Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni

Estar fuera de época es sintonizar con la época. Como le pasa al pintor español José Gutiérrez Solana, que luego de ser humillado públicamente por Filippo Marinetti, lo lleva de paseo con excusa de presentarle la violencia y velocidad ibéricas en una corrida de toros y se termina vengando, tragos de ajenjo y estampas grotescas mediante, del adalid futurista en gira europea. Para el estómago del italiano, el realidad profunda del pueblo castellano es demasiado. A otros personajes de Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni, les pasa lo contrario: son las impostaciones de la actualidad las que les generan náusea, y ellos luchan por encontrar algún resquicio de realidad en el que todavía palpite algo verdadero. Pueden ser las luces de La Paz vistas desde el cerro, los recuerdos de primeras experiencias sexuales, el cuadro de dos pastorcitos en la casa de los abuelos o incluso los olores que vuelven de una ciudad visitada hace décadas; cuando no hay dónde hacer pie, los protagonistas de estos relatos se aferran a alguna imagen sensorial que brota al rescate desde la honda memoria.

La inocencia perdida es una línea común Hotel Pelícano, pero, cuando esa nota de nostalgia se entrevera con un anacronismo deliberado (o con un desplazamiento espacial, como pasa con el músico boliviano El Papirri de viaje en Tokio), sus relatos retoman con nueva potencia una tradición del realismo que parecía haber sido abandonada en Argentina. A veces cerca del vitalismo, otras del burlesque; en definitiva, la apuesta de Caldaroni reacciona ante un análisis de situación en el que la literatura mayoritaria ha sido diagnosticada como falsa, y ante lo cual se vuelve urgente recuperar tradiciones truncas que posibiliten una refundación del realismo.


Publicada en La Nación (13 de enero de 2024)


Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni

El Fatalista, 2023

190 páginas


Pero aun así, de María Moreno


Leer autoras mujeres, leer Chile, leer en presentaciones públicas, leer a los muertos. María Moreno (Buenos Aires, 1947) ordena Pero aun así. Elogios y despedidas en cuatro apartados que la presentan, en tanto escritora, crítica, cronista y biógrafa, como una lectora fundamental.

Si hubiera que sintetizar a María Moreno, psicoanálisis, feminismo y crítica literaria son los tres ingredientes fuertes que componen el cóctel de su escritura. Por supuesto que también peronismo y periodismo, los géneros y los bares, y la autobiografía en contrapunto al testimonio generacional (desplegado como una política de los nombres, tan afín a la poesía chilena que lee) forman parte de sus asuntos principales. Pero aun así intensifica ese entramado, aunque esos temas no dejan de ser subsidiarios a las tres teorías que marcan su forma de leer y cuya mezcla específica consolida su sello de autora. Porque así como Moreno señala en Fogwill un modus operandi consistente en vilipendiar a terceros para expandir la circulación de una marca autoral en el circuito de la cultura, la operación de Moreno busca también (aunque sin el agravante del agravio gratuito) construir una estética personal entreverada en la lectura de los otros.

“¿Exagero? No: leo”, dice cuando escribe sobre la activista Lohana Berkins, a partir de cuya semblanza se atisban principios comunes: “Es que el nombre propio trans, como el nombre de guerra del militante clandestino, es una cifra más allá de su uso práctico; en cada uno de ellos está la voz de aura de un proyecto autobiográfico que descree del referente, un logo y una voluntad políticos”.

Quizá sea momento de confirmar que el nombre “María Moreno” bajo el que se reconoce la serie títulos, artículos y apariciones de una obra-vida (o una obra desabrida, que descree de e impugna la idea falocéntrica de la obra con mayúscula, que en su caso aparece condensada en la figura de la “novela poronga”) es menos un simple seudónimo adoptado por Cristina Forero hace tiempo que la propia pieza literaria en sí (o para sí).

La frase del título, “pero aun así”, se revela como la admisión de que, si bien se sabe que todo relato (biográfico y autobiográfico) es una ficción, no por ello se lo deja de leer o escribir como si fuera “la vida misma”. La expresión resuena, también, en la escritura obstaculizada por las rémoras del reciente ACV que sufrió, como cuenta la misma autora en la introducción. Un contexto de publicación y escena de faena que María Moreno resuelve de manera orgánica, proteica de sentidos, insistiendo en la convicción de que todo ejercicio de escritura necesariamente involucra y pone en juego letra, cuerpo e identidad.

Publicada en La Nación el 30 de diciembre de 2023.

