Reseña: El interior afuera, de María Lobo


La alta burguesía se quedó sin épica, sin tragedia y sin lírica, podría pensarse después de leer El interior afuera, de la escritora María Lobo. ¿Entonces qué le queda? Queda la novela realista como cáscara reseca sobre la que se imprimen los gestos y síntomas de una élite social autómata. En una tónica que recuerda por momentos a las películas de Lucrecia Martel, esta segunda novela de Lobo rastrea con ojo clínico los años de madurez de Pali y Marcelo, dos medio hermanos nadadores de San Miguel de Tucumán que, desde que su madre y padre respectivos se mudan a vivir juntos, sostienen una relación amorosa oculta mientras siguen los pasos pautados por su clase de pertenencia.

El trasfondo de la trama se sostiene sobre dos pilares: consumos culturales y política. El teatro, el cine, las revistas durante el desayuno de domingo, el juego de T.E.G. en casa, los asados al pie de la montaña y los cursos de decoupage son representados en detalle como los monolitos de la burguesía tucumana capitalina. Escenarios transidos de conversaciones cuya trivialidad sería nefasta si no estuviesen operados por una perspicacia narrativa que los desliza y enrarece apenas: “Marcelo se acercó. Agarró la hoja en la que Pali estaba dibujando./ –Qué lindo./ –Es de Rousseau –dijo Pali./ –Podría ser tuyo –dijo él–. No sé quién es Rousseau./ –Pero es de Rousseau”. Así también, entorno distante, los árboles que recuerdan a los desaparecidos de San Miguel, la transmisión televisiva de los acontecimientos del 2001 en Buenos Aires y de la tragedia de Cromañón en 2004 son algunas de las imágenes que rodean con fluidez a estos su sujetos; referencias históricas impactantes pero rápidamente prescindibles para un grupo humano que se siente exceptuado de la historia, en un perpetuo nado entre andariveles (“San Miguel, las ciudades del fin del mundo en donde ellos pasaban sus días, no podían ser decadentes”). Como en los diálogos, María Lobo hace foco en la carga política del lenguaje al caracterizar las inflexiones que estos tristes esclarecidos utilizan para comunicarse: “Evalúa con gracia los niveles de culpabilidad. Ella es gratificante. Escuchar sus opiniones resulta en una experiencia que nunca sabe a juicio; más bien, sus palabras llevan la música de la justicia”.

¿Y el conflicto? El conflicto se elude o está en otro lado, siempre. El narrador de El interior afuera juega entre tono anestesiado y la omnisciencia total que le permite atravesar pensamientos, épocas y géneros (textiles): “Personas normales. Ger habla de casarse; pelean cuando salen del teatro, se toman dos botellas de cerveza y ella dice que está cansada. Se muere de sueño y no lo invita a dormir. El problema se mueve ahí, en ese punto invisible. Los puños de Marcelo, que nadie más podía ver escondidos en los bolsillos, estaban cerrados”. Una voz que sigue a los personajes a lo largo de tres décadas y destila el conflicto a cuentagotas; juega con la tensión entre la catástrofe que se avecina y la evidencia de que, a ellos, nunca les pasará nada grave. Finalmente, ni el temido “incesto” tiene consecuencia alguna: se diluye en el desinterés o el desentendimiento voluntario de sus familiares y amigos, para convertirse en una tenue ruptura epistolar.

En un contexto en el que la novelística parece limitarse al yoísmo costumbrista y farandulero, María Lobo retoma la tradición del realismo con tono singular y un concienzudo trabajo narrativo. Sin efectismos pero tampoco solemnidad, El interior afuera cuenta una historia de amor en los claustros resecos de la élite tucumana y le toma el pulso a ese lenguaje, a los hábitos y las formas de una clase, que son históricas aunque se pretendan atemporales.

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El interior afuera, de María Lobo (Qeja ediciones)
Reseña publicada con el título "Realismo medido para el desencanto burgués" en Revista Ñ (16/02/2019)

https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/realismo-medido-desencanto-burgues_0_1HYy2VYwq.html

Reseña: Celuloide, de Augusto Munaro (Minibus)

Las pesadillas de un cinéfilo desquiciado

¿Cuántas reseñas más podemos aguantar? Celuloide, de Augusto Munaro, resuena como la sana reacción ante el sopor del autodenominado periodismo cultural y el empaste estilístico que se reedita con cada comentario condescendiente de libros, series, obras de teatro y películas. Colección bizarra de invenciones, Celuloide plantea un engañosamente simple conjunto de notas sobre clásicos del cine nacional e internacional que habrían sido encontrados en la carrocería deshecha de un Torino en San Miguel de Tucumán.

A partir de títulos como Lolita, Muerte en Venecia y Operación Masacre, Munaro trastoca actores, realizadores, vestuaristas, directores de imagen, productores y guionistas, y delira las tramas hacia versiones posibles de los filmes (a veces opuestos por el vértice, y otras decididamente distintas a su original histórico). Así, Romeo y Julieta pasa a ser la aventura de una pareja de montevideanos que escapa del mandato familiar para enlistarse en las FARC, y Psicosis se transforma en una “fábula sociológica” portuguesa que, al relatar los desastres de una epidemia de risa incontenible en Lisboa durante 1599, configura una crítica acérrima al melancólico régimen de Salazar.

