Reseña: La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward

El gótico sureño revisitado desde Netflix
Linchamientos, trabajo esclavo, adicción, violencia doméstica y odio resumen para Ward el siglo XX de los EE.UU.

por Emilio Jurado Naón

Parchman Farm, la Penitenciaría de Misisipi, es el perímetro elegido por la novelista estadounidense Jesmyn Ward para unir, en clave de gótico sureño, el pasado y el presente de la violencia racial contra afroamericanos. Linchamientos, trabajo esclavo, adicción, violencia doméstica y crímenes de odio encubiertos por la policía se entrelazan, en La canción de los vivos y los muertos (Sing, Unburied, Sing), con la historia de una familia que ha vivido en carne propia gran parte del siglo XX estadounidense, y lo que va del XXI.

A pesar de la compleja trama de personajes, intenciones y tiempos narrativos que elabora la novela (y cuyos nudos la contratapa del libro aprieta aún más), la historia se puede resumir como la errancia de un alma en pena en busca de la verdad acerca de su muerte. Allá lejos y hace tiempo, cuando el abuelo del joven Jojo cumplía condena en Parchman, actuó como protector de un joven presidiario, Richie, blando ante los trabajos forzados y la malicia de los guardias. La penitencia postmortem de Richie encuentra su razón de ser cuando entra en contacto con Jojo, quien detenta en secreto el don oír la canción de los muertos. “Hay palabras que no entiendo, como si le hubiera dado vuelta al lenguaje. Un animal despellejado, con la piel al revés”, piensa Jojo en uno de los momentos más álgidos de este relato faulkneriano.

La precisión de imágenes sensoriales, el monólogo interior y los cambios de perspectiva dan cuenta de un trabajo concienzudo del género novelístico, en la corriente del modernismo. Sin embargo, la corrección política que lleva a La canción de los vivos y los muertos a acumular subtemas de incumbencia social (al racismo se le suman la violencia familiar, la maternidad adolescente, el consumo y el tráfico de drogas), y la multiplicación de géneros literarios a mansalva (el terror trabajado con pluma cinematográfica, pero también el road-trip y la novela de aprendizaje) invitan a leerla más como un buen punto de partida para una película futura que como una novela moderna. (Tal vez sea eso la novela moderna de la actualidad: un escalón a Netflix).

Es innegable la calidad narrativa del libro que le valió a Ward el National Book Award (¡por segunda vez!), pero, a riesgo de sonar estulto, la calidad no lo es todo. Se puede disfrutar el oficio de una novelista, incluso las variaciones en el estilo a la hora de reactualizar temas y conflictos que hace ochenta años fueron innovadores, pero lo cierto es que la técnica de esta novela parece seguir los pasos pautados de la escuela de guion hollywoodense: jugosa presentación de los personajes y sus vínculos, contexto político reconocible y aceptado como “importante” por el pensamiento socialdemócrata, y un final revelador (en este caso, cómo y por qué murió Richie), a la vez enternecedor y tremendo.

Una novela sin riesgos estéticos y con un final predecible es eso: una novela buena.

La canción de los muertos y los vivos, Jesmyn Ward. Trad. F. González L. Sexto Piso, 260 págs.

Publicada en Revista Ñ / Clarín, el 04/07/2019

Sanmierto o el regreso del escritor (Evaristo Cultural)


En su último libro, Emilio Jurado Naón retoma la figura del prócer y juega con el lenguaje reorganizándolo para proponer nuevas formas literarias experimentales.

Sanmierto, Sarmiento, Sarrrrniento…

Terminado el Sanmierto de Emilio Jurado Naon es inevitable caer en esta y otras confusiones
ortográficas indignantes para la Real Academia. Así como el orden del lenguaje que debe
emplearse para escribir una novela, relato o un poema se ve vituperado. Pero nada de eso es
Sanmierto, en realidad, sino más bien los relatos de vida del prócer mitrista y patriótico por
excelencia. Para ello hay un uso de la prosa que, si Sarmiento viviera, estaría orgulloso de
haber hecho escuela. ¿Cómo volver a hablar de Sarmiento – tal vez junto con el Martín Fierro-
el y los poemas esfingos fundamentales de nuestra patria fundadora más remitidos por la
literatura de todas las direcciones y sentidos políticos? Parodiándolo, por supuesto. El
parodiador parodiado. La farsa se repite.

