Miseria, de Dolores Reyes

Después de su exitoso debut literario Cometierra, Dolores Reyes continúa las aventuras de su protagonista homónima en la secuela Miseria y proyecta (dentro de las coordenadas de crítica social y de género, y el policial sobrenatural) una saga con todas las aptitudes para convertirse en serie de plataformas.

Peleada con su don (que le permite rastrear la ubicación de mujeres abducidas a través de la ingestión de la tierra que alguna vez pisaron o tuvieron cerca), en esta segunda parte, Cometierra se ha mudado del conurbano al barrio porteño de Flores, donde el suelo natural no abunda aunque sí los carteles de chicas desaparecidas. “Acá tu don es oro”, le repite Miseria, su amiga y cuñada, que, a la espera de su primogénito, intenta convencer a la médium de que retome la búsqueda a las víctimas de la trata o de violencia misógina. El maltrato hospitalario, la explotación laboral, la educación sexual, los conflictos familiares de diverso tipo e incluso la adolescencia queer son algunos de los temas que la novela toca lateralmente mediante una narración alternada entre Cometierra y Miseria, y es recién hacia el final que termina de delinear la figura de la antagonista concreta que está detrás de las abducciones en el barrio: una vidente macabra para quien la misión de Cometierra representa una amenaza a destruir. Pero el enfrentamiento final con la bruja del ojo azul no se resuelve en Miseria, cuyo dilatado desarrollo apenas comprende la aceptación por parte de la heroína de su poder singular y de las deudas que aún le esperan en Pablo Podestá (dar con los cuerpos de Florensia y la seño Ana), sino que parece quedar aplazada para una eventual continuación que complete la trilogía.

Con un lenguaje llano y coloquial, Miseria es menos entretenida que Cometierra pero sí más pareja en su hechura. La trama y sus reveses se desenvuelven de a poco, dejando lugar para episodios secundarios, como fiestas de cumpleaños, un parto hogareño, los primeros pasos y palabras del recién nacido Pendejo (sic) y ocasionales escenas de sexo ATP; escenas quizás pensadas como contrapunto para aligerar en parte el drama de los femicidios.

Consciente del plano social que trabaja en su ficción, Dolores Reyes da forma a un personaje colectivo, con anclaje inmediato en la realidad de los lectores, compuesto por mujeres de diversas edades, procedencias culturales y estratos sociales, que hacia el final de Miseria se organizan contra la violencia de género. Esta aparición de colectivos organizados, que no estaba tan presente en la novela previa, de alguna manera libera al personaje Cometierra a seguir su aventura en una clave menos policial y cada vez más cercana al fantasy y ficción juvenil.

Publicada en La Nación el 10 de junio de 2023.


Miseria
Dolores Reyes
Alfaguara
336 páginas


El alma de las colinas…, de Derian Passaglia

Tres jóvenes poetas visitan Juan L. Ortiz en Paraná. El viaje se complica cuando son invitados a un asado en lo de su amigo Juan José Saer, quien, con una insoportable conversación entrecortada, se revela como un robot programado por el gobierno de Francia para acabar con Juanele y robarle su talento. Así, la primera novela de Derian Passaglia, El alma de las colinas…, genera ficción a partir de un mito universal (el peregrinaje del artista en ciernes en busca del maestro en su retiro) pero en clave local, históricamente datada; ya que las visitas a Juanele fueron muchas y durante varias décadas, hasta convertirse en un viaje obligado para los nuevos poetas.

Quizás uno de los últimos episodios de tal mito argentino fuera aquel de 1976 en el que los viajeros (César Aira, Héctor Libertella y Tamara Kamenszain), entre chismes y teoría estética, terminaron pasando a máquina algunos poemas del maestro. En la novela de Passaglia también son dos porteños (una chica y un chico) y un rosarino quienes buscan a Juanele y se saben sus versos de memoria; y el anacronismo de que jóvenes, por su manera de hablar, ostensiblemente contemporáneos convivan con Juanele, convive a su vez con una trama en la estela de Aira.

Pero lo más interesante de El alma de las colinas…, además de una prosa fluida, satírica, que homenajea, vía mímesis, el fraseo del maestro paranaense, es que se traba en un intríngulis de la tradición literaria reciente: ¿quién continúa a Juanele? ¿Saer o... Aira? El antagonismo conocido de estos dos autores es una excusa que asume Passalgia para inventar una aventura y plantarse, él a su vez, en la línea entrecortada de la serie literaria argentina.

