

Leer es releer, ¿o no? Los poemas son un modelo en ese sentido (creo que por día siempre vuelvo a alguno). Mi libro tamaño novela que me enseñó a leer y releer (hasta ahí lo había aprendido en cuentos, de Borges y los Dublineses a Felisberto Hernández) fue Luz de agosto, de Faulkner. Leías el primer capítulo y no entendías nada, pero si leías el segundo y volvías a leer el primero entendías casi todo. Así, con ese avance y retroceso, hasta el final. Y una vez terminado, todo de nuevo. Parece costoso, pero no, es una forma de adrenalina lectora. Y aplica bien a todo lo que vale la pena: es casi una prueba. Si antes de terminar pienso en cuándo lo voy a releer, está todo bien.


¿Qué aportó o abrió Bobby Fischer en tu escritura para que suscitara un volumen propio en su honor o en torno a él?

Me pueden las historias del pasado más o menos menores como la de Fischer en Buenos Aires (la parte islandesa también, aunque es más conocida). Dejan tantos recovecos que, por mucho que leamos o investiguemos sobre ellas, tienden sin mucho esfuerzo a la ficción. La de Fischer es ideal para traficar datos reales y a la vez fabular. Siempre juego con cosas de ese orden. Acá también está enmarcada, lo que permite cargarle cualquier culpa o error (hay varios a conciencia) al bueno de Thevenet.

Hay muchos artistas entre los personajes de Katsikas, etc., pero me interesa cómo funciona la cabeza de cualquier persona dedicada a cualquier actividad (desde los ingenieros hasta las nadadoras, por nombrar dos asuntos que estoy trabajando por ahí). Entre todos esos, los ajedrecistas siempre me parecieron algo insólitamente creativo. Gente que, como los escritores, se dedica a pensar todo el tiempo en asuntos en apariencia inútiles (vale decir imprácticos), pero con un nivel de abstracción absoluto. ¿Cómo funciona un bocho así? Y aunque los mejores son por lo general mejor recompensados, y se los tiene por más admirables y razonables que las personas que garabatean sin ton ni son, a veces hay casos tensos, contracorriente, como el de Fischer.

No hace falta decir por qué me interesa Bobby F. como personaje (esa víctima propiciatoria y genial de la Guerra fría): habla por sí solo. Su retrato en el libro es parcial, oblicuo. Quizá por eso no le hice toda la justicia que me hubiera gustado. Pero no es el único ajedrecista que me atrae como artista mental: además de Spassky (un tipo superinteresante) y Petrosian (no tanto), por ahí aparecen nombrados además Capablanca, Alekhine... hasta Karpov. Ya volverán, en cualquier momento. Y aprecio mucho la memoria de Luzhin, claro, pobre, tanto que casi pongo un epígrafe de él.



Aunque gran parte de la trama de Fuga de invierno transcurre en varias instancias del pasado, el texto no da lugar a la nostalgia; o, más bien, si recurre al sepia, lo hace en una tonalidad que se acerca a la sátira. ¿Tiene que ver con una visión del protagonista Thevenet, que está en "la pomada" pero la vive con cierta distancia o cinismo? ¿Cómo apareció este tono/aproximación hacia lo cómico de la cultura?

Si hay sátira se propagó por sí misma. No fue deliberada, más bien fue creciendo por las suyas, como una mancha voraz. Los hábitos, los hábitos que mutan son un punto de fascinación (no tanto los hábitos en sí, sino su lado fugaz: como verás rehúyo el costumbrismo, esa peste), pero en sentido más amplio diría que en toda comedia humana amplia la sátira tiende a lo melancólico (no lo nostálgico, que es otra cosa: acá sería una melancolía negra, pero también sepia): me gusta pensar que mirados desde fuera esos flashbacks en presente tienen algo de película (de hecho, en la parte de los noventa, se dice algo así) y que cualquier época, mirada por el telescopio de la narración, se vuelve un poco absurda, tanto en lo sentimental, como lo laboral, lo artístico y todos los etcéteras de las ambiciones y la pereza. Es algo que también le cabe a los tiempos actuales: por muy soberbios que se muestren, pronto serán pasado.
Sí buscaba retratar algunos detalles o rescatarlos de lo efímero, casi como una pequeña fenomenología de época. El frenesí de los noventa, el caos del 2001/2002, que quizá tenga en el reencuentro de Laura/Thevenet un eco involuntario de cierto reviente de los años ochenta. El túnel del tiempo es mi invención imposible ideal: lo usaría, de existir la técnica, para ir a cotejar presencialmente algunos de los estadios previos de esta metamorfosis permanente, el presente, que sigue y no para. Ese túnel del tiempo imposible es, en versión sublimada, la narración.
Más allá de lo cómico, que es sobre todo un efecto y está en la superficie, hay algo en lo que se cuenta en Fuga de invierno que es bastante desesperado. Lo cómico son las situaciones, más que los personajes, por muy dispuestos al ridículo que estén. Pero detrás o debajo de lo cómico, siempre hay algo más pesado, más oscuro, más magmático.

A pesar de la intención que mencionabas de cambiar de estilo en cada entrega de "La lira argentina"; el paréntesis, la frase parentética en diversos modos, e incluso el uso de aposiciones están muy presentes en los tres libros. En el caso particular de Fuga de invierno, la situación de la fábula también es parentética (Thevenet enclaustrado, durante una tormenta de nieve, en la “aislada isla de Islandia”). ¿Te interesa algo en particular de ese recurso que se puede reducir, en última instancia, a un uso específico de la puntuación?