“Estaba frenético, demente, y concebí (uñas chirriantes contra la mesa de caoba, arruinada su
limpidez pura por las rayas paraleloides de un pentagrama colérico) la idea sublime de
desacierto de castigar a Chile entero ¡Chile todo!, de declararlo ingrato, vil frenético infame.
Me imaginé de crudas botas de montar y montándome a Chile entero, todo Chile: yo arriba
estrujando los lados de un potro indómito que, cimbronazo a cimbronazo, cedía. Y se volvía
pasivo ante mis descargas sádica ¡plaum! ¡pla! Con el látigo de tres puntas laceraba el lomo de
la bestia, los ojos eyectados en sangre, resoplando mucosa burbujeante por los lagrimales y
eyaculando baba entre labios de complot.”

Retomar una de las mejores plumas de la nación agropecuaria y sus propias autoreferencias
vivenciales, pilares estructurales de la literatura argentina, y reescribirlas es la consigna. El
lenguaje del maestro del aula evolucionó y ahora en Sanmierto se expresa en un presente
literario de un país que, estoy seguro, nunca soñó; donde priman desde obras de
problemáticas burguesas del norte citadino en lenguaje grabado y escrito por escribas
electrónicos, hasta las más interesantes (y las que nos gustan) reinterpretaciones de nuestras
obras clásicas literarias con nuevas perspectivas como La China Iron, pasando por reescrituras
de una historia Argentina que nunca existió en esta dimensión – pero sí en otros multiversos,
¿quién sabe?- como un episodio en la vida del pintor viajero o, entre otros, la antología de la
literatura Argentina de Jimena Schere, jugando con un lenguaje castellanizado rioplatense que
ha cambiado en sus fonemas como debe cambiar en su sintaxis.

“Blanca como los almidonados alumnos de la Escuela de la Patria.
-¿Qué patria? ¿La mía o la suya? A no confundir. Usted abusa de las comparaciones, recurso
filoso si los hay.
-Pero, Domingo Faustino… está perdiendo el hilo de la parábola.”

Sanmierto es un personaje de escritura pegajosa más propia del siglo de oro español que de
las literaturas revolucionarias de Latinoamérica, pero en el humor radica su impronta. La ironía
oculta (o no tanto) dentro de una terminología de otro siglo (renovando su frescura alternando
onomatopeyas e interjecciones) y oraciones enumerativas, podrían llevar al lector al olvido de
la temática que trata, pero un giro donde se entiende que tales palabras no eran más que un
insulto a una patria (¿cuántas hay?), el cercenamiento de una niña, el seco y grietoso desierto
sanjuanino o los compañeros de armas e ideas y sus peculiares fisonomías, eleva la oración y
descansa la vista. En los giros permanentes pasamos de interpretar los detalles microscópicos
de la biota verde pampeana a cómo avanza un ejército de manera zigzagueante para organizar
una república o un simple motín que acabe con la nación antes de nacer. Una dinámica
adictiva que no se detiene hasta el punto final, donde, mención aparte, aparece un posfacio crítico y destructivo del verdadero enemigo (examigo) intelectual del padre del aula: Juan Bautista Alberdi.

La propia escritura citada del prócer permite jugar con las formas y enredarse con palabras
abriendo múltiples relecturas y liberando también mundos imaginarios, fantasiosos,
metafóricos, que pueden estar ocurriendo como también pueden ser parte de la mente del
narrador que piensa como interactúa; en voz alta (¿o escrita?). Sin faltar también, eso que
tanto nos gusta a los criollos: sangre y escatología.

“Yo quedé con la mente enturbiada; pero, qué hacerle: me abrí el cráneo con un cortaplumas
– obsequio de despedida que Montt había sabido ofrecerme en mi vuelta a Chile – y descuajé
cerebro y cerebelo para, acto seguido, sumergirlo en una pecera de desbordante vinagre (…)
Momentos después llegó el Dr. Tamini y ordenó que me volvieran a colocar las partes en el
vacuo cráneo. Los vasallos del gobierno central se agitaron en derredor y acataron órdenes: la
tapa fue cerrada pero quedó medio abierta: ¡clanc clanc!”

La portada del libro muestra a un Sarmiento transvestido de dama antigua con un abanico, sin
perder su clásica mirada ilustre hacia un horizonte imaginario infinito. Pero atentos, ¡Oh
nobles y magnánimos puristas del respeto a los mayores, la moral (correcta) y las formas ya
enseñadas y repetidas hasta el hartazgo! No se trata de un insulto enmascarado en lenguaje
inclusivo new age. Es por el contrario un collage que, se cree, él mismo envió en vida (¿con
tono irónico?) a “los murgueros de Carapachay”. Y así como esa, otras fotos tomadas del
propio museo sarmientino, adornan la narrativa de Jurado Naon, dejando la marca de la nueva
colección Vita nuova de la editorial Leteo, cuyo formato permite llevar adelante la lectura con
la dinámica que merece, así como un azul claro intenso de sus tapas atrae la mirada del lector
compulsivo que en una librería cualquiera no puede evitar tomarlo en sus manos y (h)ojear de
qué se trata.