Pero aún así
María Moreno
Random House
384 páginas


Devoto, de Javier Fernández Paupy


En una actualidad mediatizada que aparenta estar al tanto de todo lo que sucede en cada rincón del planeta, es probable que el genio de una crónica dependa menos de la elección de un objeto que de su correcta delimitación. Temas, personas, lugares, acontecimientos sobran y ya han sido abordados, potencialmente, todos. Las posibilidades de recorte, en cambio, son infinitas, y Javier Fernández Paupy maneja la trincheta del lenguaje con habilidad. “Cuando recibí el correo que confirmaba la suplencia me alegré. Necesitaba el dinero. Además, nunca había dado clases en un penal y me entusiasmaba la posibilidad de conocer Devoto por dentro”; así empieza Devoto, señalando una motivación principal del cronista, económica, y otra secundaria, que será en definitiva la que motorice el ojo intra muros, hasta donde se le permita llegar. Porque, así como la suplencia en el CUD delimita la experiencia en su duración, la institución, con sus normas específicas para los docentes de guardapolvo blanco, condiciona los espacios que el cronista podrá, o no, recorrer.

Una vez planteadas estas fronteras, Fernández Paupy recolecta postales visuales del edificio y fragmentos de discursos que intervienen los pasillos, objetos y personas: “alguien había escrito en fibra negra: REAL HASTA LA MUERTE”; “desde una de las ventanas enrejadas del penal, extendieron una bandera que decía: LA RESOCIALIZACIÓN NO EXISTE”; “en el brazo izquierdo, una luna y un sol. Adentro del sol decía YONI”. Así también, el cronista sintoniza y transcribe la lengua de quienes habitan el presidio (los presos, pero también guardias y funcionarios del departamento educativo). El lenguaje oral, cual llave maestra, permite al cronista y al lector ampliar el alcance de lo que pueden conocer de Devoto: con el relato de los internos nos llega el hálito de los pabellones, los distintos ranchos en que se organizan, el patio, los intercambios de mercadería de una ventana a otra, el comedor, las zonas de visita, los camiones de traslado a otras cárceles del país.

En la conversación con los presos, además de la jerga tumbera, aparece un saber específico relacionado a la burocracia penitenciaria y judicial: habeas corpus, carátulas de expedientes, la distinción entre estar procesado y condenado. La escuela, los internos coinciden, es una forma de “ser mejor persona”, pero forma parte, al mismo tiempo, de la estrategia para hacer buena conducta, sumar puntos y aliviar meses o años de reclusión. Y aunque Devoto pone de relieve la curiosidad antropológica (Fernández Paupy indaga en hábitos de consumo, historias de vida, usos y costumbres del penal), los protagonistas inquieren con la misma avidez al autor, acerca de la vida del otro lado de los muros (“Quizás, cualquier preso considere, en lo más profundo de su ser, que los que no están presos viven en otro planeta”). La literatura, objeto en sí de las clases, está presente en el intercambio del aula, pero difuminada; es menos un material de la crónica que un pivot sobre el cual rota y se dinamiza el discurso de los estudiantes: “leímos un relato muy breve sobre un gato y un ratón. Era una alegoría. Al final, el gato se comía al ratón. El tema, según Alejandro, era la desesperación de tener que conseguir una alternativa para algo imposible”. La exégesis de fábulas, cuentos y poemas por parte de los presos hace proliferar sentidos y expande, en el imaginario de la conversación, los sentidos de la experiencia carcelaria.

El final de Devoto, casi como coda, transpone el límite que se había impuesto. Fernández Paupy sigue en comunicación, por Facebook, con uno de los estudiantes. A pocos meses de obtener su libertad, Fabio le pide un par de zapatillas, plata o mercadería; el profesor accede solo a acompañar con la charla. Y entonces el contacto con Devoto se prolonga un tiempo más, con retazos de fotos, textos y audios que permiten ver y saber algo más de la vida en los pabellones hasta que, de repente, se corta.

Publicada en revista Ñ en diciembre de 2023

Devoto, de Javier Fernández Paupy

Mansalva

2023

Fanon, de John Edgar Wideman

Un profesor universitario recibe una caja en su domicilio: adentro, sabe o sospecha o imagina, está la cabeza de un hombre recién decapitado. Este es el inicio de Fanon, de John Edgar Wideman, biografía sui generis del pensador y activista homónimo a la que le importa menos narrar la vida y obra del autor de Los condenados de la tierra que actualizar las coordenadas del conflicto que bien supo caracterizar a mediados del siglo XX.

