Sarmiento corregido, ampliado y nunca definitivo (Ñ / Clarín)


Las novelas El inmortal de Gustavo J. Nahmías y Sanmierto de Emilio Jurado Naón revisan y discuten la herencia del padre del aula.

por Diego Sasturain

En un artículo del año 78, “Así es Sarmiento”, José Bianco revisa un texto de Paul Groussac, “Sarmiento en Montevideo”, del año 1883, en el cual el escritor francés cuenta la impresión y algunas aventuras compartidas al conocerlo, de casualidad, en esa ciudad. Desde el comienzo del artículo, Groussac –otro autodidacta orgulloso y arbitrario asumido– claramente está predispuesto a detestar a Sarmiento, al que llama “ilustre masticador”, entre otras cosas. Le molesta como come y el ruido que hace en su habitación al vestirse (ocupaban cuartos contiguos). Pero Groussac poco a poco va siendo cautivado por Sarmiento: observa cómo se maravilla por unos malvones que le faltan en su colección, su histrionismo en las visitas a una escuela y al manicomio local, al que se niega a entrar: “Dicen que tengo alguna propensión a la cosa, y no sea que me parezca bueno quedarme allí”, les dice a las monjas. Además cuenta chistes verdes.

El tema es la personalidad de Sarmiento, la capacidad de reírse de sí mismo: “¿Cómo queréis que muerda la sátira o la mofa en esta personalidad excepcional, que se le anticipa y, curándose en salud, embota de antemano el posible y previsto epigrama?”, se pregunta Groussac.

En Sanmierto, desde el título Emilio Jurado Naón se propone una escritura complementaria en clave excesiva y desbordada, antihagiográfica, que lleva al paroxismo al yo sarmientino: parte de los textos de Sarmiento y los amplía. Jurado Naón juega con el borde externo del estilo de Sarmiento y poco a poco lo va llevando al extremo.

Escribe Sarmiento en Recuerdos de provincia: “Fue solemne y tierna nuestra despedida. Seis u ocho niñas de diez y séis años, cándidas y suaves como los lirios blancos, agraciadas como los gatillos que triscan en torno de su madre...”. Reescribe y expande Jurado Naón: “Fue solemne y tierna nuestra despedida; solemne como el mármol de la tumba de Facundo, que resiste todavía los embates de la historia y del viento indolente en la Recoleta [...] Seis u ocho niñas de dieciséis años, cándidas y suaves como los lirios blancos; atemorizadas y curiosas como polluelos recién devenidos gallina (recién, tan recientemente que apenas logran olvidar los abandonados avatares de la cría: guijarros del camino les hacen trastabillar, pisadas cercanas las espantan, el círculo solar escandaliza sus ojos)”. Más tarde, las niñas son seiscientas ochenta y luego una, que es violada por Sarmiento. Jurado Naón no deja una sola frase anodina, lo suyo es más bien la prolongación de una lengua excesiva, su desborde.

Este procedimiento es aplicado a cinco episodios menores: la citada despedida de Sarmiento de las estudiantes sanjuaninas; sus tribulaciones después de dar a imprenta un furibundo artículo en Chile; la narración del encuentro con Villegas en Martín García; el encuentro con el comandante Sandes y, finalmente, el avance del Ejército Grande hacia Buenos Aires.

Sanmierto puede leerse como una operación consistente en resituar a Sarmiento en el centro de la tradición literaria nacional de la fabulación. En su prólogo a Facundo, Borges dice: “Es lícito conjeturar que el hecho de haber recorrido poco el país, pese a sus denodadas aventuras de militar y de maestro, favoreciera la adivinación genial del historiador. A través del fervor de sus vigilias, a través de Fenimore Cooper y el utópico Volney, a través de la hoy olvidada Cautiva, a través de su inventiva memoria, a través del profundo amor y del odio justificado, ¿qué vio Sarmiento?”.

En el Facundo se puede leer también una frase genial y clave a la vez: “Rosas no plagia a Europa”. El propio Borges continúa la tradición, no solo en sus falsas atribuciones o en “Pierre Menard, autor del Quijote”, sino en un texto clave como “El escritor argentino y la tradición”, que, en el núcleo de su argumento en contra del color local, como prueba, afirma que en el Corán no hay camellos, cosa que es falsa. Es verdad, en cambio, que Sarmiento llama a los gauchos “beduinos” en el Facundo.

En última instancia, Borges, en dicho texto, es sarmientino: tenemos todas las tradiciones que queramos darnos, no tenemos por qué ceñirnos a la herencia española. Son textos que resuenan unos con otros, alrededor de la lengua, la literatura, la mentira, el plagio y la identidad nacional: la idea de que la nación se funda y explica con un texto.

