Entrevista: Fuga de invierno, de Pedro B. Rey

 

La narración, ese imposible túnel del tiempo
Una conversación con Pedro B. Rey sobre Fuga de invierno y “La lira argentina”
por Emilio Jurado Naón

Las narraciones de Pedro B. Rey (o “cuentos”, como prefiere llamarlos a falta de una designación más adecuada) unen puntos en el tiempo histórico y el espacio geográfico. Fuga de invierno, su más reciente publicación, diagrama un tablero a partir de fechas y acontecimientos precisos en la vida del singular ajedrecista Bobby Fischer: las finales, en Buenos Aires, contra Tigran Petrosian (1971) y contra Boris Spassky, en Reikiavik (1972); dos celebérrimos eventos que quisieron simbolizar la alta tensión de una guerra fría y cuyos respectivos aniversarios de medio siglo se cumplen entre este año y el próximo.
A Islandia, país que le brindara la nacionalidad a Fischer hasta su muerte (luego de que Estados Unidos dictara orden de captura contra él y revocara su pasaporte), viaja el protagonista de Fuga de invierno, Thevenet, periodista porteño en retiro, para escribir su tan procrastinado libro sobre el ajedrecista. A pesar de la solícita ayuda de dos islandeses que conocieron a Fischer de cerca, la trama se reduce al paréntesis de un día de tormenta en el encierro de un cuarto de hotel, durante el cual Thevenet oscila entre flashbacks y ensoñaciones que lo remiten a diversas épocas del pasado y presente cultural de Buenos Aires: un fallido falansterio en el Tigre dedicado a la escritura de poemas japoneses tanka (los 80); las payasadas y equívocos de identidad en la escena artística independiente (los 90); los encuentros y fortuitos desencuentros sexuales y espirituosos en un departamento destruido del centro (los 2000), y la vida arty contemporánea, igual de snob y entrañable que las anteriores, signada por una brillante soledad de redes.
Pedro B. Rey es un escritor, periodista y traductor argentino; integró el equipo de redacción de la revista V de Vian (1990-1999), y publicó poesía y narraciones, además de los dos títulos que preceden Fuga de invierno, también publicados por la editorial Leteo, y que han iniciado el camino de la saga “La lira argentina”: Kastikas (2016) y Trieste (2020). Por apostar a una “deriva” de la escritura a largo plazo, sí, pero también por una atención poco usual a la respiración de la frase, a la riqueza del léxico y la elocuencia del ritornello; los cuentos de Rey elevan la vara de la ficción en un panorama anquilosado. A continuación, intercambiamos con Pedro B. algunas aproximaciones a la escritura, el arte de viajar en el tiempo a través de la narración, y el trazado de nuevos mapas.

¿Cómo vas armando o se te arma ese mapa tironeado entre lo local y lo internacional, en lo que va de "La lira argentina"?

Digamos que “La lira argentina” es un nombre general, una manera de darle cierta unidad al complicado oficio de imaginar cosas. Viene de una serie desde hace años en proceso, que en alguna etapa primeriza contemplaba solo relatos en cualquier latitud o paisaje más o menos argentinos. Así que a mí me sorprende también un poco ese enrarecimiento extranjeril: la idea del principio era que solo muy adelante llegaran ciudades periféricas lejanas como Trieste o Reikiavik, a las que de todas maneras les encuentro una curiosa conexión argenta. Ese enrarecimiento, por lo demás, es el efecto de contraste de todo aquel que viaja o vive afuera, que arrastra con él lo que es y venía siendo.
Digamos que siempre me queda/ba algo en el tintero, susceptible de ser retomado en otro relato. Cada cuento o historia empezó a tener muchas células dormidas, casi que es mi diversión armarlas (por si sirve de ejemplo de esto: Thevenet entrevista a Katsikas en un par de líneas de "Ich sterbe", último cuento de Katsikas). Así fue avanzando todo. Por eso no me gusta hablar mucho de cuento o novela. Tampoco me gusta mucho llamarlo proyecto, ¡más allá de lo que diga la solapa!, porque no hay tanto un plan como una “deriva”, que es la palabra que uso conmigo mismo.
Igual, más allá de esa conexión –y a riesgo de sonar contradictorio– me gusta que cada título (cada "cuento") funcione de manera individual, que nadie tenga necesariamente que ir a leer el resto. Por eso cada pieza es formalmente tan distinta (o es lo que intento). Siempre me desesperaban los autores que tienen un coto demasiado personal y limitado. Supongo que por eso hay tanto rollo con el espacio y el movimiento: es un autoengaño porque... se podrá buscar variedad, pero es imposible no escribir sin sonar con un retintín particular, con eso que podemos llamar –solo en parte irónicamente– estilo. Y que a la larga es monótono.  
Yendo a lo que apuntás tan bien sobre las épocas, el espacio no es solo geográfico, sino también temporal. En una de esas se nota (aunque no sé) que  muchas cosas del pasado se cuentan en presente, en largos bloques. Es un intento de que cualquier tiempo, cualquier época tenga su propio peso específico, que no sea solo recuerdo. Quizás todo me viene de aquella frase brutal con que empieza The Go-Between, la novela de Hartley (cito de memoria): “The past is a foreign country. They do things differently there”. La literatura es un lugar extranjero, y entre tantas cosas también permite viajar a esos paisitos del pasado que a veces me parecen más reales que la propia realidad.    