Publicado en La Nación el 27 de mayo de 2023

El alma de las colinas…, de Derian Passaglia

Blatt&Ríos, 2023

144 p.

Lo que sobra, de Damián Tabarovsky

En Lo que sobra, Damián Tabarovsky retoma algunas ideas de sus ensayos anteriores Literatura de izquierda y Fantasma de la vanguardia, y las contrasta con la escena social, política y artística contemporáneas. Si el enemigo se radicaliza, el crítico debe radicalizar de sus preceptos. Y es esto lo que hace Tabarovsky al plantear que vivimos en una “guerra civil solapada” del capital contra la población, en la que la lengua oficial no deja resquicio para siquiera nombrar aquello que deja afuera. En arte así como en política, la operación clásica de la vanguardia fue llevar lo marginal al centro; hoy esa estrategia se vería obstaculizada por el simple hecho de que “lo que sobra” se habría vuelto irrepresentable, sin entidad.

El género “estado de situación” cada vez es menos visitado, pero Tabarovsky lo despliega de manera impecable, en gran medida fundamentado en la tesis de Silvia Schwartzböck sobre la “vida de derecha”, macro dentro del cual se ven obligadas a operar todas las expresiones políticas y estéticas desde la dictadura (la bibliografía teórica de Tabarovsky es amplia y ampliamente europea, pero esta inclusión de la filósofa argentina, junto al brasileño Guilherme Wisnik, es una feliz excepción).

Lo que sobra despliega, en términos generales, una crítica al progresismo y a su contracarta intelectual, el “vanguardismo académico”, que enseñan a escribir buenas novelas, entretenidas y vendibles. En lo particular, su propuesta apunta a construir una lengua dentro de la lengua establecida (a modo de “un caballo de Troya”); instalar una literatura del derroche opuesta a la de acumulación; a jugarse por la una sintaxis quebrada, una “forma de lo informe” que permita vislumbrar “entre la niebla” aquella figura que el mismo status quo condena a la anomia. Si bien queda por verse en qué medida estas consignas serían o no pasibles de absorción por parte del mismo vanguardismo académico que ataca, es interesante el intento por poner en crisis la propia escritura ensayística: notas dentro de notas al pie que contradicen o ponen en duda el cuerpo del texto, y un capítulo acerca de una ética del “sin embargo” hacen de Lo que sobra un texto, si bien no tan quebrado como la sintaxis que reclama, sí más abierto que los ensayos precedentes.

El diagnóstico Tabarovsky es certero y actualizado; la prescripción, tal vez, algo conocida. Aunque es presumible que no todo ensayo quiera tratar casos puntuales y contemporáneos (¡la distancia teórica!), se echa de menos en Lo que sobra un abordaje de la poesía argentina de las últimas décadas, cierta facción de la cual viene trabajando con una lectura de situación similar e indagaciones formales de avanzada.

Publicado en La Nación el 20 de mayo de 2023


Lo que sobra, de Damián Tabarovsky

Mardulce, 2023

Simular ser uno mismo, de Philip Larkin

Nos encanta escuchar a los artistas hablar de arte, sobre todo a quienes consideramos mejores en su disciplina; pero lo cierto es que son pocos quienes dicen algo de valor, algo que realmente supere o profundice la experiencia ya provista por su trabajo estético. Lo anterior podría formularse de otra manera (más despechada): los artistas jamás revelan sus secretos. Y eso es lo único que queremos.

Philip Larkin no es la excepción, y las prosas reunidas en Simular ser uno mismo parecen sugerir que el poeta inglés se divierte simulando su jocosa y largamente granjeada imagen de cínico displicente cuando se lo interroga por el quehacer poético. Pero, a pesar de la parquedad y el desgano, en estas entrevistas, columnas de opinión, poemas propios comentados, perfiles (de Auden y Hardy) y otros opúsculos, Larkin desgrana algunos secretos, dádivas al lector adicto; si no sobre cómo escribe sus poemas (qué benévola traición se puede esperar del que avisa: “Nunca he afirmado saber exactamente cómo o por qué escribo poesía: me parece un oficio que la autoconciencia puede fácilmente malograr”), al menos sí sobre cómo piensa la poesía. O sea: cómo lee.

