Reseña: Tómelo o déjelo, de Hendri Roorda

La moral de un pesimista alegre

Por Emilio Jurado Naón


El chiste de un humorista que se suicida no despierta muchas carcajadas; pero la mirada de un moralista escéptico sí puede teñir con humor oscuro la escena cotidiana de sus contemporáneos. “Si todos los hombres tuviesen humor, habría menos estrechez en sus juicios y menos violencia en sus disputas”, afirma con seriedad el pacifista Henri Roorda en su conferencia de 1925 “La risa y los que ríen”, y enlaza una de las tantas vueltas entre acción individual y función social que pueden leerse en sus escritos.

Hasta hoy, la obra traducida al castellano del suizo francoparlante Henri Philippe Benjamin Roorda van Eysinga se limitaba a la versión española de Mi suicidio y al ensayo Efectos de la educación moderna, publicado en Argentina por la editorial de la revista anarquista La protesta, en 1925. La actual publicación, curada y traducida por Ariel Dilon, reúne la nota de suicidio más larga y elaborada de que se tenga noticia, la mencionada ponencia sobre la risa y Tómelo o déjelo, una antología de crónicas sociales escritas bajo el seudónimo de Balthasar durante la Gran Guerra. Los tres textos forman una nueva y más completa radiografía de la mente sentimental de este moralista social, libertario individualista, fisiólogo del carácter, derrochador irreparable, hedonista culinario, profesor harto de la rutina y suicida decoroso: “Tendré que tomar precauciones”, fue su última reflexión escrita, “para que la detonación no resuene con demasiada fuerza en el corazón de un ser sensible”.

Las crónicas de Roorda parten del gesto mínimo de detenerse y mirar: “El otro día, en la calle, como no tenía apuro, me puse a mirar a la humanidad”; leve inercia impuesta al envión diario que eleva el detalle al pensamiento sobre lo universal. Con humor absurdo, pero sin abandonar el juicio moral sobre hábitos y costumbres, su alter ego Balthasar se pregunta por asuntos como la falta de interacción entre las personas que hacen fila para comprar manteca, las ventajas de la huelga para que el ciudadano medio deponga el apuro y aproveche su vida en familia, el amor que despiertan la papa, el carbón y la carne en época de carestía, o cómo “el gesto del pegador de afiches es simbólico” y “nos hace pensar en la loca carrera que es nuestra vida”. Un ánimo extraño y algo ciclotímico destilan las observaciones del pedagogo suizo sobre su entorno en plena economía de guerra: conviven el hartazgo del yugo cotidiano y la noción de que, a pesar de todo, en ese trajín anida la belleza.

Sólo alguien que planea un libro titulado El pesimismo alegre y, en su lugar, termina escribiendo Mi suicidio es capaz de sostener tamaña contradicción en la escritura. Pero para Roorda no se trata de una inestabilidad disfrutable, sino una más de las tantas “desarmonías que el individuo padece”. Mediante un desplazamiento ficcionado (como en la crónica “Un monstruo”, en la que un amigo acude a Balthasar porque lo aqueja la culpa de saberse sensible ante la poesía pero indiferente hacia la “desdicha de sus semejantes”) o en el minucioso análisis sobre sí mismo que compone Mi suicidio, Roorda recurre a conceptos de orden económico (“He cometido una mala acción que ni con toda la moneda sentimental que he entregado, centavo a centavo, a personas extrañas, podría pagar”) y mecánico (“En mi motor térmico debía haber un vicio de construcción, dado que había un constante escape de calor que se perdía en el inmenso vacío”) en el afán por explicar su constitución sensible y conocer las causas de su mal funcionamiento. Estos dos paradigmas, transversales a la escritura de Roorda, confluyen en un órgano: el estómago, ese “alambique en el que el queso, la carne, las frutas y el vino se espiritualizan”. Sin el placer de la comida, Roorda/Balthasar se siente miserable; el racionamiento de guerra en Suiza no colabora con su capacidad de defender las causas nobles y recae en “pensar con melancolía en filetes de lenguado, en perdices al repollo o en lomos con aplomo”.

Pero es en Mi suicidio donde, tal vez a causa de que la angustia lo arrincona, las reflexiones morales de Roorda llegan a su máximo y más valioso punto de condensación (un punto en donde el ensayo, el aforismo y el poema no se distinguen). Allí, las vueltas de su afección encuentran un sosiego momentáneo en frases como la que arriesga: “A veces un hombre inmoral no es otra cosa que un hombre moral que está fuera de su sitio”.