En la manera en que vas escribiendo y van saliendo publicados los títulos que actualizan “La lira argentina”, ¿hay una apuesta a un tipo de lector particular? ¿Un lector que relea los primeros libros a partir de los nuevos?


Es cierto que el que se haya animado a Fuga de invierno y lo demás solo conoce lo publicado. Eso permite que, como corresponde, cada cual arme su propio mapa. Cada libro debería funcionar de manera individual por lo demás, y después en todo caso (si alguien salta a otro título) se encontrarán los distintos ecos, las conexiones… las que ya están. Digamos que –me doy cuenta ahora– Fuga de invierno es lo más extremo que escribí en términos de latitud. Katsikas no podía salir de su barrio (en “Dédalo”) y Thevenet ya llegó a Islandia. Me salteé etapas en términos de territorio. Falta todo lo del medio, pero eso ni siquiera al lector ideal –que existe, pero soy muy malo apostando– debería importarle demasiado por ahora.

Leer es releer, ¿o no? Los poemas son un modelo en ese sentido (creo que por día siempre vuelvo a alguno). Mi libro tamaño novela que me enseñó a leer y releer (hasta ahí lo había aprendido en cuentos, de Borges y los Dublineses a Felisberto Hernández) fue Luz de agosto, de Faulkner. Leías el primer capítulo y no entendías nada, pero si leías el segundo y volvías a leer el primero entendías casi todo. Así, con ese avance y retroceso, hasta el final. Y una vez terminado, todo de nuevo. Parece costoso, pero no, es una forma de adrenalina lectora. Y aplica bien a todo lo que vale la pena: es casi una prueba. Si antes de terminar pienso en cuándo lo voy a releer, está todo bien.


¿Qué aportó o abrió Bobby Fischer en tu escritura para que suscitara un volumen propio en su honor o en torno a él?

Me pueden las historias del pasado más o menos menores como la de Fischer en Buenos Aires (la parte islandesa también, aunque es más conocida). Dejan tantos recovecos que, por mucho que leamos o investiguemos sobre ellas, tienden sin mucho esfuerzo a la ficción. La de Fischer es ideal para traficar datos reales y a la vez fabular. Siempre juego con cosas de ese orden. Acá también está enmarcada, lo que permite cargarle cualquier culpa o error (hay varios a conciencia) al bueno de Thevenet.

Hay muchos artistas entre los personajes de Katsikas, etc., pero me interesa cómo funciona la cabeza de cualquier persona dedicada a cualquier actividad (desde los ingenieros hasta las nadadoras, por nombrar dos asuntos que estoy trabajando por ahí). Entre todos esos, los ajedrecistas siempre me parecieron algo insólitamente creativo. Gente que, como los escritores, se dedica a pensar todo el tiempo en asuntos en apariencia inútiles (vale decir imprácticos), pero con un nivel de abstracción absoluto. ¿Cómo funciona un bocho así? Y aunque los mejores son por lo general mejor recompensados, y se los tiene por más admirables y razonables que las personas que garabatean sin ton ni son, a veces hay casos tensos, contracorriente, como el de Fischer.

No hace falta decir por qué me interesa Bobby F. como personaje (esa víctima propiciatoria y genial de la Guerra fría): habla por sí solo. Su retrato en el libro es parcial, oblicuo. Quizá por eso no le hice toda la justicia que me hubiera gustado. Pero no es el único ajedrecista que me atrae como artista mental: además de Spassky (un tipo superinteresante) y Petrosian (no tanto), por ahí aparecen nombrados además Capablanca, Alekhine... hasta Karpov. Ya volverán, en cualquier momento. Y aprecio mucho la memoria de Luzhin, claro, pobre, tanto que casi pongo un epígrafe de él.



Aunque gran parte de la trama de Fuga de invierno transcurre en varias instancias del pasado, el texto no da lugar a la nostalgia; o, más bien, si recurre al sepia, lo hace en una tonalidad que se acerca a la sátira. ¿Tiene que ver con una visión del protagonista Thevenet, que está en "la pomada" pero la vive con cierta distancia o cinismo? ¿Cómo apareció este tono/aproximación hacia lo cómico de la cultura?