Larkin es un lector que cree en la tradición. En parte por asumirse conservador y en parte por entender la literatura en términos de serie histórica, que cambia con la alternancia de generaciones, nombres propios y modas: “Después de pasar por un período de poesía épica, llega un período de poesía lírica; a un período de sátira, le sucede un período de romanticismo. Ya tuvimos un período de poesía bastante intelectual, podríamos estar viviendo un período de modestos poemas personales”. Falsa modestia aparte y cincuenta años después, ¿no volvimos a vivir un período de “poemas personales”? En este punto cabría hacerse la pregunta de qué significa leer a Larkin hoy, en América latina. Las palabras preliminares, del también traductor del libro Gonzalo Rojo, contextualizan muy bien el primer desembarco del británico a nuestro país: a través de Diario de Poesía y bajo traducción de Marcelo Cohen. Pero una caracterización de la época (el medio en que salió y los lectores a los que iba dirigido) sería de gran utilidad para apreciar el alcance que tuvo en un inicio la poesía de Larkin en el sistema literario argentino y, quizás, la oportunidad de debatir la actualización de su lectura.

Lo que sin duda es una constante, por lo menos desde los sesenta hasta ahora, es la irritación que genera en todos, siguiendo a Larkin, la impostura del poema; esa “actitud poética” que “debe estar respaldada por una poesía increíblemente buena para que no te fastidie”. Es entonces cuando entra a jugar la innovación; contra la idea más extendida, se desprende de estas misceláneas que en poesía son más prioritarios los temas que el estilo. La incorporación de temas que hasta el momento no son considerados poetizables contribuiría a la “amplitud del registro poético” (expresión que usa al referirse a John Betjeman). Una mayor conciencia de los temas en poesía (los ya manidos; los innovadores) sería un asunto atractivo de someter a discusión; incluso a fuerza de que lleve a pensar en qué medida los propios temas de Larkin, en su momento novedosos (la decadencia individual y social, la crítica a la familia, lo anodino de la vida moderna), continúan en boga y reclamen ya, consecuentemente, una nueva ampliación.

El honesto pragmatismo que se desprende de Simular ser uno mismo resulta finalmente lo más nutritivo del volumen. Incluso la definición sobre la poesía que Larkin suelta a regañadientes registran una evolución a lo largo del tiempo y con la sucesión de los textos: al comienzo la plantea como una forma de conservar una experiencia única a través de un dispositivo verbal con la finalidad de transmitirla a terceros y luego ese afán de preservación es sustituido por el principio de placer: “lamentablemente, escribir bien conlleva disfrutar lo que se está escribiendo”.

Publicado en Ñ el 17 de mayo de 2023.


Simular ser uno mismo

Philip Larkin

Trad: Gonzalo Rojo

Hola & chau, 2023





Pombero, de Marina Closs

El concepto de voz en literatura está demasiado a mano, o demasiado manoseado. Encontrar una voz propia es lo que buscan los poetas; construir una voz, lo que quieren los narradores; dar voz a los que no la tienen, el colmo del progresismo bienintencionado. Esquizofrénica, la vulgata literaria oye voces por todos lados y la idea amenaza con convertirse en un nuevo cliché editorial, sin una particular preocupación por desgranar, en definitiva, cómo se fabrica una voz y qué implica hacerlo.

En Pombero, Marina Closs elabora un lenguaje rico y dúctil que le permite adoptar inflexiones marcadamente distintas en cada uno de sus siete cuentos. Y si bien es verdad que muchos de los protagonistas asumen la primera persona para contar, no es tanto el estilo o el léxico lo que los singulariza sino la invención de una gramática propia. Es siempre el castellano, pero abierto en una panoplia de matices que le escapan, con sutileza, tanto al imperio de la lengua canónica como al corset naturalista del dialecto. ¿Cómo habla Suzumushi, la masajista japonesa de Los Helechos? “Tengo la casa de madera con muchas ventanas y en la casa las orquídeas que se abren pequeñas como ojos de borrachos”. ¿Cómo habla Juan Pablo Jabalí Ŷalopi, joven erróneamente llamado mataco, en la bisagra de la transformación cultural? “Lo que hacía el salteño rengo era malo, pero vino a ayudarnos y, por eso, nuestros padres lo respetaron. Los blancos trajeron viruela. Comenzamos a enfermarse”. La delineación del narrador en singular se produce a partir de una cuidadosa sintaxis y una gramática apenas irrespetuosa; casi temerosa de tirar abajo el idioma, en un descuido o por exceso de confianza.