Sanmierto incluye un “posfacio”, una Quinta Carta Quillotana de Juan Bautista Alberdi, que junto con la contratapa ofrecen una clave de la lectura “correcta”, en un gesto típicamente de intervención.

Así también operan la ilustración de la tapa –que muestra un Sarmiento niña– y las fotos que abren cada capítulo: del comandante Sandes y sus más de cincuenta heridas, de una estatua de Sarmiento cubierta de excrementos, etc. Retomando la iconografía, es famosa la foto del cadáver de Sarmiento acomodado en su silla de trabajo en Asunción del Paraguay.

Ese es el punto de partida de El inmortal (Edhasa). En realidad, comienza un poco antes, en la noche de agonía, aunque, como el título indica, su voz trasciende el episodio de la muerte. En esta novela breve, Gustavo J. Nahmías también recurre a la primera persona, que en este caso repasa y hace un balance de distintas decisiones y momentos de la vida del prócer.

El lecho de muerte –la mínima ficción– es la puesta en escena que justifica un repaso y glosa de los principales temas y preocupaciones de Sarmiento, pero dentro de una defensa de su voluntad positiva: “No me arrepiento de nada. La historia me avala y la providencia me protege [...] Nadie puede negar que empeñé mi vida por esta patria, que luché sin respiro por esta nación. Algunos me llaman ‘El Loco’. Otros, ‘Don Yo’. ¿A mí... que logré lo que muchos quisieron ser en sus vidas? ¿A mí, que lo único que me faltó fue ser obispo y porteño?”.

Sarmiento piensa en las mujeres de su vida, en sus debates por la educación laica, recuerda a Dominguito, ajusta cuentas con Mitre, con Alberdi, con Roca y con Hernández y el Martín Fierro, que transcurre durante su gobierno y ocupará el lugar de texto fundacional de la literatura nacional. Es un Sarmiento que se piensa desde la historia y no desde la literatura.

Como resultado, la novela de Nahmías le quita lo más provocador de su escritura: la capacidad de fabular y persuadir. Es un Sarmiento veraz, confesional, contradictorio, pero, y a pesar de esas incongruencias, en última instancia un patriota positivo, humano. Quizá su claridad lo vuelve un libro más interesante para el debate historiográfico que para la ficción.

Como sea, Domingo Faustino Sarmiento continúa siendo el autor clave en el cruce entre escritura y política. Como señala la ensayista Beatriz Sarlo, se trata de un “paradójico destino para el intelectual, cuya fuente de poder son únicamente la escritura y el discurso, pero que debe acceder por ellos al lugar donde es posible el ejercicio de la fuerza”.

El inmortal, Gustavo J. Nahmías. Edhasa, 128 págs.

Sanmierto, Emilio Jurado Naón. Leteo, 136 págs

Reseña: La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward

El gótico sureño revisitado desde Netflix
Linchamientos, trabajo esclavo, adicción, violencia doméstica y odio resumen para Ward el siglo XX de los EE.UU.

por Emilio Jurado Naón

Parchman Farm, la Penitenciaría de Misisipi, es el perímetro elegido por la novelista estadounidense Jesmyn Ward para unir, en clave de gótico sureño, el pasado y el presente de la violencia racial contra afroamericanos. Linchamientos, trabajo esclavo, adicción, violencia doméstica y crímenes de odio encubiertos por la policía se entrelazan, en La canción de los vivos y los muertos (Sing, Unburied, Sing), con la historia de una familia que ha vivido en carne propia gran parte del siglo XX estadounidense, y lo que va del XXI.

A pesar de la compleja trama de personajes, intenciones y tiempos narrativos que elabora la novela (y cuyos nudos la contratapa del libro aprieta aún más), la historia se puede resumir como la errancia de un alma en pena en busca de la verdad acerca de su muerte. Allá lejos y hace tiempo, cuando el abuelo del joven Jojo cumplía condena en Parchman, actuó como protector de un joven presidiario, Richie, blando ante los trabajos forzados y la malicia de los guardias. La penitencia postmortem de Richie encuentra su razón de ser cuando entra en contacto con Jojo, quien detenta en secreto el don oír la canción de los muertos. “Hay palabras que no entiendo, como si le hubiera dado vuelta al lenguaje. Un animal despellejado, con la piel al revés”, piensa Jojo en uno de los momentos más álgidos de este relato faulkneriano.

La precisión de imágenes sensoriales, el monólogo interior y los cambios de perspectiva dan cuenta de un trabajo concienzudo del género novelístico, en la corriente del modernismo. Sin embargo, la corrección política que lleva a La canción de los vivos y los muertos a acumular subtemas de incumbencia social (al racismo se le suman la violencia familiar, la maternidad adolescente, el consumo y el tráfico de drogas), y la multiplicación de géneros literarios a mansalva (el terror trabajado con pluma cinematográfica, pero también el road-trip y la novela de aprendizaje) invitan a leerla más como un buen punto de partida para una película futura que como una novela moderna. (Tal vez sea eso la novela moderna de la actualidad: un escalón a Netflix).