Si hay sátira se propagó por sí misma. No fue deliberada, más bien fue creciendo por las suyas, como una mancha voraz. Los hábitos, los hábitos que mutan son un punto de fascinación (no tanto los hábitos en sí, sino su lado fugaz: como verás rehúyo el costumbrismo, esa peste), pero en sentido más amplio diría que en toda comedia humana amplia la sátira tiende a lo melancólico (no lo nostálgico, que es otra cosa: acá sería una melancolía negra, pero también sepia): me gusta pensar que mirados desde fuera esos flashbacks en presente tienen algo de película (de hecho, en la parte de los noventa, se dice algo así) y que cualquier época, mirada por el telescopio de la narración, se vuelve un poco absurda, tanto en lo sentimental, como lo laboral, lo artístico y todos los etcéteras de las ambiciones y la pereza. Es algo que también le cabe a los tiempos actuales: por muy soberbios que se muestren, pronto serán pasado.
Sí buscaba retratar algunos detalles o rescatarlos de lo efímero, casi como una pequeña fenomenología de época. El frenesí de los noventa, el caos del 2001/2002, que quizá tenga en el reencuentro de Laura/Thevenet un eco involuntario de cierto reviente de los años ochenta. El túnel del tiempo es mi invención imposible ideal: lo usaría, de existir la técnica, para ir a cotejar presencialmente algunos de los estadios previos de esta metamorfosis permanente, el presente, que sigue y no para. Ese túnel del tiempo imposible es, en versión sublimada, la narración.
Más allá de lo cómico, que es sobre todo un efecto y está en la superficie, hay algo en lo que se cuenta en Fuga de invierno que es bastante desesperado. Lo cómico son las situaciones, más que los personajes, por muy dispuestos al ridículo que estén. Pero detrás o debajo de lo cómico, siempre hay algo más pesado, más oscuro, más magmático.

A pesar de la intención que mencionabas de cambiar de estilo en cada entrega de "La lira argentina"; el paréntesis, la frase parentética en diversos modos, e incluso el uso de aposiciones están muy presentes en los tres libros. En el caso particular de Fuga de invierno, la situación de la fábula también es parentética (Thevenet enclaustrado, durante una tormenta de nieve, en la “aislada isla de Islandia”). ¿Te interesa algo en particular de ese recurso que se puede reducir, en última instancia, a un uso específico de la puntuación?


Cambiar de estilo, sí, pero sabiendo que el estilo siempre vuelve, recargado, a nuestro pesar. Y para eso la forma es mi intento (vano) de antídoto. Aunque en Fuga de invierno, curiosamente, quizá porque no tenía muchas ganas de pensar en esas cuestiones, tomé recursos de otras historias. El manejo de la puntuación y otros etcéteras permiten, además de un fraseo, relatos paralelos, me parece, un efecto de simultaneidad, la sensación de estar leyendo (sin darse del todo cuenta) más de una cosa al mismo tiempo. Que siempre haya algo titilando entrelíneas. Y a la vez que todo avance como si nada.


Fuga de invierno termina con Thevenet hundiéndose en un sueño de donde brota la figura de un rey. Además de las contaminaciones con el ajedrez, que se multiplican en toda la novela, ¿este rey onírico, que se imanta con tu apellido, abre al juego de identidades de la ficción y lo inclina hacia la autoficción?


La primera vez que escuché el concepto de autoficción fue hace añares y se refería justamente a los escritores (en Francia sobre todo) que se tomaban a sí mismos como tema, pero se permitían fabular sin que quedara claro qué era cierto y que no (o si era todo invención). En los últimos años (aunque me parece que no era la primera idea de lo que alguien llamó “literatura del yo”), parece haberse desviado hacia lo más craso: hablar simplemente de sí mismo en primera persona, en tono confesional. ¿Hay algo más viejo y soso? No es que no pueda salir algo interesante de eso (como demuestran muchas autobiografías de épocas muy distintas, varias crónicas, algún ensayo), pero para hacer algo de interés hay que haber pasado al menos por alguna circunstancia interesante, y en los casos contemporáneos eso no sobra, al parecer.

No descubro nada igual si digo que se escribe con lo que se fue acopiando desde el día cero de la infancia. Por mucho que reneguemos de lo personal, todo sale de ese reservorio. De ahí le viene a cualquier literatura la posibilidad de ser única (que lo logre después o no es otro asunto). A veces me gusta tensar esa cuerda, de manera secreta. Los sueños son parte de eso. No sé muy bien hacia dónde se abre el final de Fuga de invierno: hacia cualquier lado, diría, si me remito a mi experiencia de soñador.

El rey que aparece ahí tiene algo de demiurgo, ¿no? Pero prefiero pensar que es el rey de un sueño, un nombre, quizás apenas un resto diurno. Prefiero pensar que Thevenet me conoce y le quedé boyando por ahí. Más allá del ajedrez, y de la burla de que al rey le dictan, me inspiraron esos monarcas de otros tiempos (y no tanto), que salían de incógnito a mezclarse con la gente del común a hacer cualquiera. Me gustan esos trueques.


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Entrevista publicada en Revista Penúltima el 21 de diciembre de 2021

https://revistapenultima.com/la-narracion-ese-imposible-tunel-del-tiempo-una-conversacion-con-pedro-b-rey-sobre-fuga-de-invierno-y-la-lira-argentina-por-emilio-jurado-naon/

Reseña: Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto

Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto

Traducción del japonés de Marina Bornas

Libros del Asteroide, 2022


Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto, es un policial silencioso. No solo porque la investigación del crimen tenga la parsimonia de un correcto y gris funcionario nipón, sino porque la violencia está debidamente sellada en la trama y la resolución del delito se produce casi por un exceso de prolijidad.