“Do-Do…Do-Don Domingo- me dijo, repitiéndose, el santo insoportable (tan angelical que
sospeché alas de ángel arrugándosele dentro de la joroba)-. Me han mostrado los impresores,
nerviosos como telégrafos, el artículo dado para mañana…
-Lo siento, soy un hueso
– ¿Ha calculado usted las consecuencias? ¿Calculado, realmente, lo que viene? ¿Lo que se
avecina? ¿El desastre? Las nubes se tiñen de azafrán y el Pacífico crece en turbación. Ayer, sin
más, un pescador exhibió, ante atónita turba, un pulpo de madera que ladraba.
-No creo en presagios
-No es presagio, es evidencia.
-Nada es evidente cuando un país entero le da a uno la espalda.”

La rescritura de Sanmierto permite jugar con su arma favorita: la palabra escrita; la prolijidad
prosaica de un maestro que enseña a escribir usando todos los signos de puntuación y orden
sintáctico que corresponde aun cuando opina del aspecto físico de sus visitantes conectando
sus pensamientos en una catarata de conceptos asociados, es una tentación a la manipulación
de los signos y los momentos de corte sin autorización:

“Hizo hincapié, Tamini, en este aspecto: la ausencia de vello en Sandes. Aun en un álgido
momento como aquel, la visión repentina del vientre cándido de su paciente lo llenó de una
calma que. Se tomó, Tamini, un tiempo para explicarse: la panza sin pelos de Sandes se le apareció como una curiosidad aparentemente menor, que con el paso del tiempo se revelaría
de una importancia excesiva, abrumadora. Se imaginó a sí mismo en el futuro, con el cuerpo
anciano y rupestre. Se vio con las ancas acurrucadas en almohadones rechonchos y una copa
de borgoña en la palma de la mano extendida hacia lo alto…”

Civilización y barbarie. Su fisura es el núcleo de nuestra patria ganadera. Acabar con eso es tan
inviable como cambiar de bandera y moneda (discusiones que dos siglos después seguimos
manteniendo con el mástil en alto como el primer día). Pero el ejercicio de sostener
contrafácticos o interpretaciones de la historia en cinco palabras, es nuestra mayor fuente de
inspiración. Hasta tanto eso no cambie, abusemos de nuestros próceres: ¡Honor y gratitud!

Adrián Minzi
Publicada en Evaristo Cultural el 10/09/2019

Gloria y loor (Radar / Página12)



Director de la revista de poesía Rapallo, Emilio Jurado Naón presenta una nouvelle notable sobre la figura de Sarmiento. Sanmierto sigue los pasos desmesurados del padre del aula en una versión paródica y experimental en el lenguaje.



por Augusto Munaro

El segundo libro de Emilio Jurado Naón, busca lo que pocos se imaginaron alguna vez: una suerte de cuasi-autobiografía de Sarmiento, escrita más bien, siguiendo el flujo de su conciencia, sin filtros, claro, la conciencia aglutinada del sanjuanino al borde de la locura. Lascivo, políticamente incorrecto, inmoral hasta el retruécano. Como es de esperar, una propuesta semejante evade casi todos los argumentos posibles (de hecho, Sanmierto es una colección de capítulos que operan más como viñetas aisladas, que como una obra episódica). Esta “nouvelle”, intensamente escrita, narrada en primerísima persona, podría sumarse a una serie de libros publicados en la última década, donde se busca reestructurar los modos de lectura de nuestro pasado literario. El resultado es todo un hallazgo, ya que pone de manifiesto una escritura atípica, provocadora y audazmente superadora de los dictámenes del gusto epocal , en la medida en que se genera un franco ejercicio de la libertad y exploración lúcida de las potencialidades del idioma de los argentinos. Uno que continúa haciéndose a diario, desde aquel lejano y distante 1810. Por otra parte, la cuota experimental aquí es relevante, y en absoluto accidental: cada palabra posee su peso específico de figuración, su razón de estar en la página.