Es innegable la calidad narrativa del libro que le valió a Ward el National Book Award (¡por segunda vez!), pero, a riesgo de sonar estulto, la calidad no lo es todo. Se puede disfrutar el oficio de una novelista, incluso las variaciones en el estilo a la hora de reactualizar temas y conflictos que hace ochenta años fueron innovadores, pero lo cierto es que la técnica de esta novela parece seguir los pasos pautados de la escuela de guion hollywoodense: jugosa presentación de los personajes y sus vínculos, contexto político reconocible y aceptado como “importante” por el pensamiento socialdemócrata, y un final revelador (en este caso, cómo y por qué murió Richie), a la vez enternecedor y tremendo.

Una novela sin riesgos estéticos y con un final predecible es eso: una novela buena.

La canción de los muertos y los vivos, Jesmyn Ward. Trad. F. González L. Sexto Piso, 260 págs.

Publicada en Revista Ñ / Clarín, el 04/07/2019

Sanmierto o el regreso del escritor (Evaristo Cultural)


En su último libro, Emilio Jurado Naón retoma la figura del prócer y juega con el lenguaje reorganizándolo para proponer nuevas formas literarias experimentales.

Sanmierto, Sarmiento, Sarrrrniento…

Terminado el Sanmierto de Emilio Jurado Naon es inevitable caer en esta y otras confusiones
ortográficas indignantes para la Real Academia. Así como el orden del lenguaje que debe
emplearse para escribir una novela, relato o un poema se ve vituperado. Pero nada de eso es
Sanmierto, en realidad, sino más bien los relatos de vida del prócer mitrista y patriótico por
excelencia. Para ello hay un uso de la prosa que, si Sarmiento viviera, estaría orgulloso de
haber hecho escuela. ¿Cómo volver a hablar de Sarmiento – tal vez junto con el Martín Fierro-
el y los poemas esfingos fundamentales de nuestra patria fundadora más remitidos por la
literatura de todas las direcciones y sentidos políticos? Parodiándolo, por supuesto. El
parodiador parodiado. La farsa se repite.

“Estaba frenético, demente, y concebí (uñas chirriantes contra la mesa de caoba, arruinada su
limpidez pura por las rayas paraleloides de un pentagrama colérico) la idea sublime de
desacierto de castigar a Chile entero ¡Chile todo!, de declararlo ingrato, vil frenético infame.
Me imaginé de crudas botas de montar y montándome a Chile entero, todo Chile: yo arriba
estrujando los lados de un potro indómito que, cimbronazo a cimbronazo, cedía. Y se volvía
pasivo ante mis descargas sádica ¡plaum! ¡pla! Con el látigo de tres puntas laceraba el lomo de
la bestia, los ojos eyectados en sangre, resoplando mucosa burbujeante por los lagrimales y
eyaculando baba entre labios de complot.”

Retomar una de las mejores plumas de la nación agropecuaria y sus propias autoreferencias
vivenciales, pilares estructurales de la literatura argentina, y reescribirlas es la consigna. El
lenguaje del maestro del aula evolucionó y ahora en Sanmierto se expresa en un presente
literario de un país que, estoy seguro, nunca soñó; donde priman desde obras de
problemáticas burguesas del norte citadino en lenguaje grabado y escrito por escribas
electrónicos, hasta las más interesantes (y las que nos gustan) reinterpretaciones de nuestras
obras clásicas literarias con nuevas perspectivas como La China Iron, pasando por reescrituras
de una historia Argentina que nunca existió en esta dimensión – pero sí en otros multiversos,
¿quién sabe?- como un episodio en la vida del pintor viajero o, entre otros, la antología de la
literatura Argentina de Jimena Schere, jugando con un lenguaje castellanizado rioplatense que
ha cambiado en sus fonemas como debe cambiar en su sintaxis.

“Blanca como los almidonados alumnos de la Escuela de la Patria.
-¿Qué patria? ¿La mía o la suya? A no confundir. Usted abusa de las comparaciones, recurso
filoso si los hay.
-Pero, Domingo Faustino… está perdiendo el hilo de la parábola.”

Sanmierto es un personaje de escritura pegajosa más propia del siglo de oro español que de
las literaturas revolucionarias de Latinoamérica, pero en el humor radica su impronta. La ironía
oculta (o no tanto) dentro de una terminología de otro siglo (renovando su frescura alternando
onomatopeyas e interjecciones) y oraciones enumerativas, podrían llevar al lector al olvido de
la temática que trata, pero un giro donde se entiende que tales palabras no eran más que un
insulto a una patria (¿cuántas hay?), el cercenamiento de una niña, el seco y grietoso desierto
sanjuanino o los compañeros de armas e ideas y sus peculiares fisonomías, eleva la oración y
descansa la vista. En los giros permanentes pasamos de interpretar los detalles microscópicos
de la biota verde pampeana a cómo avanza un ejército de manera zigzagueante para organizar
una república o un simple motín que acabe con la nación antes de nacer. Una dinámica
adictiva que no se detiene hasta el punto final, donde, mención aparte, aparece un posfacio crítico y destructivo del verdadero enemigo (examigo) intelectual del padre del aula: Juan Bautista Alberdi.