El ingreso implacable al relato tiene el doble filo de toda idea genial: por un lado, la fuerza de la imagen inaugural da envión a una prosa que fluye turbulenta, salteándose signos de puntuación y en una asociación arborizada de ideas, palabras y puntos de vista; por otro, durante casi trescientas páginas, Fanon no parece dar con un dínamo ulterior que sostenga el primer impulso. El poder semántico de la cabeza cortada, así como la tensión paranoica que produce en el narrador, son sustituidos rápidamente por una procesión virtualmente interminable en la que se intercalan autobiografía, pasajes una novela inconclusa y episodios desarticulados en la vida de Fanon.

Es claro que se trata de una operación consciente, una propuesta formal que el narrador toma prestado del habla de su madre, a la que considera democrática en tanto “cada detalle cuenta por igual, cada parte importa tanto como cualquier plan general. Tamaño y colocación no ponen de relieve algunos ítems en desmedro de otros. El sentido es igual al punto de vista”. Cabe preguntarse por la efectividad y conveniencia de una narración más “democrática”; Wideman no arriesga una definición al respecto y el libro queda a medio camino entre la experimentación formal y la novela de tesis.

La progenitora del narrador, finalmente, se revela como un nexo directo con Fanon, objeto de estudio y fascinación que, luego de décadas de escapársele de los dedos, logra ser abordado mediante la postulación de un origen común mítico-familiar. Y mientras que la madre provee el ritmo, el hermano del narrador, presidiario desde su juventud, aporta la ética del libro: la idea de que todas las personas somos células de un mismo organismo.

La invención de la raza como concepto para someter a otros pueblos, que Fanon difundió en su lucha por la independencia de Argelia, y que Fanon quiere redefinir en un contexto en que el enemigo de Occidente recibió el nombre de “terrorista” (el libro se publica por primera vez en 2008), sin duda merece ser objeto de nuevas reflexiones y ficciones en el contexto mundial actual. En ese sentido, el libro queda viejo (como hablándonos desde una época más ingenua) y al mismo tiempo su tema se vuelve dolorosamente presente.


Publicada en La Nación (4 de noviembre de 2023)


Fanon, de John Edgar Wideman

Cuenco de Plata, 2023

Traducción: Pablo Ingberg

Vida de maniobras y Figuras, de Mariano Dupont

Con Vida de maniobras Mariano Dupont se embarca en el proyecto de escribir una novela fallida, pero fracasa. Es decir, la novela supuestamente mala (ya no una anti-novela, sino un proyecto en ciernes que nunca deja, como su narrador, de “afearse”) al final no es tan mala, aunque tampoco sea tanto una novela.

Se trata de un diario personal en el que un personaje que se llama igual al autor anota hasta el hartazgo (y más allá) la dificultad y el displacer que le suponen escribir; en estas notas se ponen de relieve su complejo de inferioridad, el miedo a perder los pocos lectores que tiene (a quienes desprecia), sus gustos artísticos refinados, la molestia del tráfico urbano, algunos viajes con sordina a distintos puntos del país y el extranjero, discusiones con vecinos y conversaciones con alumnos de su taller literario. Las intervenciones ocasionales de una madre comprensiva (a quien el narrador tortura leyéndole sus anotaciones) y de una compañera sardónica que se burla de su snobismo son las únicas fisuras por las que entra un soplo de aire fresco en el soliloquio neurótico de Vida de maniobras. El contrapunto con las dos figuras femeninas caracteriza las secciones primera y tercera del libro; en la sección intermedia, también aparecen mujeres, pero ya no como un alivio ante el discurso del diarista insufrible, sino como fantasías sensuales al borde del delirio y en una estética que recuerda a las tiras del Loco Chávez.

La apuesta de Dupont en este libro es ensayar la imposibilidad de la escritura que, sin embargo y contra toda recomendación, sigue adelante. Toda similitud con la estética de Beckett (o de otros modernistas europeos como Joyce y Céline) no es mera coincidencia; basta una hojeada a la solapa para confirmarlo. Pero no es en esas referencias literarias (trasnochadas quizás, y en definitiva tomadas de una manera superficial) que el libro encuentra su personalidad más cabal. Vida de maniobras se inventa un curioso valor invirtiendo el concepto de tour de force: ya no se trata de un esfuerzo palmario del autor en la fragua de su escritura, sino del lector en el martirio de la lectura. Llegar al final del libro, que en sus últimos jadeos anuncia como único deseo cubrir las páginas que le faltan del cuaderno, se vuelve tan infructuoso e injustificado como adictivo. Sabiendo que no habrá nada interesante de principio a fin, igual, uno quiere seguir leyendo: ¿con la esperanza de que en algún momento pase algo inesperado o con el goce perverso que provoca el testimonio de un onanismo literario culposo? Dupont no da más de lo que muestra en las primeras páginas, así que cada quien entrará avisado a la novela.