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Una versión de esta reseña fue publicada originalmente en Ñ / Clarín el 9 de noviembre de 2019.
https://www.pressreader.com/argentina/revista-n/20191109/281822875615024

Reseña: la mesa, de Darío Canton


La lengua en la punta de la mesa
Por Emilio Jurado Naón


“Al principio fue la mesa”, podría comenzar el evangelio de un escritor materialista. Porque antes que el verbo; antes que el papel o la computadora donde transcribir el verbo; antes, en el sentido de lo previo pero sobre todo de lo anverso (atrás o debajo, como soporte del verbo escrito), siempre estuvo la mesa. Y la mesa, si se trata de Darío Canton y su “tratado poéti-lógico”, la mesa es el verbo: con todas las conjugaciones posibles en tiempo, persona, número y modo.

¿Qué es la mesa, ese libro fechado hace medio siglo, originalmente publicado por Siglo XXI sin la firma de su autor? En principio, y de manera general, se trata de un largo texto en verso, compuesto por dieciocho capítulos que abarcan, entre otras, la historia, etimología, psicología, hagiografía, patología, representación artística de la mesa a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. Aunque, como apunta Demian Paredes en el prólogo a esta reedición, la mesa tiene su origen en un sueño, anotado sobre la mesita de luz durante la noche y luego extendido por Canton mediante consecuentes consultas enciclopédicas, las “puertas” (con perdón de la traición mobiliaria) del texto están representadas por una cita del primer tomo de El capital, donde Marx toma a la mesa como ejemplo para hablar de la mercancía, que “en cuanto cosa sensible, es a la vez suprasensible, la mesa ya no se limita a estar parada en el suelo sobre sus patas, sino que se pone frente a todas las otras mercancías cabeza abajo y de su cabeza de madera brotan fantasías mucho más asombrosas que si comenzara espontáneamente a bailar”. Lo que se pone a bailar en este libro de Canton es, antes que la mesa, el lenguaje.

La cosa como excusa para escribir y los discursos sobre las cosas como un telón de fondo hecho de géneros parodiables pronto se revelan motivo profundo del texto, que empieza en definición (“La mesa/ se compone/ de una tabla/ horizontal/ o piedra/ —caso del dolmen—/ colocada/ a cierta altura/ sobre el piso/ y tres, cuatro/ o más patas/ que la sostienen/ excepcionalmente dos/ (por lo común/ de uso religioso)/ acaso una”), rápidamente deriva en invención jocosa (“Hubo una época/ de oro de la humanidad/ en que/ gobernaban las mesas/ llamada mesocracia”) y, hacia el final, pega un salto asociativo, al borde de la glosolalia, de disfrute lingüístico, en los versos posibles del místico hipotético Martín de la Cruz: “la mesa renace/ trasmuta/ reintegra/ florece/ se expande;/ la mesa es/ chupete/ churrasco/ charada/ tornillo/ cantina/ remate/ benjuí”.

No sería arriesgado pensar que sólo puede haber dos tipos de lectores para la mesa; aquellos más solemnes, que se verían exasperados por el chiste incansable de jugar con las palabras; y otros que, un poco menos solemnes, entran en “el juego de la mesa”, se les queda pegado el fanatismo mesiánico, y la lengua se les vuelve mesa, de tanto nombrarla y leerla por todas partes.

La obra incansable de Darío Canton, que tiene la extensión y la forma de su vida (como lo testimonian los siete tomos de De la misma llama, que abarcan la vida del autor desde 1963 hasta 2016, en una torsión continua del poema sobre el contexto histórico y la autobiografía), merecería una columna aparte; pero valga la reedición de la mesa para constatar que la expresión poética llevada hasta sus últimas consecuencias no excluye el humor (al contrario, de él se nutre). En una época en la que la risa pareciera limitarse al cinismo y la ironía, el humor del lenguaje y en el lenguaje que desarrolla Darío Canton (Nicanor Parra de estas pampas) recuerda una veta poética de amplia expresividad e invención, una creatividad libre, desacartonada, que se ve poco en la literatura contemporánea.

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Publicada originalmente en Ñ / Clarín el 17-10-2019.
la mesa, Darío Canton (zindo & gafuri, 2019) 

El virus sanjuanino, por Quintín (Perfil / Cultura)