La propia escritura citada del prócer permite jugar con las formas y enredarse con palabras
abriendo múltiples relecturas y liberando también mundos imaginarios, fantasiosos,
metafóricos, que pueden estar ocurriendo como también pueden ser parte de la mente del
narrador que piensa como interactúa; en voz alta (¿o escrita?). Sin faltar también, eso que
tanto nos gusta a los criollos: sangre y escatología.

“Yo quedé con la mente enturbiada; pero, qué hacerle: me abrí el cráneo con un cortaplumas
– obsequio de despedida que Montt había sabido ofrecerme en mi vuelta a Chile – y descuajé
cerebro y cerebelo para, acto seguido, sumergirlo en una pecera de desbordante vinagre (…)
Momentos después llegó el Dr. Tamini y ordenó que me volvieran a colocar las partes en el
vacuo cráneo. Los vasallos del gobierno central se agitaron en derredor y acataron órdenes: la
tapa fue cerrada pero quedó medio abierta: ¡clanc clanc!”

La portada del libro muestra a un Sarmiento transvestido de dama antigua con un abanico, sin
perder su clásica mirada ilustre hacia un horizonte imaginario infinito. Pero atentos, ¡Oh
nobles y magnánimos puristas del respeto a los mayores, la moral (correcta) y las formas ya
enseñadas y repetidas hasta el hartazgo! No se trata de un insulto enmascarado en lenguaje
inclusivo new age. Es por el contrario un collage que, se cree, él mismo envió en vida (¿con
tono irónico?) a “los murgueros de Carapachay”. Y así como esa, otras fotos tomadas del
propio museo sarmientino, adornan la narrativa de Jurado Naon, dejando la marca de la nueva
colección Vita nuova de la editorial Leteo, cuyo formato permite llevar adelante la lectura con
la dinámica que merece, así como un azul claro intenso de sus tapas atrae la mirada del lector
compulsivo que en una librería cualquiera no puede evitar tomarlo en sus manos y (h)ojear de
qué se trata.

“Do-Do…Do-Don Domingo- me dijo, repitiéndose, el santo insoportable (tan angelical que
sospeché alas de ángel arrugándosele dentro de la joroba)-. Me han mostrado los impresores,
nerviosos como telégrafos, el artículo dado para mañana…
-Lo siento, soy un hueso
– ¿Ha calculado usted las consecuencias? ¿Calculado, realmente, lo que viene? ¿Lo que se
avecina? ¿El desastre? Las nubes se tiñen de azafrán y el Pacífico crece en turbación. Ayer, sin
más, un pescador exhibió, ante atónita turba, un pulpo de madera que ladraba.
-No creo en presagios
-No es presagio, es evidencia.
-Nada es evidente cuando un país entero le da a uno la espalda.”

La rescritura de Sanmierto permite jugar con su arma favorita: la palabra escrita; la prolijidad
prosaica de un maestro que enseña a escribir usando todos los signos de puntuación y orden
sintáctico que corresponde aun cuando opina del aspecto físico de sus visitantes conectando
sus pensamientos en una catarata de conceptos asociados, es una tentación a la manipulación
de los signos y los momentos de corte sin autorización:

“Hizo hincapié, Tamini, en este aspecto: la ausencia de vello en Sandes. Aun en un álgido
momento como aquel, la visión repentina del vientre cándido de su paciente lo llenó de una
calma que. Se tomó, Tamini, un tiempo para explicarse: la panza sin pelos de Sandes se le apareció como una curiosidad aparentemente menor, que con el paso del tiempo se revelaría
de una importancia excesiva, abrumadora. Se imaginó a sí mismo en el futuro, con el cuerpo
anciano y rupestre. Se vio con las ancas acurrucadas en almohadones rechonchos y una copa
de borgoña en la palma de la mano extendida hacia lo alto…”

Civilización y barbarie. Su fisura es el núcleo de nuestra patria ganadera. Acabar con eso es tan
inviable como cambiar de bandera y moneda (discusiones que dos siglos después seguimos
manteniendo con el mástil en alto como el primer día). Pero el ejercicio de sostener
contrafácticos o interpretaciones de la historia en cinco palabras, es nuestra mayor fuente de
inspiración. Hasta tanto eso no cambie, abusemos de nuestros próceres: ¡Honor y gratitud!