En un viaje de negocios, Tsuneo Asai, jefe de área en el Ministerio de Agricultura, recibe la noticia de que su esposa Eiko murió de un ataque cardíaco. No es tanto la razón de su deceso (ya que sufría de una afección coronaria) como el lugar lo que sorprende al repentino viudo: su compañera fue encontrada en una joyería hinóspita de un acaudalado barrio residencial que le era ajeno. El incordio de abandonar sus funciones rápidamente es suplantado por la sospecha de adulterio, que toma cuerpo a medida que las exploraciones de Asai por el barrio relevan infinitos hoteles alojamiento. Sin embargo, las pistas principales se desprenden de los haikus que escribía Eiko; él los repasa obsesivo y empieza a reconocer en las imágenes líricas las claves de un itinerario cotidiano que ignoraba por completo.



No es tanto el affaire como las consecuencias que este pueda tener sobre su esforzada carrera en el gobierno lo que desespera a Asai –soldado raso del aparato estatal que, alejado de la política, apuesta todas sus fichas a un mérito personal implacable. Cada roce que la historia matrimonial tiene con su mundo laboral aumenta la irritación del protagonista y colabora con desbarrancar su meticuloso esquema de vida. Lo curioso es que, por más paranoicas e inverosímiles que resulten las sospechas del Asai (inesperado detective de sí mismo), son todas acertadas. Y es con la resolución del primer misterio que el policial se da vuelta como una media y el protagonista deja su rol de investigador para probarse el de criminal. Las cloacas que destapa con una mano debe volver a cerrarlas con el codo, lo cual no evita que la hediondez invada la santuario que había hecho, concienzudamente, de su pequeña oficina estatal.

La escritura de Matsumoto tiene el infrecuente valor de ser atrapantemente aburrida. El tempo de las acciones se corresponde con el de su moroso personaje, lo cual no impide que cada paso en la investigación aparentemente infundada vaya acumulando energía con cada paso, como un dínamo, hasta descargarla de un golpe en el momento preciso. El noir estadounidense y el tópico griego de la fatalidad se combinan en Un lugar desconocido con una crítica a la competitividad de la sociedad japonesa estamentaria que, no por adusta, deja de explotar los aspectos más ridículos de la tragicomedia humana.

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Publicada en Ideas (La Nación) el 17/12/2022

https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-un-lugar-desconocido-de-seicho-matsumoto-nid17122022/

Reseña: Los días Trakl y Soy la peste, de Guillermo Saccomanno

 

Los días Trakl (Las cuarenta-La flor azul, 2020) y Soy la peste (Planeta, 2020), de Guillermo Saccomanno

¿Cómo escribir hoy?

Por Emilio Jurado Naón

 

La contigüidad, desde siempre y sobre todo en la lectura, arma series de sentido. Esto no es una novedad, pero no deja de sorprender el potencial de asociaciones (sea por similitud, sea por oposición) que se produce cuando leemos dos libros en simultáneo. En lo que va del 2020, Guillermo Saccomanno publicó dos títulos que pueden ser entendidos como abordaje literarios completamente distintos para un mismo problema: ¿Cómo escribir hoy?

La pregunta sobre cómo escribir incluye parámetros de género (el diario y el poema en Los días Tarkl; la novela de iniciación en Soy la peste), de tono (intimista y reflexivo en el primero; desenfadado y dicharachero en el segundo –sombrío en ambos), y de registro (culto para los poemas de Trakl y la filosofía germana; coloquial para el joven narrador que enfrenta la peste). “Hoy” refiere, por supuesto, al contexto actual, lo que, para Saccomanno, significa un contexto social, cultural y económicamente adverso: Soy la peste, desde el título, se engancha con la actual pandemia de coronavirus, aunque los anacronismos deliberados de la trama eluden la mímesis con el presente y establecen un diálogo desfasado con lo actual;  Los días Trakl, por su lado, reúne entradas de diario que van de mayo 2017 a mayo 2018, período durante el cual la lectura pormenorizada del poeta austrohúngaro y los ensayos de su traducción (a los que llama “transfiguraciones”) funcionan como estrategia para sobrellevar el lento traqueteo de los días en plena noche neoliberal argentina.


Se podría decir, siguiendo este razonamiento, que al cambio de contexto corresponde un cambio en la propuesta estética. Aunque, al mismo tiempo, una variación estética puede simplemente responder al capricho o al azar. Si se tiene en cuenta la trayectoria de Saccomanno como narrador, se suponer que el verdadero capricho o la apuesta verdaderamente arriesgada entre los dos libros es asumido por Los días Trakl. El propio diarista y traductor amateur de poesía se lo  pregunta en una de las entradas: “¿Estas transfiguraciones serán leídas como la imposibilidad de un escritor/narrador de comprender el hecho poético?” La mera aparición del interrogante en el libro da cuenta de un texto abierto a la duda, la inseguridad y, en parte, el impudor; características en general censuradas en literatura y que, justamente por eso, hacen del diario de lectura un artefacto potente.