Al (¿simular?) parcialmente el estilo histriónico de Facundo y Recuerdos de provincia, Jurado Naón alcanza a expandir el arsenal lingüístico de Sarmiento, dislocando a nuestro prócer decimonónico, en una serie de situaciones notablemente intrigantes. El lector lo encontrará ya exiliado, en un calabozo envuelto en una orgía de niñas púberes; en Santiago de Chile manteniendo conversaciones tan irrisorias como delirantescon un imprentero y en una sala de operaciones, entre algunas otras bizarras circunstancias. La galería de personajes es, asimismo, inolvidable: Don Antonio Jacobo, el Dr. Villegas (quien muere fusilado “por haber sacado del banco dos millones de pesos con una orden que firmara Rosas”); el Dr. Tamini quien ingresa de cuerpo entero en el ombligo del Comandante Sandes, con el fin de extraer una camiseta de la herida. Antológica resulta la secuencia, cuando en un rapto de ¿delirio?, Sarmiento se abre su propio cráneo con un cortaplumas para descuajar cerebro y cerebelo, y así “sumergirlos en una pecera de desbordante vinagre”.


El desplazamiento físico-temporal entre cada capítulo y episodio es evidente, haciendo que el ritmo se revele en el estilo enfático, por momentos caricaturesco, panfletario, que se cristaliza en cada peripecia. De este modo, recurre a un arsenal de metáforas vetustas que vueltas en uso, curioso, otorga otro ritmo de significantes. Aquí un ejemplo: “Me miro las uñas crecidas de más y no puedo contener una lágrima que recorre los valles de mi gesto oblongo”, o bien: “el libro aplaude su exhausto oleaje sobre la orilla”; “tamborileó el brazo” . Allí su originalidad, un chocante y pulposo (por no decir aparatoso) fraseo barroco que audazmente propone la dificultad del lenguaje literario como valor estético. Pues hay una verdadera puesta en marcha por hacer de su escritura, un espacio donde desplegar parte de la riqueza de nuestro idioma, de donde resulta una textualidad que obliga al lector a recurrir con frecuencia al auxilio del diccionario (“maloquero”, “grupejo”, etc.).

Sanmierto no es sólo una sátira ampulosa. Es mucho más, claro. Ante todo (y sobre todo), una inercia imaginativa excesiva, acumulativa con la que avanza página tras página. De un opulento barroco, dijimos, deformante, que se hace sólo al andar. Contraria a la obviedad de las novelas históricas convencionales, su prosa autorreflexiva es constante; elástica, enfrenta duelos semánticos, para percibir la literatura, por momentos, como un objeto sin objetivo. Una interpretación de la realidad o una hipótesis imaginativa sobre el lenguaje.

Jurado Naón tiene un oído muy atento a las exigencias de la legua. El ritmo, el fraseo de su prosa verbosa, nos recuerda que no se trata de una coincidencia el hecho que sea uno de los editores de la revista de poesía Rapallo, publicación en papel, que se especializa en la difusión de poemas y ensayos contemporáneos, ofreciendo un lugar relevante a la traducción, la crítica y la entrevista.

Por eso, resulta casi natural que la lengua sea, insistimos, la verdadera protagonista de este notable libro. La lengua sarmientina, claro, que se expande, recorriendo todo un arco de combinaciones especulares posibles: desde lo sublime a lo sórdido. César Aira alguna vez afirmó que no importan tanto los libros, sino los procedimientos con que éstos están escritos. Este libro lo ratifica. Podría haberse extendido infinitamente sin perder vigor ni frescura anecdótica. La rigurosa edición incluye una serie de fotografías e ilustraciones de época que ayudan a visibilizar mejor ciertos rasgos estéticos del programa que intenta sobrellevar Jurado Naón. El epílogo del libro (“Quinta carta quillotana”, escrita por Juan Bautista Alberdi), podría haberse reducido, acaso, por ser demasiado explicativa. Un ejercicio de iconoclasia para lectores que gustan internarse en las “catacumbas ponzoñosas de la voz sarmientina”.


RADAR, Página/12 - 11 de agosto de 2019

Reseña: M, de Eric Schierloh

La biografía esquiva de un hombre entrecomillado

M es el libro de un fascinado con la lectura, no tanto de Herman Melville como de las biografías que se escribieron sobre el autor de Moby Dick. Detrás de los materiales de archivo que Eric Schierloh organiza en torno a una vida (cartas propias y de amistades, poemas y relatos subrayados con melancolía, fotos, notas marginales, columnas de opinión y críticas devastadoras a sus últimas publicaciones), se va configurando la presencia nebulosa de un biógrafo-editor que da la impresión de haber leído todo sobre Melville; incluso lo que no se conserva, incluso lo que jamás ha sido escrito. Sin embargo, la duda que puede aparecer acerca de cómo fueron los últimos años en la vida de Melville (en Nueva York, pero retirado de la escena literaria al extremo de que sus contemporáneos lo consideraban muerto hacía rato) jamás es saldada en las páginas de este artefacto que es M; al contrario: la postulación de un misterio es el germen del texto, y su dilatación, una apuesta por conservar la lectura hasta el final.