Dos libros impresos en agosto de 2019 se relacionan con Sarmiento. Ambos están escritos por licenciados en Letras de la UBA, lo que me hace pensar que en esa carrera inoculan a los alumnos con un virus que los obliga a meter a Sarmiento hasta en la sopa. Refinando la idea, creo que el virus los predispone a hacer de la literatura universal un asunto argentino del siglo XIX y a creer que las discusiones especializadas en torno a un puñado de escritores y políticos de esa época están en el centro del mundo, son el eje que ordena el pensamiento y la historia universales. Ana Ojeda nació en Buenos Aires en 1979, y su novela Vikinga Bonsái comienza parodiando al Facundo: “¡Sombra terrible de Fecunda, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Vos que conocés el secreto, ¡desembuchá!...”, como si la operación sarmientina debiera repetirse con los cambios adecuados a la época: lenguaje inclusivo, costumbrismo urbano, supresión de los artículos (“al cabo de breve teclear, dar con institución que ofrece curso”) como un modo de homenaje o de invocación obligatoria.
Ojeda utiliza a Sarmiento como un gadget más de una escritura que parece dictada por una impaciencia que pide ser calmada con adornos. En cambio, desde el título mismo, Emilio Jurado Naón (Buenos Aires, 1989) toma en Sanmierto al discutido prócer como centro de su ¿novela, poema? y es como si el virus hubiera alcanzado allí el punto en el que la epidemia por él desencadenada no pudiera llegar más lejos. Con una prosa barroca, musical, erudita, casi cubana (“Urquiza, jeque del tejemaneje”), poblada de referencias a los fluidos y excrecencias corporales (¡un poco de recato, pazguato”), Jurado Naón narra cinco episodios inventados de la vida de su personaje en calidad de erotómano, exiliado, gobernador, boletinero del Ejército Grande que culminan con la magistral fusión de Sarmiento con la historia y la literatura cuando, antes de Caseros, se sorprende vomitando una pieza tipográfica.

En esa escena parece terminar Sanmierto, pero luego viene un postfacio en el que, desde una quinta Carta Quillotana, Juan Bautista Alberdi hace una crítica apolínea del libro, donde lo acusa de escudarse en la parodia para terminar hablando por boca de Sarmiento. “No solo ha equivocado el modelo al escribir una semblanza patizamba de ese cordillerano malhumorado sino que, al hacerlo, la ha inflado tanto, le ha inyectado tanta cantidad y tan variados humores contradictorios y contraindicados que esta lo devoró a usted y se apropió de su estilo, Jurado Naón” (...) “Usted se ha dejado llevar por la pasión que le causa, mal que le pese, la prosa de un loco activista (...) por el ánimo beligerante de la prensa gaucha, que no distingue épocas, gobiernos ni contextos y que solo quiere derribar, destruir, descomponer adversarios”. Sanmierto es un libro brillante, probablemente el más brillante que se haya publicado este año en la Argentina. La edición de Leteo es magnífica y las ilustraciones le confieren una gracia adicional. “El talento no falta entre nosotros”, le hace decir el autor a Alberdi y sigue: “Lo que nos falta es juicio”. ¿Será eso?
Nota publicada en Perfil.com el día 6 de octubre de 2019: https://www.perfil.com/noticias/columnistas/el-virus-sanjuanino.phtml

Sarmiento corregido, ampliado y nunca definitivo (Ñ / Clarín)


Las novelas El inmortal de Gustavo J. Nahmías y Sanmierto de Emilio Jurado Naón revisan y discuten la herencia del padre del aula.

por Diego Sasturain

En un artículo del año 78, “Así es Sarmiento”, José Bianco revisa un texto de Paul Groussac, “Sarmiento en Montevideo”, del año 1883, en el cual el escritor francés cuenta la impresión y algunas aventuras compartidas al conocerlo, de casualidad, en esa ciudad. Desde el comienzo del artículo, Groussac –otro autodidacta orgulloso y arbitrario asumido– claramente está predispuesto a detestar a Sarmiento, al que llama “ilustre masticador”, entre otras cosas. Le molesta como come y el ruido que hace en su habitación al vestirse (ocupaban cuartos contiguos). Pero Groussac poco a poco va siendo cautivado por Sarmiento: observa cómo se maravilla por unos malvones que le faltan en su colección, su histrionismo en las visitas a una escuela y al manicomio local, al que se niega a entrar: “Dicen que tengo alguna propensión a la cosa, y no sea que me parezca bueno quedarme allí”, les dice a las monjas. Además cuenta chistes verdes.

El tema es la personalidad de Sarmiento, la capacidad de reírse de sí mismo: “¿Cómo queréis que muerda la sátira o la mofa en esta personalidad excepcional, que se le anticipa y, curándose en salud, embota de antemano el posible y previsto epigrama?”, se pregunta Groussac.

En Sanmierto, desde el título Emilio Jurado Naón se propone una escritura complementaria en clave excesiva y desbordada, antihagiográfica, que lleva al paroxismo al yo sarmientino: parte de los textos de Sarmiento y los amplía. Jurado Naón juega con el borde externo del estilo de Sarmiento y poco a poco lo va llevando al extremo.