Luego de sufrir la impostura de poetas cool en un festival de San Telmo, el diarista se encuentra en una librería con una nueva edición de Sebastian en el sueño: “Inexorable, mordiste o te mordió T”. La mordida del poeta expresionista, que no lo soltará por un año entero, conduce a Saccomanno por una vía de lectura intensa de poesía. Apoyado, en  un lateral, sobre la estética austríaca y alemana fundamentalmente, y, por otro costado, en la lectura obsesiva de todas las traducciones al castellano que pueda encontrar, indaga en el quehacer poético mientras, sin saber alemán, “transfigura” los poemas de Trakl en busca de un idioma a la vez ajeno y propio. Los mejores pasajes terminan siendo, sin embargo, no tanto las transfiguraciones de Trakl sino cuando el ánimo trakliano se filtra en la pluma del diarista: “Escribir como leía en mi adolescencia, el invierno en el barrio de calles de tierra, las casas bajas, la escarcha cristalizada en las zanjas bordeadas por yuyos, los atardeceres rojos, el aire fétido de los mataderos y frigoríficos, las curtiembres y una química mientras, en el silencio, se oía la campana de la iglesia”.

En efecto, el diario de lectura es una puesta en evidencia de un proceso. Y, como tal, el objetivo de traducir al poeta maldito (ejercicio que “no corresponde a la lengua germánica y su tradición sino a la nacional”) tiene sus mayores logros cuando está distraído. Hacia el final, brota el injerto, la matriz híbrida de una estética posible Trakl-Saccomanno: “Patri en el jardín. Me acerca a una planta que floreció esta mañana, una planta que era de nuestra casa natal. Se la había regalado a nuestra madre una amiga loca, una devota poseída que fue internada en el manicomio. Por el ventanuco de su celda, me contaba, veía la luz divina. Las flores son blancas. Se llaman besos, dice mi hermana”.

Ese punto de llegada no parece retomarse desde la narrativa en Soy la peste, al menos no exitosamente. El narrador tiene la edad que habría tenido Saccomanno cuando leyó por primera vez a Trakl y comienza su monólogo así: “Estaba empezando el invierno de mis dieciséis años y se venía la nieve cuando el mal atacó el quilombo”. El mal, entre concreto y metafísico, es la peste. El lugar es Buenos Aires, pero con nieve; el tiempo es ambiguo, con elementos culturales y tecnológicos que a veces remiten a la fiebre amarilla del siglo XIX y otras, a la actualidad. La jerga del narrador, también: oscila entre el lunfardo tanguero y el coloquialismo contemporáneo (“Al mal no le calentaba qué lengua parlabas”). Y es ahí, en el asunto del habla que tanto preocupaba a las transfiguraciones de Trakl, que Soy la peste da el traspié; porque, tironeado entre un habla de arrabal estándar y la jerga impostada de pibe chorro, la voz del narrador no consigue un equilibrio verosímil (ni un inverosímil que redoble la apuesta). Además de moralista (nació en un “quilombo” pero su relación con la sexualidad es ultraconservadora), el protagonista está construido con un lenguaje des-ecualizado, que quizás busca la invención desde el anacronismo, pero cuyo saldo es la voz de un joven-viejo sin una novedosa articulación con los problemas que le presenta la trama.

La pregunta por el idioma de la escritura (“Preguntarme: ¿en qué lengua escribo T? Sin duda, en argentino. Pero ¿en qué argentino?”) es válida para ambos libros, y tanto para la poesía como para la novela. Dada esta pareja de títulos de Saccomanno en el 2020, y extremando la premisa, resulta más “joven” (entendida como “nueva”) la voz de un diarista envuelto en Trakl que la de un adolescente que atraviesa la pandemia.

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 Publicada en revista Ñ (28/11/2020)

Reseña: La telepatía nacional, de Roque Larraquy

 

La telepatía nacional, de Roque Larraquy (Eterna Cadencia)

Telepatía trans contra la represión de la lengua

Por Emilio Jurado Naón

 

La incorporación de diecinueve indios de la selva peruana a un proyecto de Parque Etnográfico en Tandil, en 1933, desencadena el descubrimiento, en el propio cuerpo del ideólogo y fundador, Amado Dam, de una técnica telepática. La telepatía nacional continúa los títulos anteriores de Roque Larraquy, La comemadre e Informe sobre ectoplasma animal, y marca la cancha de la ficción científica y el humor en la novela argentina.

Se trata de una ciencia ficción con doble distancia: narra un futuro pero que no corresponde a nuestro presente histórico sino a imaginarios culturales de principios de siglo XX. El positivismo, la jerga médica, las maneras de la oligarquía, el racismo institucionalizado se vuelven cómicos a fuerza de hipérbole y absurdo, y congenian naturalmente con acontecimientos paranormales. Larraquy deriva un nuevo verosímil a partir de paradigmas científicos perimidos; su narrativa se ocupa de ampliar una imaginación pretérita que, en vez de avanzar con la Historia, se pliega sobre sí misma.


La tensión ficcional del imaginario científico no deja de formular una crítica. Pero lo más interesante de esa crítica aparece por la positiva, cuando el acontecimiento paranormal expande las categorías culturales parodiadas. Así, la telepatía, que “imaginamos como una transacción mental [y] para estos indios es una secreción, algo que se expulsa del cuerpo, como el sudor”, se vuelve una experiencia trans eminentemente corporal, que le permite a Amado Dam compartir percepciones con una de las indias durante algunas horas.