La anécdota que da mecha al libro de Eric Schierloh tiene una matriz borgeana: un pasaje marginal de un libro y un autor que –al menos para el lector medio argentino– podrían ser frutos de la ficción. En The Melville Log, el historiador de arte Jay Leyda acusa a un tal Herman Melville de robarle la identidad al verdadero escritor (“M”), aprovechándose de su misantropía, y con la finalidad de usufructuar las ganancias de su obra. Este corrimiento intrincado respecto de la identidad entre persona y autor (entre el nombre que consigna los libros, y el sujeto histórico y palpable que continúa su vida en voz baja) lleva a Schierloh a reconstruir, mediante montaje, el período que va desde la asunción de “una vida de retiro y silencio”, en 1863, hasta la muerte de M, en 1891.

Sin embargo, el nudo inquietante en torno a este “hombre entrecomillado” se disuelve en la acumulación monótona de elementos dispares, cuyo sentido (su efecto de lectura) es confuso. Hay fragmentos de cartas que van construyendo con destreza el personaje de M; cartas de familiares, amigos y conocidos, o apenas de admiradores de Melville que refieren el encuentro con el maestro como una aparición urbana. Pero la extraña decisión de borrar los datos de remitente y destinatario empobrece el texto, aplana una heterogeneidad que, dada la multiplicidad de voces, puntos de vista y fuentes de archivo que se dan cita en la biografía, parecería ser la intención inicial de Schierloh. Sucede algo similar con las acciones que se consignan; entradas como “M pasa dos semanas de vacaciones en Nueva York y Pittsfield”, “El sombrío M comienza a trabajar en un nuevo libro de poesía”, “M compra dos libros más”, “Termina otro año” o “M visita a su viejo amigo y editor Ever Duyckinck” (esta última, repetida hasta tentar el límite entre el ridículo y la tomada de pelo), ejemplifican el tono general de M; una suerte de resumen pretendidamente anodino de otro libro al que no podemos acceder (este otro libro, como se revela en el anexo final, es el del ya mencionado Jay Leyda).

En “La gran salina”, Ricardo Zelarayán escribió que, por déficit de elocuencia, “la palabra misterio hay que aplastarla/ como se aplasta una pulga,/ entre los dos pulgares”. Aunque Eric Schierloh parte de una premisa intrigante y pone a andar un artefacto original, el resultado es un texto que, confiado por demás en un aura misteriosa, se pierde en referencias cruzadas y chistes internos que expulsan al lector. La tautología que impone aquella incógnita en la vida de M parece imposible de subsanar apenas sumariando lecturas. Tal vez el exceso de paratextos sea índice de que M, como intento de reproducir una fascinación lectora, no termina de encontrar su centro y se pierde en rodeos.

Por qué escribir sobre Melville hoy; cómo lee un escritor la vida de Melville desde Argentina, o cuál sería la pertinencia de poner a circular de nuevo a Melville (no ya lo que escribió, sino lo que se escribió sobre su vida) son, por otro lado, algunas preguntas que el libro de Schierloh está lejos de hacerse, pero que se vuelven pertinentes si consideramos el gesto principal de esta biografía esquiva: reactualizar un clásico desde la traducción y la experimentación formal.

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Publicado originalmente en revista Ñ (07/06/2019), con el título "Biografía de un hombre entrecomillado".
https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/herman-melville-vida-hombre-entrecomillado_0_8YnTlGUPv.html

Reseña: Las Malas, de Camila Sosa Villada

¿Se escribe para contar un mundo o para escapar del mundo? En Las malas, Camila Sosa Villada tensa esta pregunta al tirar del género testimonial y la imaginación trans, dos extremos de la cuerda sobre la que hace equilibro una vida. Sosa Villada es actriz y escritora; “fue prostituta, mucama por horas y vendedora ambulante. A veces canta en bares”, registra la solapa de su tercer libro publicado, y así da pie al tono y la ética de esta autobiografía de juventud: la alegre dignidad de quien asume la prostitución como uno entre tantos trabajos del proletario.