Escribe Sarmiento en Recuerdos de provincia: “Fue solemne y tierna nuestra despedida. Seis u ocho niñas de diez y séis años, cándidas y suaves como los lirios blancos, agraciadas como los gatillos que triscan en torno de su madre...”. Reescribe y expande Jurado Naón: “Fue solemne y tierna nuestra despedida; solemne como el mármol de la tumba de Facundo, que resiste todavía los embates de la historia y del viento indolente en la Recoleta [...] Seis u ocho niñas de dieciséis años, cándidas y suaves como los lirios blancos; atemorizadas y curiosas como polluelos recién devenidos gallina (recién, tan recientemente que apenas logran olvidar los abandonados avatares de la cría: guijarros del camino les hacen trastabillar, pisadas cercanas las espantan, el círculo solar escandaliza sus ojos)”. Más tarde, las niñas son seiscientas ochenta y luego una, que es violada por Sarmiento. Jurado Naón no deja una sola frase anodina, lo suyo es más bien la prolongación de una lengua excesiva, su desborde.

Este procedimiento es aplicado a cinco episodios menores: la citada despedida de Sarmiento de las estudiantes sanjuaninas; sus tribulaciones después de dar a imprenta un furibundo artículo en Chile; la narración del encuentro con Villegas en Martín García; el encuentro con el comandante Sandes y, finalmente, el avance del Ejército Grande hacia Buenos Aires.

Sanmierto puede leerse como una operación consistente en resituar a Sarmiento en el centro de la tradición literaria nacional de la fabulación. En su prólogo a Facundo, Borges dice: “Es lícito conjeturar que el hecho de haber recorrido poco el país, pese a sus denodadas aventuras de militar y de maestro, favoreciera la adivinación genial del historiador. A través del fervor de sus vigilias, a través de Fenimore Cooper y el utópico Volney, a través de la hoy olvidada Cautiva, a través de su inventiva memoria, a través del profundo amor y del odio justificado, ¿qué vio Sarmiento?”.

En el Facundo se puede leer también una frase genial y clave a la vez: “Rosas no plagia a Europa”. El propio Borges continúa la tradición, no solo en sus falsas atribuciones o en “Pierre Menard, autor del Quijote”, sino en un texto clave como “El escritor argentino y la tradición”, que, en el núcleo de su argumento en contra del color local, como prueba, afirma que en el Corán no hay camellos, cosa que es falsa. Es verdad, en cambio, que Sarmiento llama a los gauchos “beduinos” en el Facundo.

En última instancia, Borges, en dicho texto, es sarmientino: tenemos todas las tradiciones que queramos darnos, no tenemos por qué ceñirnos a la herencia española. Son textos que resuenan unos con otros, alrededor de la lengua, la literatura, la mentira, el plagio y la identidad nacional: la idea de que la nación se funda y explica con un texto.

Sanmierto incluye un “posfacio”, una Quinta Carta Quillotana de Juan Bautista Alberdi, que junto con la contratapa ofrecen una clave de la lectura “correcta”, en un gesto típicamente de intervención.

Así también operan la ilustración de la tapa –que muestra un Sarmiento niña– y las fotos que abren cada capítulo: del comandante Sandes y sus más de cincuenta heridas, de una estatua de Sarmiento cubierta de excrementos, etc. Retomando la iconografía, es famosa la foto del cadáver de Sarmiento acomodado en su silla de trabajo en Asunción del Paraguay.

Ese es el punto de partida de El inmortal (Edhasa). En realidad, comienza un poco antes, en la noche de agonía, aunque, como el título indica, su voz trasciende el episodio de la muerte. En esta novela breve, Gustavo J. Nahmías también recurre a la primera persona, que en este caso repasa y hace un balance de distintas decisiones y momentos de la vida del prócer.

El lecho de muerte –la mínima ficción– es la puesta en escena que justifica un repaso y glosa de los principales temas y preocupaciones de Sarmiento, pero dentro de una defensa de su voluntad positiva: “No me arrepiento de nada. La historia me avala y la providencia me protege [...] Nadie puede negar que empeñé mi vida por esta patria, que luché sin respiro por esta nación. Algunos me llaman ‘El Loco’. Otros, ‘Don Yo’. ¿A mí... que logré lo que muchos quisieron ser en sus vidas? ¿A mí, que lo único que me faltó fue ser obispo y porteño?”.

Sarmiento piensa en las mujeres de su vida, en sus debates por la educación laica, recuerda a Dominguito, ajusta cuentas con Mitre, con Alberdi, con Roca y con Hernández y el Martín Fierro, que transcurre durante su gobierno y ocupará el lugar de texto fundacional de la literatura nacional. Es un Sarmiento que se piensa desde la historia y no desde la literatura.