Con el evento telepático sobreviene el conocimiento de la cultura de los selváticos que incluye un relato del génesis, el fracaso de una ciudad utópica, ensayos de traducción (“un recuerdo no es el archivo preciso de una serie de fenómenos sino una temperatura del cuerpo que recalienta el aire”) y una nueva clasificación de los órganos sexuales en nueve tipos distintos.

Sin embargo, el descubrimiento de Amado Dam en 1933 sufre un giro represivo durante los años cincuenta, cuando la autoproclamada Revolución Libertadora institucionaliza la telepatía, y la utiliza para controlar y perseguir a la sociedad luego del golpe a Perón. En este punto, La telepatía nacional se vuelve explicativa por demás y pierde mucho de la frescura narrativa y el humor que despliega en los primeros capítulos. Los documentos oficiales del Anexo reponen los bruscos saltos en el tiempo, y el contexto histórico pasa de ser la materia de la que se alimenta la ficción a un mero telón de fondo.

Como si hubiera un apuro por cerrar en el final la gran apertura trabajada al inicio, la novela de Larraquy termina priorizando la explicación por sobre la narración. La técnica telepática, sus consecuencias insospechadas (un mundo paralelo que se vislumbra al repetirse el evento telepático) y la adaptación de lo paranormal a la historia argentina son, sin duda, líneas interesantes del género, pero quedan deslucidas cuando su desarrollo actúa en detrimento de los ejercicios de transculturación, transexualidad y traducción ensayados en los primeros capítulos; exploraciones, en definitiva, de un translenguaje. Dice uno de los atildados burgueses del Comité etnográfico que “la lengua tarde o temprano llega”. Como a los indios, a la La telepatía nacional, la lengua le llega más temprano que tarde; el tema sería, quizás, cómo hacer que se quede.

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Publicado en Revista Ñ - 31/10/2020

Reseña: El lenguaje es un revólver para dos, de Mario Montalbetti

El lenguaje es un revólver para dos, de Mario Montalbetti (Caleta Olivia, 2019)

El verso y la política y la rapidez de la sardina

por Emilio Jurado Naón

Desde hace ya algunos años, los libros del lingüista y poeta peruano Mario Montalbetti han ido ganando un espacio importante en la región y, particularmente, en los catálogos argentinos, a partir de cuyas publicaciones atrae con creces la atención de lectores, periodistas, docentes y promotores de la cultura. La figura de un poeta lingüista, que se ha formado con Noam Chomsky para más datos, que no le esquiva a los enunciados categóricos y al análisis político (tanto en el verso como en las entrevistas que brinda), resulta, al menos, atractiva. La reciente publicación en Argentina del libro El lenguaje es un revólver para dos es una buena oportunidad para revisar (luego de que en 2017 se dieran a conocer una antología de su obra en Huir no es mejor plan) qué hace con el lenguaje y que propone un libro de Mario Montalbetti. Leer el poemario como un artefacto en lugar de leer al autor como un consagrado antes de la consagración.


Lanzado originalmente en 2008, El lenguaje es un revólver para dos está compuesto de catorce poemas breves. Algunos coquetean con los versos pareados y la rima, pero en general se trata de poemas en verso libre. Muchos de ellos tienen su punto de partida en una reflexión (filosófica, estética, idiomática); es el caso de “Sobre la expresión ‘llevar un peso en el corazón’”, que desprende de la parodia clasicista del título una imagen sensorial como reinterpretación de la frase hecha: un peso en el corazón es, entonces, “una bolsa húmeda de aceitunas negras/ a punto de perforarse”. La nota de humor es frecuente también: una táctica de distanciamiento que permite dosificar el tono a veces solemne que llegan a adquirir las menos fluidas de estas reflexiones en verso (“el lenguaje es más rápido que el mundo.// La sardina es más rápida que el lenguaje”).

Con seguridad, entre los mejores poemas del libro se encuentra “Magnificat”, por la efectividad de sus imágenes y por ser el que más se compromete en la musicalidad del lenguaje con aliteraciones de interesantes derivas semánticas: “Después del trabajo remunerado, inmune,/ casi municipal, y de cuidar al hijo”. La atención a la forma, sin embargo, no tiene un especial protagonismo, y uno sólo de los poemas, homónimo del libro, justificaría la fama que se ha ganado Montalbetti de “trabajar en el lenguaje”; aunque más bien deje la sensación de ser el alivio formalista del conjunto (“hombre, muj/ er--hablar, hab/ lar, hasta ser/ pulpa el corazón”). Una función similar parecería perseguir el poema “Los límites”, que, leído con buena voluntad, juega el rol de poema con visión política: “El Perú limita al Norte con Chimbote/ cuyos puertos nunca supo superar”.

Desde un comienzo que se hace eco de una versión ya pesadamente melancólica de Pessoa (“su gesto se pierde en el fondo de las flores nativas,/ son verdes. Ahí está el río, inmenso, callado”) hasta el verso final, “Pero ninguna palabra sobrevive”, El lenguaje es un revólver para dos subraya la imposibilidad de decir, la preferencia por la elipsis o la expresión mínima: “Lo deseable es decir poquísimo/ Callar no es más radical”. Pero un repaso del libro, no por somero menos representativo de su escritura, muestra que el pensamiento de Montalbetti sobre el lenguaje, la poesía y la política actúa apenas en un nivel propositivo, como comentario del propio poema; cosmética vanguardista para un lirismo algo trasnochado que recauchuta términos románticos, como “amor”, “corazón”, “crepúsculos”, y los trafica vía un discurso de la novedad.