Las malas conserva la organización en entradas breves propia de la escritura de Blog que dio origen a este texto y relata de manera fragmentaria la época en que la diarista de dieciocho años viajó de Mina Clavero a la ciudad de Córdoba, donde comenzaría, de día, sus estudios universitarios como varón, y de noche, como Camila, encontraría un espacio de pertenencia entre las travestis del Parque
Centenario. La experiencia de Sosa Villada recupera los últimos años de esa zona roja que la modernización del alumbrado público y la persecución policial terminaron por suprimir poco tiempo después; un arco temporal que coincide con el apogeo y decadencia de la comunidad trans (sus trabajos y sus noches bajo la vigilancia monumental de un Dante de piedra), la adopción de un bebé abandonado entre los árboles y el desarrollo de su crianza colectiva por parte de este grupo intenso cuyas integrantes sucesivamente se acompañan y hieren, compiten o se brindan afecto, viven un equilibrio inestable de sufrimiento y brillo: “El dolor de una travesti, las pocas veces que asoma de verdad el dolor de una travesti, es como un hechizo: somete al espectador a un estado de lisergia triste, de pena fosforescente”.


Sin abandonar el carácter testimonial, Sosa Villada mezcla asuntos y géneros literarios en las entradas de su diario. La infancia bajo el terror de un padre violento y las situaciones límite como prostituta en la capital se abordan desde un realismo seco, a veces cercano a la crónica y otras veces plantado en la denuncia que enarbola una épica trans: “No pueden mirar otra cosa. Eso logramos las travestis: atraer todas las miradas del mundo. Nadie puede sustraerse al hechizo de un hombre vestido de mujer, esos maricones que van demasiado lejos, esos degenerados que acaparan las miradas”. Si bien justificados y constituyentes del núcleo político de Las malas, estos pasajes se vuelven repetitivos con el correr de las páginas. La enumeración catártica de su fraseo (proveniente tal vez de la plataforma Blog) se vuelve monótona, diluye la fuerza con la que empieza el libro y le roba protagonismo al otro género, mucho más proteico, con el que convive: la ficción trans en aquel estilo personal “de pena fosforescente”.

La fantasía se vuelve clave para narrar a los mejores personajes de la comunidad, como los Hombres sin Cabeza, veteranos de guerras africanas codiciados por las travestis de Córdoba, o La Tía Encarna, de ciento setenta y ocho años, y moretones en la piel consecuencia del “aceite de avión con el que había moldeado su cuerpo, ese cuerpo de mamma italiana que le daba de comer, pagaba la luz, el gas, el agua para regar aquel patio hermosamente dominado por la vegetación, aquel patio que era la continuación del Parque, tal como el cuerpo de ella era la continuación de la guerra”. En otras y otros cuerpos, el devenir de hombre a mujer encuentra una superación (un exceso) y traspone el límite entre las especies: una triste y paulatina mutación de María la Muda en pájaro comparte pasillos con las noches de vigilia para cuidar a Natalí, que, convertida en lobizona con cada luna llena, “era como la menstruación de nuestra manada”.

Aunque más cerca de Gabriel García Márquez que de Copi o Pedro Lemebel, la narrativa de Sosa Villada enuncia con voz singular la experiencia de una vida, y las penas y glorias de la identidad trans contemporánea, sin abandonar ni la perspectiva colectiva ni la conciencia de clase. Porque es clara y asumida la identidad proletaria desde donde escribe Camila, y se pone de manifiesto, muchas veces, por contraste, como en la visita de un grupo de travestis de ocasión, pertenecientes a familias acomodadas de Córdoba, quienes “vestidas con las blusas elegante de su madre, tocadas por el halo de la perfumería más exquisita, venían a recordarnos la miseria de nuestras raíces: el plástico de nuestros manteles, la debilidad amarilla de nuestros muebles de pino, lo grasosas que eran esas colchas que habían cubierto a todos nuestros antepasados antes de cubrir nuestros cuerpos”.

Aunque, por problemas de selección y edición, la rueda del relato quede girando en el aire en algunos pasajes, el carácter testimonial y la voluntad de manifiesto de Las malas garantizan su buen funcionamiento como libro, y Sosa Villada logra poner en primer plano el problema de forjarse una identidad mediante la constitución de una voz, que habla de sí cuando narra una comunidad y recuerda un colectivo de personas cuando cuenta la propia historia.

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Publicada como "El testimonio trans y su catarsis" en Revista Ñ (04/5/2019)

Reseña: Pequeño Arandela, de Sebastián Bianchi


Un cirujeo de textos e imágenes


Pervirtiendo a Alberdi, se podría decir que el mal que aqueja a la literatura argentina es la solemnidad. Pero el proyecto poético que Sebastián Bianchi viene elaborando desde hace algunas décadas constituye una trituradora de la altisonancia argentina, una podadora del pasto solemne. Sus textos, de apariencia simple pero extraño funcionamiento, son una máquina de reírse; y las carcajadas de un autómata siempre generan una sensación de inquietud, aunque la acompañemos, nosotros también, en la risa.