Adrián Minzi
Publicada en Evaristo Cultural el 10/09/2019

Gloria y loor (Radar / Página12)



Director de la revista de poesía Rapallo, Emilio Jurado Naón presenta una nouvelle notable sobre la figura de Sarmiento. Sanmierto sigue los pasos desmesurados del padre del aula en una versión paródica y experimental en el lenguaje.



por Augusto Munaro

El segundo libro de Emilio Jurado Naón, busca lo que pocos se imaginaron alguna vez: una suerte de cuasi-autobiografía de Sarmiento, escrita más bien, siguiendo el flujo de su conciencia, sin filtros, claro, la conciencia aglutinada del sanjuanino al borde de la locura. Lascivo, políticamente incorrecto, inmoral hasta el retruécano. Como es de esperar, una propuesta semejante evade casi todos los argumentos posibles (de hecho, Sanmierto es una colección de capítulos que operan más como viñetas aisladas, que como una obra episódica). Esta “nouvelle”, intensamente escrita, narrada en primerísima persona, podría sumarse a una serie de libros publicados en la última década, donde se busca reestructurar los modos de lectura de nuestro pasado literario. El resultado es todo un hallazgo, ya que pone de manifiesto una escritura atípica, provocadora y audazmente superadora de los dictámenes del gusto epocal , en la medida en que se genera un franco ejercicio de la libertad y exploración lúcida de las potencialidades del idioma de los argentinos. Uno que continúa haciéndose a diario, desde aquel lejano y distante 1810. Por otra parte, la cuota experimental aquí es relevante, y en absoluto accidental: cada palabra posee su peso específico de figuración, su razón de estar en la página.

Al (¿simular?) parcialmente el estilo histriónico de Facundo y Recuerdos de provincia, Jurado Naón alcanza a expandir el arsenal lingüístico de Sarmiento, dislocando a nuestro prócer decimonónico, en una serie de situaciones notablemente intrigantes. El lector lo encontrará ya exiliado, en un calabozo envuelto en una orgía de niñas púberes; en Santiago de Chile manteniendo conversaciones tan irrisorias como delirantescon un imprentero y en una sala de operaciones, entre algunas otras bizarras circunstancias. La galería de personajes es, asimismo, inolvidable: Don Antonio Jacobo, el Dr. Villegas (quien muere fusilado “por haber sacado del banco dos millones de pesos con una orden que firmara Rosas”); el Dr. Tamini quien ingresa de cuerpo entero en el ombligo del Comandante Sandes, con el fin de extraer una camiseta de la herida. Antológica resulta la secuencia, cuando en un rapto de ¿delirio?, Sarmiento se abre su propio cráneo con un cortaplumas para descuajar cerebro y cerebelo, y así “sumergirlos en una pecera de desbordante vinagre”.


El desplazamiento físico-temporal entre cada capítulo y episodio es evidente, haciendo que el ritmo se revele en el estilo enfático, por momentos caricaturesco, panfletario, que se cristaliza en cada peripecia. De este modo, recurre a un arsenal de metáforas vetustas que vueltas en uso, curioso, otorga otro ritmo de significantes. Aquí un ejemplo: “Me miro las uñas crecidas de más y no puedo contener una lágrima que recorre los valles de mi gesto oblongo”, o bien: “el libro aplaude su exhausto oleaje sobre la orilla”; “tamborileó el brazo” . Allí su originalidad, un chocante y pulposo (por no decir aparatoso) fraseo barroco que audazmente propone la dificultad del lenguaje literario como valor estético. Pues hay una verdadera puesta en marcha por hacer de su escritura, un espacio donde desplegar parte de la riqueza de nuestro idioma, de donde resulta una textualidad que obliga al lector a recurrir con frecuencia al auxilio del diccionario (“maloquero”, “grupejo”, etc.).

Sanmierto no es sólo una sátira ampulosa. Es mucho más, claro. Ante todo (y sobre todo), una inercia imaginativa excesiva, acumulativa con la que avanza página tras página. De un opulento barroco, dijimos, deformante, que se hace sólo al andar. Contraria a la obviedad de las novelas históricas convencionales, su prosa autorreflexiva es constante; elástica, enfrenta duelos semánticos, para percibir la literatura, por momentos, como un objeto sin objetivo. Una interpretación de la realidad o una hipótesis imaginativa sobre el lenguaje.

Jurado Naón tiene un oído muy atento a las exigencias de la legua. El ritmo, el fraseo de su prosa verbosa, nos recuerda que no se trata de una coincidencia el hecho que sea uno de los editores de la revista de poesía Rapallo, publicación en papel, que se especializa en la difusión de poemas y ensayos contemporáneos, ofreciendo un lugar relevante a la traducción, la crítica y la entrevista.