Figuras, por otro lado, es menos complejo pero asimismo menos lanzado al equívoco. Son dieciséis piezas que trabajan sobre el discurso de corrientes filosóficas, estéticas y políticas específicas, muchas veces en forma de monólogo (Artaud, las izquierdas europeas, la lógica aristotélica), pero también como diálogo (Gilles Deleuze y Félix Guattari; Judith Butler y Avital Ronell) e incluso en textos que lindan con la ficción narrativa (como “Cojito”, que convierte la premisa cartesiana cogito ergo sum en un nombre propio y rengo). Aunque en un tono jocoso, estos textos no son exactamente parodias de las escuelas de pensamiento que impersonan y, si bien hay cierta crítica general a la abstracción a veces absurda de todo sistema de ideas, trasunta un conocimiento respetuoso, amoroso, de todas ellas.

El común denominador de Figuras y Vida de maniobras es la cultura occidental como baluarte. Suena de fondo una intención de risa bufa pero lo cierto es que en ningún momento el asoleo de tales riquezas del pensamiento y el espíritu se ve realmente desestabilizado por el bufón. Leer ambos libros en tándem, es grande la tentación de tomar Vida de maniobras como la asunción de una máscara más, como las de Figuras, pero esta vez la de una persona estrechamente ceñida que habilite la parodia, si se quiere, de la tan vapuleada pero no por ello menos vigente literatura del yo. La lectura conjunta de los dos libros, sin embargo, no colabora con la apreciación de la escritura propiamente dicha: se repite tanto en la novela fallida como en los retratos filosóficos el mismo fraseo corto, poblado de repeticiones y ripios, cuyo automatismo impide hallazgos formales o al menos la aparición de estrategias formales distintas según cada tópico, idea o carácter personificado.

Publicada en revista Ñ en octubre de 2023

Vida de maniobras y Figuras

Mariano Dupont

Editores Argentinos

2023

Lupa de la inmersión, de Daniel Durand

Hay cierta tendencia contemporánea que concibe al libro de poesía, antes que una colección de poemas sueltos, como un todo conceptual recorrido por un hilo conductor más o menos reconocible. Luego de Segovia y El cielo de Boedo, quizás sus dos títulos más encumbrados, Daniel Durand ha pasado a escribir muy buenos poemas que, ocasionalmente, sin apuro pero sin pausa, selecciona para alguna publicación. Quizás nunca dejó de escribir muy buenos poemas y la observación anterior sea pretenciosa por demás, pero el hecho es que su reciente Lupa de la inmersión (título que juega, paronomasia mediante, a mimetizarse con su previo Ruta de la inversión) se presenta desde el vamos como una selección de poemas breves escritos durante los últimos quince años.

¿Qué paso en esos quince años? Acaso el viaje del poeta entrerriano a Filipinas y su vuelta al barrio porteño de Boedo, los sucesos políticos, económicos y artísticos acaecidos, y la pandemia como condensación dramática de todo lo anterior (es decir, variables tanto personales como sociales), aunque están presentes como trasfondo, no sean determinantes para la lectura de Lupa de la inmersión. Pero la dimensión temporal, el período de tiempo que Durand señala en el prólogo, sí se condicen con un carácter que atraviesa todo el libro: el contexto ha cambiado.

La contratapa ya lo advierte: “las fotos consumen toda la energía/ para su almacenamiento y existencia./ Nuestras fotos nos están aniquilando”; lo cual invita a leer la colección desde una oposición a la fugacidad estéril del consumo cultural actual. Esa banalidad con la que se aborda la experiencia creativa y que encuentra una representación sarcástica en el poema “De la naturaleza contemporánea” al parangonar la inconstancia del clima y de las artes amatorias con la nueva indolencia de los hábitos literarios: “De los libros que leía rara vez pasaba/ de la décima página, generalmente/ lo dejaba en la segunda o tercera. (...) Cuando escribía solía dejar/ los poemas por la mitad y terminarlos/ con un exabrupto del tipo: ‘el poema ahora lo escriben las estrellas’” Esta ética que prioriza el “humo congelado de los versos” y que puede afirmar, entre el chiste y la severidad, “mis poemas son solo diseño/ en eso me empeño”, aborrece de la belleza líquida de los celulares (“Cansado de ver fotos geniales/ en todas las pantallas, cierro los ojos:”) y la límpida falta de riesgo en la comunicación gráfica (“Uniformidad, nitidez y encanto/ no hay valentía en la tipografía”). A la obsolescencia programada de la cultura del consumo, los poemas de Durand oponen la traducción de un instante en una artesanía verbal, cuya materia prima puede ser tan variada como el hardware de una CPU hecha chatarra, el chamullo minimalista de un levante por chat, un collar de piedras preciosas extraído del inodoro, una atardecer de invierno adentro del auto o una banana vuelta “antorcha vegetal” en las manos de un hijo.