Pequeño Arandela, reedición abreviada del Manual Arandela de 2009, se presenta como un buen paneo para quien no haya leído antes a Bianchi. El compendio incluye un manual de gramática para aprender castellano (o cursos de vocablo Padua y Moreno-Villa Gesell, a precios más económicos); una “Introducción a la poesía”, con ejemplos nacionales e internacionales, modernos y clásicos; un estudio sobre la mecánica seguida de la presentación de algunas máquinas poéticas del medioevo; noticias, publicidades y solicitadas; gráficos, afiches y cuadros conceptuales sacados de contexto, y también una colección de diccionarios argentinos, en cuyos “sentidos tangenciales y de palabras con mala prensa encontramos definiciones que no se fijan a nada pero que pasan por varios [objetos] diferentes y distintos, dejando lo que sería un hilo de baba a modo de puente entre los signos”.

Para quienes ya hayan leído o visto las piezas de Bianchi, en cambio, la selección de Pequeño Arandela privilegia la lectura de su proyecto desde una perspectiva histórico-social. Porque, si bien los poemas de Bianchi se pasean por los barrios del arte conceptual, la escritura no creativa e incluso el casco histórico del dadaísmo, poco tienen que ver con la usual atemporalidad de aquellos célebres modelos. Al contrario, las preguntas acerca de qué sería escribir en un castellano argentino o cómo sería un arte latinoamericano preceden a cada movimiento de sus textos e imágenes: “No nos parece nada bien –a mí y a este que escribe y a todos los que escriben por mí– que se hable sin más de 'poesía de los argentinos' o de 'ese argentino tiene poesía', como si hubiese una poesía que, tras de volverse plastilina sintáctica, se acomodara en el molde del genitivo, acompañando al gentilicio mágico”, reflexiona en un ensayo estético, páginas antes de incluir a Holmberg, Bioy Casares y Cortázar en una breve enciclopedia literaria de la mecánica, a la par de Descartes, Shelley y Hawthorne. Tanto por su forma como por la red de referencias que despliega, la escritura de Bianchi sabe dónde está parada; se ocupa del lugar y tiempo de su poesía, aunque sólo sea para parodiar los mismos interrogantes.

Híbrido entre acumulador y erudito (víctima del “Síndrome de Diógenes”, en una referencia literal al sabio presocrático), Sebastián Bianchi cirujea en los baldíos de la cultura, en donde lo pretendidamente alto no se diferencia de lo pretendidamente popular, y rescata cascotes de la comunicación verbal y gráfica para modificarlos, reinventarlos o apenas encontrarles un lugar distinto. Hace poco Francisco Garamona afirmaba que César Aira era el último surrealista. En la misma línea, no sería arriesgado pensar en Sebastián Bianchi como el único dadaísta que queda en estas pampas, ya que, mientras la novela aireana se nutre del relato de las vanguardias, las piezas textuales de Bianchi aparecen como su correlato puro y duro: un bazar de objetos verbales y visuales, puestos en repisas, lustrados con desinterés.


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Salió publicada en Ñ (10/04/2019) con el título "Para triturar la solemnidad argentina"

Reseña: La luz negra, de María Gainza

Mala y buena ficción en el arte de falsificar

“La distinción más importante cuando se habla de la calidad genuina de una pintura no es tanto entre una pintura original y una copia, sino entre una buena y una mala copia”, esto lo dice Clifford Irving, uno entre los muchos impostores, falsificadores, artistas, charlatanes e ilusionistas que se dan cita en F de falso, el brillante juego de espejos que filmó Orson Welles. Porque lo menciona, pero sobre todo porque comparte con él una pasión por el ilusionismo en el arte (en el mundo del arte y en su mercado), La luz negra de María Gainza se ubica en la misma esfera de intereses e intenciones que la película de Welles, sólo que con un pie en Buenos Aires como sede del trapicheo artístico. Cabría, entonces, derivar la cita de Irving hacia el plano literario para afirmar que no importa tanto si una historia es “real” o ficción, sino el hecho de que sea una buena o mala ficción.

Luego de su celebrado libro El nervio óptico, una serie de perfiles de artistas a contrapunto de escenas autobiográficas, María Gainza incursiona en el género de la novela para contar la historia elusiva de una famosa falsificadora porteña, la Negra. Narrada desde el punto de vista de una crítica de arte, a quien su amiga tasadora introduce en los secretos del contrabando de falsificaciones, la novela sigue los pasos de la Negra con un aire detectivesco: recopila datos, rumores, fotos, recuerdos nebulosos de amigos y colegas, y tantea una reconstrucción mitológica de la bohemia de los sesenta.