Como resultado, la novela de Nahmías le quita lo más provocador de su escritura: la capacidad de fabular y persuadir. Es un Sarmiento veraz, confesional, contradictorio, pero, y a pesar de esas incongruencias, en última instancia un patriota positivo, humano. Quizá su claridad lo vuelve un libro más interesante para el debate historiográfico que para la ficción.

Como sea, Domingo Faustino Sarmiento continúa siendo el autor clave en el cruce entre escritura y política. Como señala la ensayista Beatriz Sarlo, se trata de un “paradójico destino para el intelectual, cuya fuente de poder son únicamente la escritura y el discurso, pero que debe acceder por ellos al lugar donde es posible el ejercicio de la fuerza”.

El inmortal, Gustavo J. Nahmías. Edhasa, 128 págs.

Sanmierto, Emilio Jurado Naón. Leteo, 136 págs

Reseña: La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward

El gótico sureño revisitado desde Netflix
Linchamientos, trabajo esclavo, adicción, violencia doméstica y odio resumen para Ward el siglo XX de los EE.UU.

por Emilio Jurado Naón

Parchman Farm, la Penitenciaría de Misisipi, es el perímetro elegido por la novelista estadounidense Jesmyn Ward para unir, en clave de gótico sureño, el pasado y el presente de la violencia racial contra afroamericanos. Linchamientos, trabajo esclavo, adicción, violencia doméstica y crímenes de odio encubiertos por la policía se entrelazan, en La canción de los vivos y los muertos (Sing, Unburied, Sing), con la historia de una familia que ha vivido en carne propia gran parte del siglo XX estadounidense, y lo que va del XXI.

A pesar de la compleja trama de personajes, intenciones y tiempos narrativos que elabora la novela (y cuyos nudos la contratapa del libro aprieta aún más), la historia se puede resumir como la errancia de un alma en pena en busca de la verdad acerca de su muerte. Allá lejos y hace tiempo, cuando el abuelo del joven Jojo cumplía condena en Parchman, actuó como protector de un joven presidiario, Richie, blando ante los trabajos forzados y la malicia de los guardias. La penitencia postmortem de Richie encuentra su razón de ser cuando entra en contacto con Jojo, quien detenta en secreto el don oír la canción de los muertos. “Hay palabras que no entiendo, como si le hubiera dado vuelta al lenguaje. Un animal despellejado, con la piel al revés”, piensa Jojo en uno de los momentos más álgidos de este relato faulkneriano.

La precisión de imágenes sensoriales, el monólogo interior y los cambios de perspectiva dan cuenta de un trabajo concienzudo del género novelístico, en la corriente del modernismo. Sin embargo, la corrección política que lleva a La canción de los vivos y los muertos a acumular subtemas de incumbencia social (al racismo se le suman la violencia familiar, la maternidad adolescente, el consumo y el tráfico de drogas), y la multiplicación de géneros literarios a mansalva (el terror trabajado con pluma cinematográfica, pero también el road-trip y la novela de aprendizaje) invitan a leerla más como un buen punto de partida para una película futura que como una novela moderna. (Tal vez sea eso la novela moderna de la actualidad: un escalón a Netflix).

Es innegable la calidad narrativa del libro que le valió a Ward el National Book Award (¡por segunda vez!), pero, a riesgo de sonar estulto, la calidad no lo es todo. Se puede disfrutar el oficio de una novelista, incluso las variaciones en el estilo a la hora de reactualizar temas y conflictos que hace ochenta años fueron innovadores, pero lo cierto es que la técnica de esta novela parece seguir los pasos pautados de la escuela de guion hollywoodense: jugosa presentación de los personajes y sus vínculos, contexto político reconocible y aceptado como “importante” por el pensamiento socialdemócrata, y un final revelador (en este caso, cómo y por qué murió Richie), a la vez enternecedor y tremendo.

Una novela sin riesgos estéticos y con un final predecible es eso: una novela buena.

La canción de los muertos y los vivos, Jesmyn Ward. Trad. F. González L. Sexto Piso, 260 págs.

Publicada en Revista Ñ / Clarín, el 04/07/2019

Sanmierto o el regreso del escritor (Evaristo Cultural)


En su último libro, Emilio Jurado Naón retoma la figura del prócer y juega con el lenguaje reorganizándolo para proponer nuevas formas literarias experimentales.