“En la cara de una persona se expresa siempre algo. Pero no es exactamente lo que uno quisiera. Entonces, más que expresarse, se escapa. Para expresarse, en cambio, el maquillaje es más exacto”, reflexiona Rosita, la peluquera trans que le huye al humo del cigarrillo. Así también los relatos de Marina Closs se tensan entre el artificio y lo espontáneo; maquillaje y rostro, lo que se construye a conciencia y lo que brota solo. Porque en Pombero la orfebrería de la frase se pone al servicio de un solo objetivo (que siempre puede fracasar): la aparición del personaje. Estos relatos son ejercicios de invocación y por eso están plagados de nombres: Pombero, Rosita, Rosito, Suzumushi, Marioka, Lindsay Sorotko, Dunka, María das Luzes. En el vocativo se dirime la emergencia de una identidad o su desvanecimiento; quizás a eso se debe la frase que forman los títulos de cada relato: “Si yo fuera alguien/ No sería/ Esto/ Nunca y tampoco/ Lo otro/ Quizás mejor/ Casi nadie”.

Dicen que Pessoa inventó a sus heterónimos leyendo a Shakespeare: una caja negra de personalidades atrapadas en su manera de hablar. Y algo de teatral se reproduce en los relatos de Pombero, en los que la narración se adelgaza sobre el esqueleto del habla hasta no ocupar casi espacio. Cierta incomodidad con el poder de la expresión, como la que experimenta la bella Marioka, de una belleza tan insoportable que, no solo no encuentra quien quiera casarse con ella, sino que termina vendándose la cabeza. Pero también cierto aquilatamiento de tal poder: la noción de que mientras más se afina el lenguaje más se afila.

En la nota final Marina Closs entona una nota baja (un detalle, casi un descuido) en la que consigna que el libro “se nutre de textos y formas orales de mi territorio y no tiene otra pretensión de realidad que la de alzar una pequeña voz de miedo ante el tiránico español monótono”. La idea de la voz cobra cuerpo al oponerse a la lengua monolítica y anclarse en un territorio inventado: no para practicar la mímica de un regionalismo (que puede ser tan conservador como el colonialismo de la RAE), sino como médium de identidades posibles, entrevistas, ensayadas sobre tablas.

Publicada en Ñ en mayo de 2023


Pombero, de Marina Closs

Páginas de espuma, 2023

La infancia del mundo, de Michel Nieva

En muchos casos, la literatura de ciencia ficción afila sus herramientas en la imaginación técnica para imaginar alegorías políticas que critiquen los aparatos de poder, y en esa tesitura elaboran mundos posibles. En La infancia del mundo, de Michel Nieva, el ejercicio del género pone por delante de manera subrayada la crítica a ciertos rasgos del capitalismo global contemporáneo como el cambio climático, la especulación financiera y la industria farmacéutica, el extractivismo, la gentrificación, e incluso la violencia infantil y la desigualdad social.

La expresión que encuentra este esquema político en la novela de Nieva ha sido descrita como “delirante”, pero más bien es heredera de la literatura pulp, el grotesco y el cine gore en una modulación que busca ser humorística. En La infancia del mundo corre el año 2272, la temperatura promedio del planeta es de 40°C y la geografía ha sufrido grandes cambios con el derretimiento de los cascos polares. Un proletario y mutante niño mosquito comienza una matanza en Victorica, que se extiende en matanza humana general cuando descubre que su nacimiento es producto de un experimento corporativo sobre capas marginales de la sociedad con el fin de especular sobre el mercado de “virofinanzas”. En paralelo, el Dulce, capo de la clase y devoto del videojuego Cristianos vs. Indios, se roba una misteriosa piedra en el mercado negro del Caribe Pampeano y toma contacto con La Gran Arcana (un ente milenario escondido en el Polo Sur). El encuentro final entre ambos personajes desata un caos universal más parecido al reseteo de una computadora que a un apocalipsis.

Quizás por la relativa complejidad de la trama (aunque, ¿qué calificativo quedaría para Pynchon?), tal vez para adelantarse a la posibilidad de un lector distraído o a causa de un simple descuido editorial, la novela de Nieva es agotadoramente repetitiva tanto de las acciones como de las razones que mueven a cada personaje. La explicación del mundo futuro prepondera sobre la elaboración de la trama (que muy rápido se vuelve una sucesión de asesinatos idénticos) y los aspectos de esa sociedad distópica tampoco resultan muy ocurrentes: la postulación improbable de que su protagonista no entienda las palabras “nieve”, “frío” e “invierno” porque nunca los experimentó es menos inverosímil que el hecho de que, en pleno siglo XXIII, acuda a consultarlas en un diccionario.

Entre una crítica social pegada a la agenda progresista global y un relato redundante que poco hace por eludir los estereotipos, La infancia del mundo no deja espacio para una ficción científica que sorprenda y ofrezca, como los mejores exponentes del género, una nueva experiencia a la imaginación.