Versátil y sobradora, la serie de poemas que reúne Lupa de la inmersión no presenta una novedad en la escritura de Daniel Durand. Son poemas perfectos, que el autor, en un ejercicio de autocategorización, ubica entre las influencias de Li Po y William Carlos Williams (a las que se agregan versiones osadas del poeta chino contemporáneo Han Dong) y cuya novedad radica menos en la apuesta individual que en la perspectiva con la que se presenta el conjunto en relación a un destinatario inespecífico. “Estos poemas están dirigidos a un público general”, dice el prólogo, “al seleccionarlos pensé en la gente que no escribe, y que no tiene una preocupación poética permanente, sino ocasional”. Siguiendo esta línea, Lupa de la inmersión da cátedra de poesía (de la confección del poema breve y algunas de sus posibilidades ya ensayadas), le disputa al mundo hipermediatizado los conceptos de imagen y fugacidad con el fin de conservarlos en tanto valores literarios y apunta, presumiblemente, en un tiro por elevación, a cosechar nuevos lectores.



Publicado en revista Ñ el 24 de julio de 2023



Lupa de la inmersión, de Daniel Durand

Caleta Olivia, 2023

Una corona de rosas, de Elizabeth Taylor

Tres mujeres en una casa de verano transitan momentos distintos de la vida, el afecto y la sexualidad. Si la lectura de Una corona de rosas (1949), de Elizabeth Taylor, resulta anacrónica hoy en día, es menos por el asunto que por el modo de narrarlo.

Camilla y Liz son amigas desde que se conocieron de jóvenes en Suiza, donde estudiaban; Frances, más mayor, fue institutriz de Liz, y las recibe, con cariñosa hosquedad, en la quinta a la que se ha retirado a pintar. A cada amiga le corresponde, en el sistema de la novela, un hombre: Liz se casó con un párroco, con quien acaba de tener un hijo y por quien se siente ignorada de plano; Frances tiene una relación por correspondencia con su mayor cliente, un coleccionista torpe, bonachón, que acude al campo a conocer la obra postrera de la artista que admira; Camilla, soltera y dueña de un pánico al sexo opuesto que se traduce en soberbia, conoce en el viaje en tren a un sujeto dudoso del que queda prendada luego presenciar juntos un suicidio. El cívico aprecio a la cultura, la correcta instrucción, el arte de la conversación en situaciones sociales, la preocupación por los otros no desprovista de un grado de distanciamiento afectivo muy británico caracterizan a estos personajes que, moviéndose a la manera de actrices y actores sobre las tablas, entran y salen, dicen cosas ingeniosas, se lamentan. Un manto ominoso se cierne sobre todos ellos, pero la tragedia no es victoriana, y solo un personaje, el más endeble, será fulminado. La vida seguirá, presumiblemente lábil e intrascendente, para los demás.

El de Taylor es un realismo apegado a las cosas y a la desenvoltura elocuente de la frase (traducida con elegancia al castellano en este volumen) que se aleja del modernista flujo de conciencia magistralmente enarbolado por su antecesora Virginia Woolf, pero también de la precisión irónica de su contemporáneo J. R. Ackerley. La comparación siempre es odiosa, pero invita a pensar por qué, siendo la prosa de Taylor tan buena, efectiva, gozosa, su novela finalmente sabe a poco.

No es suficiente la distancia epocal y cultural, porque, bien articulados en una novela, la neurosis burguesa de posguerra, los tímidos avances del laborismo y un feminismo blanco de buenas maneras en una sociedad puritana, la crisis de la familia inglesa y el diletantismo en condiciones materiales armónicas, no tienen por qué ser necesariamente indiferentes a un lector latinoamericano promedio. Es su obsesión con la psicología de los personajes, que pide más de lo que pueden dar, lo que hace que Una corona de rosas aborde el proyecto de la novela realista pero le salga un melodrama.

Publicada en La Nación el 15 de julio de 2023



Una corona de rosas, de Elizabeth Taylor

La bestia equilátera, 2023

Traducción: Ernesto Montequin

Apuntes sobre TRINCHETA de Juan Rocchi

Yo también fui joven, como Dillom. Y mientras eso (la juventud) ocurría, y mientras en la primera década del siglo se publicaban carradas de...