Por eso, resulta casi natural que la lengua sea, insistimos, la verdadera protagonista de este notable libro. La lengua sarmientina, claro, que se expande, recorriendo todo un arco de combinaciones especulares posibles: desde lo sublime a lo sórdido. César Aira alguna vez afirmó que no importan tanto los libros, sino los procedimientos con que éstos están escritos. Este libro lo ratifica. Podría haberse extendido infinitamente sin perder vigor ni frescura anecdótica. La rigurosa edición incluye una serie de fotografías e ilustraciones de época que ayudan a visibilizar mejor ciertos rasgos estéticos del programa que intenta sobrellevar Jurado Naón. El epílogo del libro (“Quinta carta quillotana”, escrita por Juan Bautista Alberdi), podría haberse reducido, acaso, por ser demasiado explicativa. Un ejercicio de iconoclasia para lectores que gustan internarse en las “catacumbas ponzoñosas de la voz sarmientina”.


RADAR, Página/12 - 11 de agosto de 2019

Reseña: M, de Eric Schierloh

La biografía esquiva de un hombre entrecomillado

M es el libro de un fascinado con la lectura, no tanto de Herman Melville como de las biografías que se escribieron sobre el autor de Moby Dick. Detrás de los materiales de archivo que Eric Schierloh organiza en torno a una vida (cartas propias y de amistades, poemas y relatos subrayados con melancolía, fotos, notas marginales, columnas de opinión y críticas devastadoras a sus últimas publicaciones), se va configurando la presencia nebulosa de un biógrafo-editor que da la impresión de haber leído todo sobre Melville; incluso lo que no se conserva, incluso lo que jamás ha sido escrito. Sin embargo, la duda que puede aparecer acerca de cómo fueron los últimos años en la vida de Melville (en Nueva York, pero retirado de la escena literaria al extremo de que sus contemporáneos lo consideraban muerto hacía rato) jamás es saldada en las páginas de este artefacto que es M; al contrario: la postulación de un misterio es el germen del texto, y su dilatación, una apuesta por conservar la lectura hasta el final.


La anécdota que da mecha al libro de Eric Schierloh tiene una matriz borgeana: un pasaje marginal de un libro y un autor que –al menos para el lector medio argentino– podrían ser frutos de la ficción. En The Melville Log, el historiador de arte Jay Leyda acusa a un tal Herman Melville de robarle la identidad al verdadero escritor (“M”), aprovechándose de su misantropía, y con la finalidad de usufructuar las ganancias de su obra. Este corrimiento intrincado respecto de la identidad entre persona y autor (entre el nombre que consigna los libros, y el sujeto histórico y palpable que continúa su vida en voz baja) lleva a Schierloh a reconstruir, mediante montaje, el período que va desde la asunción de “una vida de retiro y silencio”, en 1863, hasta la muerte de M, en 1891.

Sin embargo, el nudo inquietante en torno a este “hombre entrecomillado” se disuelve en la acumulación monótona de elementos dispares, cuyo sentido (su efecto de lectura) es confuso. Hay fragmentos de cartas que van construyendo con destreza el personaje de M; cartas de familiares, amigos y conocidos, o apenas de admiradores de Melville que refieren el encuentro con el maestro como una aparición urbana. Pero la extraña decisión de borrar los datos de remitente y destinatario empobrece el texto, aplana una heterogeneidad que, dada la multiplicidad de voces, puntos de vista y fuentes de archivo que se dan cita en la biografía, parecería ser la intención inicial de Schierloh. Sucede algo similar con las acciones que se consignan; entradas como “M pasa dos semanas de vacaciones en Nueva York y Pittsfield”, “El sombrío M comienza a trabajar en un nuevo libro de poesía”, “M compra dos libros más”, “Termina otro año” o “M visita a su viejo amigo y editor Ever Duyckinck” (esta última, repetida hasta tentar el límite entre el ridículo y la tomada de pelo), ejemplifican el tono general de M; una suerte de resumen pretendidamente anodino de otro libro al que no podemos acceder (este otro libro, como se revela en el anexo final, es el del ya mencionado Jay Leyda).

En “La gran salina”, Ricardo Zelarayán escribió que, por déficit de elocuencia, “la palabra misterio hay que aplastarla/ como se aplasta una pulga,/ entre los dos pulgares”. Aunque Eric Schierloh parte de una premisa intrigante y pone a andar un artefacto original, el resultado es un texto que, confiado por demás en un aura misteriosa, se pierde en referencias cruzadas y chistes internos que expulsan al lector. La tautología que impone aquella incógnita en la vida de M parece imposible de subsanar apenas sumariando lecturas. Tal vez el exceso de paratextos sea índice de que M, como intento de reproducir una fascinación lectora, no termina de encontrar su centro y se pierde en rodeos.