Publicada en La Nación el 15 de abril de 2023.


La infancia del mundo, de Michel Nieva

Anagrama, 2023



Peregrino transparente, de Juan Cárdenas

En Peregrino transparente, el misterioso pintor de iglesias José Rufino Pandiguando es perseguido a través de diversos territorios y poblados de Nueva Granada a mediados del siglo XIX. Primero, la pesquisa la lleva adelante Henry Price, un acuarelista inglés fascinado con el arte de Pandiguando y con la organización de artesanos a la que pertenece; la segunda persecución sucede luego del fracaso de la Revolución de 1854, cuando Pandiguando ya es un prófugo político y, su perseguidor, un joven bogotano que sueña con el ascenso social pero carece de mundo.

Fascinación en un caso, ambición personal en el otro; el relato adopta, en ambas secciones de la novela, una perspectiva extranjera a la geografía por el avanzan sus personajes, y construye mundo desde una visión exotista de América, cuyo marco histórico reconocible de a poco cede lugar a hechos y personajes no realistas como recurso para la resolución de la trama.

La novela de Cárdenas tiene todos los componentes para ser una buena novela: suspenso, persecuciones, escenas de sexo y violencia; descripción de paisajes exuberantes en los cuatro climas de Colombia; costumbrismo, humor, profundidad psicológica; reflexiones filosóficas, políticas y estéticas; una perspectiva histórica desde la cual analiza el presente; referencias historiográficas y de ficción (Peregrinación del Alpha, de Manuel Ancízar y Moby Dick de Herman Melville), así como epígrafes adecuados y heterogéneos (Heráclito, Marosa Di Giorgio y Guimarães Rosa); crítica al racionalismo, el capitalismo y el extractivismo; encomios a cosmovisiones precolombinas, y una prosa trabajada, correcta (con ciertos pasajes más ambiciosos), que sabe sostener el ritmo, jerarquizar elementos y conducir la acción.

Entonces, si reúne tantos elementos propicios a la confección de una novela buena, ¿por qué Peregrino transparente no llega a ser más que eso, una novela bien escrita? Quizás porque la facilidad con la que se puede descomponer en partes un relato es proporcional a la previsibilidad del artefacto. Quizás porque el libro de Cárdenas hace pensar en la literatura como una receta, lo cual no hace más que confirmar que el sabor del plato, aunque esté bien preparado, no depende exclusivamente de la nobleza de sus ingredientes.

¿Tiene sentido pedirle más a una novela que está bien hecha, entretiene y se lee gratamente hasta el final? Para el lector que quiera pasar un buen rato, es ideal. Quien tenga inclinaciones similares a los personajes de Peregrino transparente y suela pedirle a un texto literario que lleve hasta el final sus propias premisas, puede que termine un poco decepcionado.

Son dos los obstáculos fundamentales que ponen coto a la realización total de la propia propuesta Peregrino transparente: la novela es demasiado fiel a su opinión e interpretación sobre los hechos históricos que trata, lo cual la acerca a una novela histórica biempensante (los comentarios racistas que hacen los personajes no logran disfrazar una moral progresista anacrónica); en segundo lugar, y cuando una vez que toca el techo de su esquema revisionista, la novela de Cárdenas resigna su apuesta al realismo a cambio del realismo mágico, tendencia a la que poco tiene para agregar luego de las experiencias transitadas el siglo pasado.

Hay una vía, sin embargo, que se vislumbra como avanzada orgánica hacia nuevas posibilidades de la novela como género. La segunda parte, “El jardín de los presentes”, se juega a una prosa más arriesgada, a tal punto que depone mayúsculas y puntuación, o más bien transforman su estatus en virtud de un ritmo singular, y la apertura de imagen y sentido a partir de la interrupción de la sintaxis convencional. Esa vena, que intenta el contrabando, hacia la novela, de herramientas tradicionalmente atribuidas a la poesía, se cierra rápidamente (así como se cierra el horizonte de oportunidad para la patria de los artesanos socialistas con la que fantasea Price), a pesar de que fuera exactamente ahí donde la cosa se ponía interesante.


Publicado en Ñ el 12 de abril de 2023

 

Peregrino transparente, de Juan Cárdenas

Sigilo (2023)


Apuntes sobre TRINCHETA de Juan Rocchi

Yo también fui joven, como Dillom. Y mientras eso (la juventud) ocurría, y mientras en la primera década del siglo se publicaban carradas de...