Sanmierto, Sarmiento, Sarrrrniento…

Terminado el Sanmierto de Emilio Jurado Naon es inevitable caer en esta y otras confusiones
ortográficas indignantes para la Real Academia. Así como el orden del lenguaje que debe
emplearse para escribir una novela, relato o un poema se ve vituperado. Pero nada de eso es
Sanmierto, en realidad, sino más bien los relatos de vida del prócer mitrista y patriótico por
excelencia. Para ello hay un uso de la prosa que, si Sarmiento viviera, estaría orgulloso de
haber hecho escuela. ¿Cómo volver a hablar de Sarmiento – tal vez junto con el Martín Fierro-
el y los poemas esfingos fundamentales de nuestra patria fundadora más remitidos por la
literatura de todas las direcciones y sentidos políticos? Parodiándolo, por supuesto. El
parodiador parodiado. La farsa se repite.

“Estaba frenético, demente, y concebí (uñas chirriantes contra la mesa de caoba, arruinada su
limpidez pura por las rayas paraleloides de un pentagrama colérico) la idea sublime de
desacierto de castigar a Chile entero ¡Chile todo!, de declararlo ingrato, vil frenético infame.
Me imaginé de crudas botas de montar y montándome a Chile entero, todo Chile: yo arriba
estrujando los lados de un potro indómito que, cimbronazo a cimbronazo, cedía. Y se volvía
pasivo ante mis descargas sádica ¡plaum! ¡pla! Con el látigo de tres puntas laceraba el lomo de
la bestia, los ojos eyectados en sangre, resoplando mucosa burbujeante por los lagrimales y
eyaculando baba entre labios de complot.”

Retomar una de las mejores plumas de la nación agropecuaria y sus propias autoreferencias
vivenciales, pilares estructurales de la literatura argentina, y reescribirlas es la consigna. El
lenguaje del maestro del aula evolucionó y ahora en Sanmierto se expresa en un presente
literario de un país que, estoy seguro, nunca soñó; donde priman desde obras de
problemáticas burguesas del norte citadino en lenguaje grabado y escrito por escribas
electrónicos, hasta las más interesantes (y las que nos gustan) reinterpretaciones de nuestras
obras clásicas literarias con nuevas perspectivas como La China Iron, pasando por reescrituras
de una historia Argentina que nunca existió en esta dimensión – pero sí en otros multiversos,
¿quién sabe?- como un episodio en la vida del pintor viajero o, entre otros, la antología de la
literatura Argentina de Jimena Schere, jugando con un lenguaje castellanizado rioplatense que
ha cambiado en sus fonemas como debe cambiar en su sintaxis.

“Blanca como los almidonados alumnos de la Escuela de la Patria.
-¿Qué patria? ¿La mía o la suya? A no confundir. Usted abusa de las comparaciones, recurso
filoso si los hay.
-Pero, Domingo Faustino… está perdiendo el hilo de la parábola.”

Sanmierto es un personaje de escritura pegajosa más propia del siglo de oro español que de
las literaturas revolucionarias de Latinoamérica, pero en el humor radica su impronta. La ironía
oculta (o no tanto) dentro de una terminología de otro siglo (renovando su frescura alternando
onomatopeyas e interjecciones) y oraciones enumerativas, podrían llevar al lector al olvido de
la temática que trata, pero un giro donde se entiende que tales palabras no eran más que un
insulto a una patria (¿cuántas hay?), el cercenamiento de una niña, el seco y grietoso desierto
sanjuanino o los compañeros de armas e ideas y sus peculiares fisonomías, eleva la oración y
descansa la vista. En los giros permanentes pasamos de interpretar los detalles microscópicos
de la biota verde pampeana a cómo avanza un ejército de manera zigzagueante para organizar
una república o un simple motín que acabe con la nación antes de nacer. Una dinámica
adictiva que no se detiene hasta el punto final, donde, mención aparte, aparece un posfacio crítico y destructivo del verdadero enemigo (examigo) intelectual del padre del aula: Juan Bautista Alberdi.

La propia escritura citada del prócer permite jugar con las formas y enredarse con palabras
abriendo múltiples relecturas y liberando también mundos imaginarios, fantasiosos,
metafóricos, que pueden estar ocurriendo como también pueden ser parte de la mente del
narrador que piensa como interactúa; en voz alta (¿o escrita?). Sin faltar también, eso que
tanto nos gusta a los criollos: sangre y escatología.

“Yo quedé con la mente enturbiada; pero, qué hacerle: me abrí el cráneo con un cortaplumas
– obsequio de despedida que Montt había sabido ofrecerme en mi vuelta a Chile – y descuajé
cerebro y cerebelo para, acto seguido, sumergirlo en una pecera de desbordante vinagre (…)
Momentos después llegó el Dr. Tamini y ordenó que me volvieran a colocar las partes en el
vacuo cráneo. Los vasallos del gobierno central se agitaron en derredor y acataron órdenes: la
tapa fue cerrada pero quedó medio abierta: ¡clanc clanc!”