Por qué escribir sobre Melville hoy; cómo lee un escritor la vida de Melville desde Argentina, o cuál sería la pertinencia de poner a circular de nuevo a Melville (no ya lo que escribió, sino lo que se escribió sobre su vida) son, por otro lado, algunas preguntas que el libro de Schierloh está lejos de hacerse, pero que se vuelven pertinentes si consideramos el gesto principal de esta biografía esquiva: reactualizar un clásico desde la traducción y la experimentación formal.

---
Publicado originalmente en revista Ñ (07/06/2019), con el título "Biografía de un hombre entrecomillado".
https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/herman-melville-vida-hombre-entrecomillado_0_8YnTlGUPv.html

Reseña: Las Malas, de Camila Sosa Villada

¿Se escribe para contar un mundo o para escapar del mundo? En Las malas, Camila Sosa Villada tensa esta pregunta al tirar del género testimonial y la imaginación trans, dos extremos de la cuerda sobre la que hace equilibro una vida. Sosa Villada es actriz y escritora; “fue prostituta, mucama por horas y vendedora ambulante. A veces canta en bares”, registra la solapa de su tercer libro publicado, y así da pie al tono y la ética de esta autobiografía de juventud: la alegre dignidad de quien asume la prostitución como uno entre tantos trabajos del proletario.

Las malas conserva la organización en entradas breves propia de la escritura de Blog que dio origen a este texto y relata de manera fragmentaria la época en que la diarista de dieciocho años viajó de Mina Clavero a la ciudad de Córdoba, donde comenzaría, de día, sus estudios universitarios como varón, y de noche, como Camila, encontraría un espacio de pertenencia entre las travestis del Parque
Centenario. La experiencia de Sosa Villada recupera los últimos años de esa zona roja que la modernización del alumbrado público y la persecución policial terminaron por suprimir poco tiempo después; un arco temporal que coincide con el apogeo y decadencia de la comunidad trans (sus trabajos y sus noches bajo la vigilancia monumental de un Dante de piedra), la adopción de un bebé abandonado entre los árboles y el desarrollo de su crianza colectiva por parte de este grupo intenso cuyas integrantes sucesivamente se acompañan y hieren, compiten o se brindan afecto, viven un equilibrio inestable de sufrimiento y brillo: “El dolor de una travesti, las pocas veces que asoma de verdad el dolor de una travesti, es como un hechizo: somete al espectador a un estado de lisergia triste, de pena fosforescente”.


Sin abandonar el carácter testimonial, Sosa Villada mezcla asuntos y géneros literarios en las entradas de su diario. La infancia bajo el terror de un padre violento y las situaciones límite como prostituta en la capital se abordan desde un realismo seco, a veces cercano a la crónica y otras veces plantado en la denuncia que enarbola una épica trans: “No pueden mirar otra cosa. Eso logramos las travestis: atraer todas las miradas del mundo. Nadie puede sustraerse al hechizo de un hombre vestido de mujer, esos maricones que van demasiado lejos, esos degenerados que acaparan las miradas”. Si bien justificados y constituyentes del núcleo político de Las malas, estos pasajes se vuelven repetitivos con el correr de las páginas. La enumeración catártica de su fraseo (proveniente tal vez de la plataforma Blog) se vuelve monótona, diluye la fuerza con la que empieza el libro y le roba protagonismo al otro género, mucho más proteico, con el que convive: la ficción trans en aquel estilo personal “de pena fosforescente”.

La fantasía se vuelve clave para narrar a los mejores personajes de la comunidad, como los Hombres sin Cabeza, veteranos de guerras africanas codiciados por las travestis de Córdoba, o La Tía Encarna, de ciento setenta y ocho años, y moretones en la piel consecuencia del “aceite de avión con el que había moldeado su cuerpo, ese cuerpo de mamma italiana que le daba de comer, pagaba la luz, el gas, el agua para regar aquel patio hermosamente dominado por la vegetación, aquel patio que era la continuación del Parque, tal como el cuerpo de ella era la continuación de la guerra”. En otras y otros cuerpos, el devenir de hombre a mujer encuentra una superación (un exceso) y traspone el límite entre las especies: una triste y paulatina mutación de María la Muda en pájaro comparte pasillos con las noches de vigilia para cuidar a Natalí, que, convertida en lobizona con cada luna llena, “era como la menstruación de nuestra manada”.

Aunque más cerca de Gabriel García Márquez que de Copi o Pedro Lemebel, la narrativa de Sosa Villada enuncia con voz singular la experiencia de una vida, y las penas y glorias de la identidad trans contemporánea, sin abandonar ni la perspectiva colectiva ni la conciencia de clase. Porque es clara y asumida la identidad proletaria desde donde escribe Camila, y se pone de manifiesto, muchas veces, por contraste, como en la visita de un grupo de travestis de ocasión, pertenecientes a familias acomodadas de Córdoba, quienes “vestidas con las blusas elegante de su madre, tocadas por el halo de la perfumería más exquisita, venían a recordarnos la miseria de nuestras raíces: el plástico de nuestros manteles, la debilidad amarilla de nuestros muebles de pino, lo grasosas que eran esas colchas que habían cubierto a todos nuestros antepasados antes de cubrir nuestros cuerpos”.