“Los habitués del Instituto Di Tella paraban en el Moderno de Maipú al 900, casi Paraguay; los poetas rebeldes en La Paz de Corrientes y Montevideo; los estudiantes de Filosofía y Letras iban al Coto Grande de Paraguay al 500; los músicos paraban en La Perla del Once, llegaban a las cuatro de la mañana cuando cerraba la Cueva. No era todo tan tajante, por supuesto que había cruces de vereda, cambios de bando, polinizaciones. La vida bohemia era agitada, violenta, llena de extremos. Todo sobre ella era a gran escala: las peleas acaloradas, los triunfos brutales, las traiciones espantosas. Pero no puedo ser rigurosa con estas cosas, no voy a fingir. Yo no estuve ahí, solo hago una puesta en escena, un manotazo de ahogada para dar clima de época.”

La escritura estereotipada e imprecisa que se puede leer en la cita, y de cuya falta de rigor la propia narradora se hace cargo, constituye el estilo general de La luz negra. Personajes, espacios, acciones y motivaciones son trabajadas por arriba o referidas de manera sucinta como si se tratara más bien del resumen de una novela. Insegura acerca de su capacidad de construir un relato, o tal vez por desconfiar en la inteligencia del lector para seguir su pesquisa, la novela recurre varias veces a resúmenes que solucionen la narración: “una artista con un pasado, un coleccionista con un futuro, había que propiciar la unión, armaríamos una subasta en torno a Lydis”.

El hecho de que la narradora se haga cargo de lo insustancial de su relato y pida paciencia al lector (“Si estoy hablando como la heroína de una novela, ténganme paciencia, ya encontraré mi voz”) poco enmienda los baches de una novela que se desdibuja a las pocas páginas y asimila mal elementos del folletín, el policial, y ciertos amagues de una épica del artista que recuerdan lejanamente a los Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. El libro de Gainza parecería confiar su éxito al problema de la falsificación como una obra de arte; pero, incluso en esa línea temática, La luz negra transita lugares comunes y conceptos del arte moderno que hoy tienen amplia aceptación y poco les queda de inauditos o fascinantes. Dicen los personajes: “Una pintura aumenta su valor si tiene una historia atrás”; “Que fuera falsificadora se lo veía como una virtud. ¿Sabe? ... A veces me pregunto si la falsificación no es la única obra del siglo XX”; “lo que confirma una vez más que el arte y el dinero son dos ficciones culturales que lindan con el acto de fe”. En este sentido, La luz negra poco tiene de innovador respecto a paradojas estéticas que Welles ya barajaba con destreza en 1973.

Parecería que la novela de María Gainza se hubiera encandilado con el brillo momentáneo de una idea genial, anterior o posterior a la experiencia de una novela en sí (una novela que nunca arranca, o bien que ya había terminado y la dimos por leída). Una vez más, es elocuente al respecto el registro de sinopsis que se reitera, aun traspuesta más de la mitad del libro: “Una imagen: una mujer bella, enigmática, talentosa, supuestamente la mejor falsificadora que existió en el país, que un día desaparece sin dejar rastro. Materialmente hablando, no demasiado más”.

El mejor pasaje de La luz negra es el “Catálogo de subasta de bienes de Mariette Lydis”; a partir de una serie de objetos, fotos y obras falsamente atribuidas a la pintora austríaca, Gainza inventa episodios, anécdotas e imágenes de la vida de Lydis: desde su nacimiento hasta su radicación definitiva en Buenos Aires. “Europa se arranca de ella como una vieja piel de reptil”, dice el Lote 17 de la colección imaginaria, “Lydis percibe de inmediato las posibilidades de su tierra adoptiva. En Buenos Aires se instala un tiempo en una suite del Hotel Plaza y luego se muda a lo que será su departamento de por vida en la calle Cerrito 1278, entre Juncal y Arenales. Durante un tiempo tiene el sueño entrecortado, el mar aún se mueve en su interior. Además hace un calor sofocante, y esa primera Navidad que pasa lejos de Europa el conde le envía dieciocho pisapapeles de Baccarat para que ella pueda refrescar sus manos sobre el vidrio”.

Ese formato breve, que no requiere un desarrollo narrativo sino que se nutre de la efectividad de la frase y de la imagen, alcanza una creatividad mucho más rica que el conjunto novelado de La luz negra. Tal vez sea en esos pasajes comprimidos donde la elaboración ficcional de Gainza sobre el mundo del arte encuentre mayor productividad, y no tanto en la narración extensiva de una novela convencional.

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Publicada en Cultura y libros de La Capital (31/03/2019)

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