Cambiar de estilo, sí, pero sabiendo que el estilo siempre vuelve, recargado, a nuestro pesar. Y para eso la forma es mi intento (vano) de antídoto. Aunque en Fuga de invierno, curiosamente, quizá porque no tenía muchas ganas de pensar en esas cuestiones, tomé recursos de otras historias. El manejo de la puntuación y otros etcéteras permiten, además de un fraseo, relatos paralelos, me parece, un efecto de simultaneidad, la sensación de estar leyendo (sin darse del todo cuenta) más de una cosa al mismo tiempo. Que siempre haya algo titilando entrelíneas. Y a la vez que todo avance como si nada.


Fuga de invierno termina con Thevenet hundiéndose en un sueño de donde brota la figura de un rey. Además de las contaminaciones con el ajedrez, que se multiplican en toda la novela, ¿este rey onírico, que se imanta con tu apellido, abre al juego de identidades de la ficción y lo inclina hacia la autoficción?


La primera vez que escuché el concepto de autoficción fue hace añares y se refería justamente a los escritores (en Francia sobre todo) que se tomaban a sí mismos como tema, pero se permitían fabular sin que quedara claro qué era cierto y que no (o si era todo invención). En los últimos años (aunque me parece que no era la primera idea de lo que alguien llamó “literatura del yo”), parece haberse desviado hacia lo más craso: hablar simplemente de sí mismo en primera persona, en tono confesional. ¿Hay algo más viejo y soso? No es que no pueda salir algo interesante de eso (como demuestran muchas autobiografías de épocas muy distintas, varias crónicas, algún ensayo), pero para hacer algo de interés hay que haber pasado al menos por alguna circunstancia interesante, y en los casos contemporáneos eso no sobra, al parecer.

No descubro nada igual si digo que se escribe con lo que se fue acopiando desde el día cero de la infancia. Por mucho que reneguemos de lo personal, todo sale de ese reservorio. De ahí le viene a cualquier literatura la posibilidad de ser única (que lo logre después o no es otro asunto). A veces me gusta tensar esa cuerda, de manera secreta. Los sueños son parte de eso. No sé muy bien hacia dónde se abre el final de Fuga de invierno: hacia cualquier lado, diría, si me remito a mi experiencia de soñador.

El rey que aparece ahí tiene algo de demiurgo, ¿no? Pero prefiero pensar que es el rey de un sueño, un nombre, quizás apenas un resto diurno. Prefiero pensar que Thevenet me conoce y le quedé boyando por ahí. Más allá del ajedrez, y de la burla de que al rey le dictan, me inspiraron esos monarcas de otros tiempos (y no tanto), que salían de incógnito a mezclarse con la gente del común a hacer cualquiera. Me gustan esos trueques.


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Entrevista publicada en Revista Penúltima el 21 de diciembre de 2021

https://revistapenultima.com/la-narracion-ese-imposible-tunel-del-tiempo-una-conversacion-con-pedro-b-rey-sobre-fuga-de-invierno-y-la-lira-argentina-por-emilio-jurado-naon/

Reseña: Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto

Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto

Traducción del japonés de Marina Bornas

Libros del Asteroide, 2022


Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto, es un policial silencioso. No solo porque la investigación del crimen tenga la parsimonia de un correcto y gris funcionario nipón, sino porque la violencia está debidamente sellada en la trama y la resolución del delito se produce casi por un exceso de prolijidad.

En un viaje de negocios, Tsuneo Asai, jefe de área en el Ministerio de Agricultura, recibe la noticia de que su esposa Eiko murió de un ataque cardíaco. No es tanto la razón de su deceso (ya que sufría de una afección coronaria) como el lugar lo que sorprende al repentino viudo: su compañera fue encontrada en una joyería hinóspita de un acaudalado barrio residencial que le era ajeno. El incordio de abandonar sus funciones rápidamente es suplantado por la sospecha de adulterio, que toma cuerpo a medida que las exploraciones de Asai por el barrio relevan infinitos hoteles alojamiento. Sin embargo, las pistas principales se desprenden de los haikus que escribía Eiko; él los repasa obsesivo y empieza a reconocer en las imágenes líricas las claves de un itinerario cotidiano que ignoraba por completo.



No es tanto el affaire como las consecuencias que este pueda tener sobre su esforzada carrera en el gobierno lo que desespera a Asai –soldado raso del aparato estatal que, alejado de la política, apuesta todas sus fichas a un mérito personal implacable. Cada roce que la historia matrimonial tiene con su mundo laboral aumenta la irritación del protagonista y colabora con desbarrancar su meticuloso esquema de vida. Lo curioso es que, por más paranoicas e inverosímiles que resulten las sospechas del Asai (inesperado detective de sí mismo), son todas acertadas. Y es con la resolución del primer misterio que el policial se da vuelta como una media y el protagonista deja su rol de investigador para probarse el de criminal. Las cloacas que destapa con una mano debe volver a cerrarlas con el codo, lo cual no evita que la hediondez invada la santuario que había hecho, concienzudamente, de su pequeña oficina estatal.

La escritura de Matsumoto tiene el infrecuente valor de ser atrapantemente aburrida. El tempo de las acciones se corresponde con el de su moroso personaje, lo cual no impide que cada paso en la investigación aparentemente infundada vaya acumulando energía con cada paso, como un dínamo, hasta descargarla de un golpe en el momento preciso. El noir estadounidense y el tópico griego de la fatalidad se combinan en Un lugar desconocido con una crítica a la competitividad de la sociedad japonesa estamentaria que, no por adusta, deja de explotar los aspectos más ridículos de la tragicomedia humana.

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Publicada en Ideas (La Nación) el 17/12/2022

https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-un-lugar-desconocido-de-seicho-matsumoto-nid17122022/

Apuntes sobre TRINCHETA de Juan Rocchi

Yo también fui joven, como Dillom. Y mientras eso (la juventud) ocurría, y mientras en la primera década del siglo se publicaban carradas de...