“Así terminan todos los poemas”, dice el último de ellos, “tratando de expresar con un lenguaje/ público un sentimiento privado”, y uno malicia que esta tensión entre el lenguaje público y privado, por más atractiva que suene, se anuncia como intención pero, al final, los poemas no la transitan. Prevalece, en cambio, una confianza perenne en la expresión del sentimiento privado, envuelto en su oropel de comentarios.
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Publicado en la revista Ñ el 15-02-2020

Reseña: Late un corazón, de I Acevedo

Late un corazón, de I Acevedo (Rosa Iceberg, 2019)

Identidad íntima y colectiva

Por Emilio Jurado Naón



Al nuevo libro de I Acevedo lo reviste un ánimo fundacional. La fundación de un “Ministerio de los Sentimientos” es sólo uno de tantos hitos entre los “cuentos” de Late un corazón, muchos de ellos escritos para ser leídos en público entre 2017 y 2018. La autoproclamación del ministerio supone atribuciones que condensan un quiebre, también refundacional, en la forma de escribir: en sus alcances, vínculos e intenciones. “Este es mi Ministerio. Este es el lugar donde yo me muevo, donde nos movimos, en desorden organizado, estas últimas semanas”, dice en alusión a un colectivo mayor que contiene y potencia la puesta en primera persona de I Acevedo: “Trato de hablar aquí de las formas que cada une encuentra para decir lo que siente”.

La expresión de los sentimientos, antes que una declaración de principios, funciona en el texto de Acevedo como la puesta en evidencia de una tensión: la del vínculo entre ficción, vida y política, que se traduce en el acto de contar una identidad en transición. El nombre autoral en su flamante aparición, I Acevedo, es índice de una transición identitaria generalizada (no sólo personal) que atraviesa el libro en varios niveles: la asunción de la primera persona como “modalidad de la época” para narrar porque “lejos de ser un gesto individual, es una necesidad colectiva: la de nombrarnos”; la adscripción a una trama de lucha por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo; la intervención en una tradición literaria nacional que elabora “un pensamiento sobre la realidad política” y el distanciamiento de otras vertientes literarias que habrían dejado los sentimientos afuera del texto, y el cuestionamiento de los presupuestos de la ficción en virtud de una necesidad urgente, dado que “la grave situación social que estamos transitando hace que la ficción se vuelva obsoleta, y la narrativa, ensayística”.

Late un corazón es un texto hiperconsciente de sus medios y su fines; busca hacer de esa hiperconsciencia de la escritura no sólo su tema sino también su valor y el parámetro a partir del cual debe ser leído. Una escritura política entendida como la toma de posición pero también en la vinculación con les otres, y de ahí la necesidad de que estos “cuentos” hayan sido escritos para ser leídos en público. La persona de I Acevedo se vuelve una juntura entre lo personal y lo social; pero no son el “yo” y la expresión de sus sentimientos los que retienen la tensión, sino su “cara”, esa cara que, al volverse una cara de varón, hace visible “una violencia que me había estado impidiendo un encuentro con mi identidad” y que es, al mismo tiempo, garantía para la exposición pública de lo íntimo: “Tengo la cara dura, sí, tan dura como la de un prócer en una moneda. Pero a cambio de esta cara devaluada, tengo la ventaja de poder contar las cosas así: gratuitamente.”

Quizá la propia hiperconsciencia de Late un corazón lleva a que, por momentos, el texto se empaste en autoanálisis literarios (que lo alejan de la vena política de trinchera y lo acercan más a una jerga superficial de la carrera de Letras) o se vuelva reiterativo en referencias a sí mismo. Al contrario, el carácter insistente, vueltero, de la escritura, con arranques y retrocesos, meandros del pensamiento sobre el teclado, produce pasajes con un ritmo nuevo (como en “Doc 1”, al contrapunto de la cumbia, y en el “Diario de la borrachera”, de escritura más telegráfica) o alguna frase simple sintetizadora del sentido: “Hoy desperté de la siesta con perfume a desodorante de hombre”.

Sabemos que el sentimiento, si escrito, siempre va a ser una construcción; no por construcción, menos verdadera. Pero la nueva apuesta de I Acevedo apunta a refundar el estatuto y la circulación de esos sentimientos; por un sentimiento que involucre, también en la literatura, una identidad íntima y colectiva.

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Publicado en Ñ (04-01-2020)

Reseña: Degenerado, de Ariana Harwicz

Degenerado, de Ariana Harwicz (Anagrama, 2019)

Entre la libertad y el discurso del odio

Degenerado es la cuarta novela de Ariana Harwicz y, ya desde el título, propone ciertas continuidades y divergencias en su trayectoria. La enunciación de una patología (o de un juicio moral, según cómo se lo mire) que caracteriza desde el vamos a la voz narrativa emparenta este nuevo título con las anteriores Precoz y La débil mental, a lo que se suman el monólogo interior verborrágico, el fraseo caótico y no lineal, la apuesta por construir imágenes intensas y el protagonismo de los cuerpos desde su perfil más abyecto como características en común de lo que a esta altura ya constituye un estilo de autor. La principal novedad de Degenerado no es menor, sin embargo, y consiste, como señala Harwicz en varias entrevistas, en asumir, después de una sucesión de tres narradoras femeninas, el desafío de virar el eje y articular el texto a partir de una voz masculina.