La portada del libro muestra a un Sarmiento transvestido de dama antigua con un abanico, sin
perder su clásica mirada ilustre hacia un horizonte imaginario infinito. Pero atentos, ¡Oh
nobles y magnánimos puristas del respeto a los mayores, la moral (correcta) y las formas ya
enseñadas y repetidas hasta el hartazgo! No se trata de un insulto enmascarado en lenguaje
inclusivo new age. Es por el contrario un collage que, se cree, él mismo envió en vida (¿con
tono irónico?) a “los murgueros de Carapachay”. Y así como esa, otras fotos tomadas del
propio museo sarmientino, adornan la narrativa de Jurado Naon, dejando la marca de la nueva
colección Vita nuova de la editorial Leteo, cuyo formato permite llevar adelante la lectura con
la dinámica que merece, así como un azul claro intenso de sus tapas atrae la mirada del lector
compulsivo que en una librería cualquiera no puede evitar tomarlo en sus manos y (h)ojear de
qué se trata.

“Do-Do…Do-Don Domingo- me dijo, repitiéndose, el santo insoportable (tan angelical que
sospeché alas de ángel arrugándosele dentro de la joroba)-. Me han mostrado los impresores,
nerviosos como telégrafos, el artículo dado para mañana…
-Lo siento, soy un hueso
– ¿Ha calculado usted las consecuencias? ¿Calculado, realmente, lo que viene? ¿Lo que se
avecina? ¿El desastre? Las nubes se tiñen de azafrán y el Pacífico crece en turbación. Ayer, sin
más, un pescador exhibió, ante atónita turba, un pulpo de madera que ladraba.
-No creo en presagios
-No es presagio, es evidencia.
-Nada es evidente cuando un país entero le da a uno la espalda.”

La rescritura de Sanmierto permite jugar con su arma favorita: la palabra escrita; la prolijidad
prosaica de un maestro que enseña a escribir usando todos los signos de puntuación y orden
sintáctico que corresponde aun cuando opina del aspecto físico de sus visitantes conectando
sus pensamientos en una catarata de conceptos asociados, es una tentación a la manipulación
de los signos y los momentos de corte sin autorización:

“Hizo hincapié, Tamini, en este aspecto: la ausencia de vello en Sandes. Aun en un álgido
momento como aquel, la visión repentina del vientre cándido de su paciente lo llenó de una
calma que. Se tomó, Tamini, un tiempo para explicarse: la panza sin pelos de Sandes se le apareció como una curiosidad aparentemente menor, que con el paso del tiempo se revelaría
de una importancia excesiva, abrumadora. Se imaginó a sí mismo en el futuro, con el cuerpo
anciano y rupestre. Se vio con las ancas acurrucadas en almohadones rechonchos y una copa
de borgoña en la palma de la mano extendida hacia lo alto…”

Civilización y barbarie. Su fisura es el núcleo de nuestra patria ganadera. Acabar con eso es tan
inviable como cambiar de bandera y moneda (discusiones que dos siglos después seguimos
manteniendo con el mástil en alto como el primer día). Pero el ejercicio de sostener
contrafácticos o interpretaciones de la historia en cinco palabras, es nuestra mayor fuente de
inspiración. Hasta tanto eso no cambie, abusemos de nuestros próceres: ¡Honor y gratitud!

Adrián Minzi
Publicada en Evaristo Cultural el 10/09/2019

Gloria y loor (Radar / Página12)



Director de la revista de poesía Rapallo, Emilio Jurado Naón presenta una nouvelle notable sobre la figura de Sarmiento. Sanmierto sigue los pasos desmesurados del padre del aula en una versión paródica y experimental en el lenguaje.



por Augusto Munaro

El segundo libro de Emilio Jurado Naón, busca lo que pocos se imaginaron alguna vez: una suerte de cuasi-autobiografía de Sarmiento, escrita más bien, siguiendo el flujo de su conciencia, sin filtros, claro, la conciencia aglutinada del sanjuanino al borde de la locura. Lascivo, políticamente incorrecto, inmoral hasta el retruécano. Como es de esperar, una propuesta semejante evade casi todos los argumentos posibles (de hecho, Sanmierto es una colección de capítulos que operan más como viñetas aisladas, que como una obra episódica). Esta “nouvelle”, intensamente escrita, narrada en primerísima persona, podría sumarse a una serie de libros publicados en la última década, donde se busca reestructurar los modos de lectura de nuestro pasado literario. El resultado es todo un hallazgo, ya que pone de manifiesto una escritura atípica, provocadora y audazmente superadora de los dictámenes del gusto epocal , en la medida en que se genera un franco ejercicio de la libertad y exploración lúcida de las potencialidades del idioma de los argentinos. Uno que continúa haciéndose a diario, desde aquel lejano y distante 1810. Por otra parte, la cuota experimental aquí es relevante, y en absoluto accidental: cada palabra posee su peso específico de figuración, su razón de estar en la página.