Pero las perversiones provechosas no actúan sólo al nivel de la trama; el efecto hiperrealista de cada reseña se ve apuntalado mediante comentarios precisos sobre la técnica cinematográfica: planos, banda sonora, y color, granulado y duración de la cinta son algunos de los trazos que se destacan al pasar con deleite, sorna o amonestación según el caso. “No obstante, hay escenas brillantes, momentos incluso de genialidad, como el plano americano de Ana Magnani mientras estrecha el cadáver de su beba sin derramar una lágrima y detrás de ella, en silencio, el obispo se lanza al mar por la borda”, comenta el reseñista anónimo acerca de una versión singular de 8 a la deriva en la que el grupo de sobrevivientes en el bote salvavidas pasa a ser víctima de la hipnosis homicida del transexual bipolar Víctor/Victoria (Boris Karloff).

La reseña sobre Impresiones de África (1968), en el centro del libro, da la clave de lectura al imaginar una adaptación al cine a cargo de Philippe de Broca de la novela radical que Raymond Roussel publicó en 1909. La fría maquinaria narrativa que ideó Roussel con el objetivo de independizar a la creatividad de los condicionamientos del sujeto autoral parece ser la herramienta que invoca Munaro para despertarse de la pesadilla de la cultura. El artilugio de Celuloide, tan lúdico como agotador, se interesa por los extremos del arte (o por el arte llevado al extremo), como si la historia del cine no fuera suficiente, como si el cinéfilo desquiciado estuviera harto de cultura y necesitase elaborar un procedimiento creativo que lo arranque de la medianía artística.

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Publicada como "Las ilusiones y pesadillas de un cinéfilo desquiciado" en Revista Ñ el 25/01/2019






Reseña: Pornosonetos de Pedro Mairal

Mairal y el soneto juegan al poema*

Pornosonetos de Pedro Mairal (antes publicados en ediciones dispersas con el seudónimo de Ramón Paz) ostenta el poco halagueño record de ser cuatro veces conservador. Es conservador en la forma, ya que la elección del soneto, y la consecuente técnica de la métrica y la rima, atrasan siglos en el desarrollo de la poesía. Es conservador en el lenguaje: un coloquialismo chato y efectista que se aferra a un léxico erótico simplón (“culo”, “tetas”, “poronga”, “tajo”, “chota” se ubican entre las voces más arriesgadas de su pornovocabulario). Es conservador en lo ideológico en tanto reproduce el estereotipo del goce masculino y heteronormativo, cuyo lugar de enunciación es eminentemente fálico (“me zumba la poronga fluorescente/ como espada de jedi con estática/ me hierve la capacidad espermática/ las bolas repletísimas de gente”) y cuya destinataria de descargas eróticas se reduce a perímetros objetualizados del cuerpo femenino (“ricardo conoció a una morochaza/ y se mudó a su culo de por vida/ la morocha le dio la bienvenida/ y él tuvo entre cachetes nueva casa”).

Por supuesto, se podría argumentar que la moral no aplica a la literatura o, antes bien, que el machismo explícito de estos sonetos es índice de ironía y desfachatez. Y es cierto que tanto el género poético vetusto como el registro oral mediocre también pueden encontrar una justificación en la excusa de ser “medio en chiste”. Es que esta tríada de conservadurismos se rescata mutuamente y no sobrevivirían dos sin la ausencia del tercero. ¿Sería interesante un soneto de Mairal sobre, digamos, el mar, la luna, el monotributo? ¿Estaría dispuesto a escribir un poema de amor en verso libre? ¿Y un poema falocentrista en verso libre? De alguna manera, la combinación de las tres líneas bajo una cúpula jocosa buscan poner a los Pornosonetos al resguardo de toda valoración estética. Incluso leídos desde el género soneto dejan mucho que desear; por su reiterada acumulación de conectores, las rimas fáciles (“estrellas” con “bellas”; “dura” con “calentura”) y el absoluto desinterés por trabajar la sintaxis dentro del verso ni la semántica dentro de la estrofa.

Pero el cuarto y más terrible aspecto conservador de los Pornosonetos (el único realmente imperdonable) es la estafa puritana de enunciar como “porno” textos incapaces de encender una excitación en quienes los leen. Porque no lo son; no son pornográficos, no incitan el goce voyeurista ni fabrican un placer en la verbalización de la sexualidad. Los sonetos de Mairal apenas pueden leerse como poemas de amor remanidos, repletos de lugares comunes, conjugados en el decadente tono porteño del piropo (“qué rubia más hermosa toda suave”, “qué lindo te quedaba ese vestido”); una colección de estereotipos femeninos catalogados por color y nacionalidad (la gringa, la rubia, la morocha, la negra, la brasileña, la paraguaya), en la que los pocos actos sexuales referidos quedan sepultados por una caterva de metáforas (“tengo un camión de sancor en las bolas”), elipsis (“y amazona después sobre la dura/ dejándote caer sobre tu peso”), comparaciones (“tu culo de melón superlativo”) y metonimias (“la rígida firmeza la empinada”), que los sitúan, más que en la disruptiva tradición de la literatura pornográfica, en el suave y cordial branding del erotismo comercial.

Por eso, aunque los Pornosonetos pretendan aggiornar una poética del género (“yo tiro alguna idea y me rebota/ el soneto devuelve la pelota”) y el yo lírico añore un trip estético al lamentarse “la concha de la lora quiero un viaje/ que me lleve hasta el fondo del lenguaje”, los numerosos poemas de Mairal no se alejan mucho de las rimas simpáticas del chistoso de la clase.

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* Publicado con el título "Pedro Mairal, al son de las rimas guarangas" el 07/11/2018 en Revista Ñ:
https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/pedro-mairal-rimas-guarangas_0_FWppvkmae.html

Apuntes sobre TRINCHETA de Juan Rocchi

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