Desde la primera frase (“La mente es como un trineo inmundo que nos arrastra por malos caminos dejando huellas parra que nos atrapen, callate y decí por qué la manoseaste, por qué la infiltraste en tu casa para enseñarle sobre las aves y las abejas”), la voz que reflexiona, recuerda, se defiende, incorpora o ataca las alocuciones de sus acusadores es la de un anciano francés, presunto pedófilo, que recorre la parábola completa del escrache público, la captura, el juicio y la condena, a lo largo de la cual aprovecha para despotricar contra la moral burguesa y la hipocresía de un sistema que, afirma, lo usa como chivo expiatorio de su propia decadencia. "Ahora el sexo desviado es el gran enemigo porque rechaza al sistema"; "a veces el que parece pederasta de base es un necesitado, un ignorante, un ruinoso"; "voy a lanzar a la tribuna que hay que animarse a pensar menos en el violador como un monstruo y más en el acusador como un experto ventrílocuo" son algunas de las invectivas que el narrador de Harwicz enarbola mientras adopta una postura a caballo entre el malditismo, la incorrección política y la disidencia.

Por momentos, el envión verbal de Degenerado parece conformarse apenas con una reedición del ya clásico gesto de “espantar al burgués” (las loas indistintas a Stalin y Videla dan cuenta de un efectismo que no se preocupa mucho por construir una postura verosímil del personaje, sino que funcionan más bien como hashtags para una provocación a la norma biempensante en esta y aquella orilla del Atlántico); por el contrario, la novela tiene pasajes más orgánicos, en los que se afirma la apuesta (deudora de Beckett, tal vez) de seguir adelante sin importar los obstáculos ni las contradicciones. Antes bien, el narrador impugna la restricción educada del buen decir ("hablar es una cuestión de rigor, hay que reprimir, hay que guardarse, hay que ajustar el cinto de las palabras, gobernar el timón, seleccionar lo que se piensa y tener el coraje de descartar cada palabra que no sea justa") y solo busca, en su infatigable verborrea, "seguir un razonamiento hasta el final".

En esta puesta teatral de uno solo hombre (que cada tanto filtra las acusaciones de inmoralidad con las que lo acosan los miembros normales de la buena sociedad), lo menos interesante resulta ser la construcción misma de la escena de juicio, que, aunque fragmentaria, se aferra de todas maneras a un concepto explicativo de la situación, que busca esclarecer, muy a pesar de la novela (y quizá por miedo a que el lector distraído pierda la moraleja) los “datos duros” de la trama. Lo mejor, en cambio, son la potencia de la frase (con apotegmas filosos: "Los lazos familiares son un problema mental") y de la imagen (“al señor esposo le gustaba meter los dedos en el sexo de sus cerdas, revolverlos ahí, estimularlas, chupetearlas y tener idilios anales con su mujer en el fango al mismo tiempo”), que cada tanto se destacan en el flujo verbal. La libertad, si no libertinaje, en las torceduras de la sintaxis, cuando aparece, se vuelve también una de las apuestas más interesantes de Harwicz (“Palillo jugoso, arma oxidada, pato contagiado tengo de pelotas yo. Yo me escaqueé. Yo me tabarreé. Alrededor de la medianoche y gira y nunca se salda”), aunque queden algo deslucidas por la heterogeneidad léxica que entremezcla términos ibéricos con argentinismos (sospecha de mala mano editora o aspiración autoral de mojar, de vuelta, un poco en cada continente) y resta carácter a la voz de su degenerado.

Cabría preguntarse, finalmente, si la puesta en escena de un personaje abyecto, pretendidamente inmoral y anormal (según el modelo hegemónico) no abona, paradójicamente, al pensamiento moralista sobre la literatura. En definitiva, lo más desafiante de la narrativa de Harwicz viene por el lado de la sintaxis, mientras que la trama, el tema y el título se diluyen en la intención de un golpe de efecto. Por otro lado, en un contexto en que el racismo, la misoginia y el fascismo se sientan en el sillón presidencial de países como Estados Unidos y Brasil para twittear sus resoluciones de gobierno, el discurso de Degenerado pierde todo el atisbo de marginalidad o disidencia que su narrador puja por representar. Cuál sería la novedad o el interés de impostar ese discurso del odio cuando es una pesadilla que detenta el micrófono a diario, tanto en medios masivos como en redes sociales, no queda en claro; y, en cambio, abre la pregunta acerca de si no sería más desafiante, tanto para el lector medio como para la narrativa contemporánea, trabajar en la trama de una ideología alternativa: ni la hipocresía socialdemócrata ni el nuevo fascismo de libremercado.

Publicado en La Capital (05-01-2020): https://www.lacapital.com.ar/cultura-y-libros/entre-la-libertad-y-el-discurso-del-odio-n2554124.html

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