Al (¿simular?) parcialmente el estilo histriónico de Facundo y Recuerdos de provincia, Jurado Naón alcanza a expandir el arsenal lingüístico de Sarmiento, dislocando a nuestro prócer decimonónico, en una serie de situaciones notablemente intrigantes. El lector lo encontrará ya exiliado, en un calabozo envuelto en una orgía de niñas púberes; en Santiago de Chile manteniendo conversaciones tan irrisorias como delirantescon un imprentero y en una sala de operaciones, entre algunas otras bizarras circunstancias. La galería de personajes es, asimismo, inolvidable: Don Antonio Jacobo, el Dr. Villegas (quien muere fusilado “por haber sacado del banco dos millones de pesos con una orden que firmara Rosas”); el Dr. Tamini quien ingresa de cuerpo entero en el ombligo del Comandante Sandes, con el fin de extraer una camiseta de la herida. Antológica resulta la secuencia, cuando en un rapto de ¿delirio?, Sarmiento se abre su propio cráneo con un cortaplumas para descuajar cerebro y cerebelo, y así “sumergirlos en una pecera de desbordante vinagre”.


El desplazamiento físico-temporal entre cada capítulo y episodio es evidente, haciendo que el ritmo se revele en el estilo enfático, por momentos caricaturesco, panfletario, que se cristaliza en cada peripecia. De este modo, recurre a un arsenal de metáforas vetustas que vueltas en uso, curioso, otorga otro ritmo de significantes. Aquí un ejemplo: “Me miro las uñas crecidas de más y no puedo contener una lágrima que recorre los valles de mi gesto oblongo”, o bien: “el libro aplaude su exhausto oleaje sobre la orilla”; “tamborileó el brazo” . Allí su originalidad, un chocante y pulposo (por no decir aparatoso) fraseo barroco que audazmente propone la dificultad del lenguaje literario como valor estético. Pues hay una verdadera puesta en marcha por hacer de su escritura, un espacio donde desplegar parte de la riqueza de nuestro idioma, de donde resulta una textualidad que obliga al lector a recurrir con frecuencia al auxilio del diccionario (“maloquero”, “grupejo”, etc.).

Sanmierto no es sólo una sátira ampulosa. Es mucho más, claro. Ante todo (y sobre todo), una inercia imaginativa excesiva, acumulativa con la que avanza página tras página. De un opulento barroco, dijimos, deformante, que se hace sólo al andar. Contraria a la obviedad de las novelas históricas convencionales, su prosa autorreflexiva es constante; elástica, enfrenta duelos semánticos, para percibir la literatura, por momentos, como un objeto sin objetivo. Una interpretación de la realidad o una hipótesis imaginativa sobre el lenguaje.

Jurado Naón tiene un oído muy atento a las exigencias de la legua. El ritmo, el fraseo de su prosa verbosa, nos recuerda que no se trata de una coincidencia el hecho que sea uno de los editores de la revista de poesía Rapallo, publicación en papel, que se especializa en la difusión de poemas y ensayos contemporáneos, ofreciendo un lugar relevante a la traducción, la crítica y la entrevista.

Por eso, resulta casi natural que la lengua sea, insistimos, la verdadera protagonista de este notable libro. La lengua sarmientina, claro, que se expande, recorriendo todo un arco de combinaciones especulares posibles: desde lo sublime a lo sórdido. César Aira alguna vez afirmó que no importan tanto los libros, sino los procedimientos con que éstos están escritos. Este libro lo ratifica. Podría haberse extendido infinitamente sin perder vigor ni frescura anecdótica. La rigurosa edición incluye una serie de fotografías e ilustraciones de época que ayudan a visibilizar mejor ciertos rasgos estéticos del programa que intenta sobrellevar Jurado Naón. El epílogo del libro (“Quinta carta quillotana”, escrita por Juan Bautista Alberdi), podría haberse reducido, acaso, por ser demasiado explicativa. Un ejercicio de iconoclasia para lectores que gustan internarse en las “catacumbas ponzoñosas de la voz sarmientina”.


RADAR, Página/12 - 11 de agosto de 2019

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