Aunque, por problemas de selección y edición, la rueda del relato quede girando en el aire en algunos pasajes, el carácter testimonial y la voluntad de manifiesto de Las malas garantizan su buen funcionamiento como libro, y Sosa Villada logra poner en primer plano el problema de forjarse una identidad mediante la constitución de una voz, que habla de sí cuando narra una comunidad y recuerda un colectivo de personas cuando cuenta la propia historia.

---
Publicada como "El testimonio trans y su catarsis" en Revista Ñ (04/5/2019)

Reseña: Pequeño Arandela, de Sebastián Bianchi


Un cirujeo de textos e imágenes


Pervirtiendo a Alberdi, se podría decir que el mal que aqueja a la literatura argentina es la solemnidad. Pero el proyecto poético que Sebastián Bianchi viene elaborando desde hace algunas décadas constituye una trituradora de la altisonancia argentina, una podadora del pasto solemne. Sus textos, de apariencia simple pero extraño funcionamiento, son una máquina de reírse; y las carcajadas de un autómata siempre generan una sensación de inquietud, aunque la acompañemos, nosotros también, en la risa.

Pequeño Arandela, reedición abreviada del Manual Arandela de 2009, se presenta como un buen paneo para quien no haya leído antes a Bianchi. El compendio incluye un manual de gramática para aprender castellano (o cursos de vocablo Padua y Moreno-Villa Gesell, a precios más económicos); una “Introducción a la poesía”, con ejemplos nacionales e internacionales, modernos y clásicos; un estudio sobre la mecánica seguida de la presentación de algunas máquinas poéticas del medioevo; noticias, publicidades y solicitadas; gráficos, afiches y cuadros conceptuales sacados de contexto, y también una colección de diccionarios argentinos, en cuyos “sentidos tangenciales y de palabras con mala prensa encontramos definiciones que no se fijan a nada pero que pasan por varios [objetos] diferentes y distintos, dejando lo que sería un hilo de baba a modo de puente entre los signos”.

Para quienes ya hayan leído o visto las piezas de Bianchi, en cambio, la selección de Pequeño Arandela privilegia la lectura de su proyecto desde una perspectiva histórico-social. Porque, si bien los poemas de Bianchi se pasean por los barrios del arte conceptual, la escritura no creativa e incluso el casco histórico del dadaísmo, poco tienen que ver con la usual atemporalidad de aquellos célebres modelos. Al contrario, las preguntas acerca de qué sería escribir en un castellano argentino o cómo sería un arte latinoamericano preceden a cada movimiento de sus textos e imágenes: “No nos parece nada bien –a mí y a este que escribe y a todos los que escriben por mí– que se hable sin más de 'poesía de los argentinos' o de 'ese argentino tiene poesía', como si hubiese una poesía que, tras de volverse plastilina sintáctica, se acomodara en el molde del genitivo, acompañando al gentilicio mágico”, reflexiona en un ensayo estético, páginas antes de incluir a Holmberg, Bioy Casares y Cortázar en una breve enciclopedia literaria de la mecánica, a la par de Descartes, Shelley y Hawthorne. Tanto por su forma como por la red de referencias que despliega, la escritura de Bianchi sabe dónde está parada; se ocupa del lugar y tiempo de su poesía, aunque sólo sea para parodiar los mismos interrogantes.

Híbrido entre acumulador y erudito (víctima del “Síndrome de Diógenes”, en una referencia literal al sabio presocrático), Sebastián Bianchi cirujea en los baldíos de la cultura, en donde lo pretendidamente alto no se diferencia de lo pretendidamente popular, y rescata cascotes de la comunicación verbal y gráfica para modificarlos, reinventarlos o apenas encontrarles un lugar distinto. Hace poco Francisco Garamona afirmaba que César Aira era el último surrealista. En la misma línea, no sería arriesgado pensar en Sebastián Bianchi como el único dadaísta que queda en estas pampas, ya que, mientras la novela aireana se nutre del relato de las vanguardias, las piezas textuales de Bianchi aparecen como su correlato puro y duro: un bazar de objetos verbales y visuales, puestos en repisas, lustrados con desinterés.


---
Salió publicada en Ñ (10/04/2019) con el título "Para triturar la solemnidad argentina"

Apuntes sobre TRINCHETA de Juan Rocchi

Yo también fui joven, como Dillom. Y mientras eso (la juventud) ocurría, y mientras en la primera década del siglo se publicaban carradas de...