Una idea sobre el adjetivo provinciano. Una idea sobre el tiempo. Una idea sobre la vanguardia y su contrario. Una idea sobre la conversación. Si Ciudad, 1951 de María Lobos puede leerse como una novela de ideas es, en parte, porque la narración y sus personajes proponen y se posicionan –con contundencia o liviandad, según el caso– en relación a un puñado de asuntos cruciales, y, en parte también, porque sus novelas encaran la ficción como espacio de disputa intelectual. No solo lo que la novela dice sobre ciertos problemas, sino –y sobre todo– lo que la novela hace con ellos.
La ciudad caminada por una pareja de arquitectos amigos y amantes, Benita y Charles; una conversación que se ramifica, se interrumpe, vuelve sobre ciertos temas o deja frases sin terminar, según los caprichos propios de una charla íntima, pero también con la respiración entrecortada que impone el terreno en subida hacia el cerro; el paisaje vuelto sustantivo (“San Miguel era una ciudad de azoteas abundantes”), evasivo de toda exuberancia exotista y desconfiado de los clichés visuales –más devoto, en cambio, del tacto (la humedad del aire al entrar en la yunga) y el oído (pájaros, helicópteros y transporters). Dice Benita: “El arte serio manipula los materiales como si estuvieran vivos. La vanguardia no tiene ningún respeto por los materiales”.
La geopolítica de María Lobo no es romántica del territorio: no pretende defender ninguna enunciación minoritaria ni periférica de la literatura que escribe. Antes bien, querría sacarse de encima los gentilicios. El problema de Ítalo Calvino, como dice uno de los personajes al tratar de entender por qué la crítica era refractaria a sus primeras publicaciones, era ser italiano en vez de francés. Ciudad, 1951 se tensa entre, por un lado, el deseo de superar el mapa de las artes –y los lugares asignados a cada uno en esa correlación de fuerzas estéticas– y, por otro, el orgullo de la ciudad donde se proyectó y comenzó a construir la más grande ciudad universitaria de América Latina, con el apoyo de Juan Domingo Perón.
Como sus recientes San Miguel y El interior afuera, la nueva ficción de María Lobo es una novela de ideas que se teje en el relato amoroso. Y tiene, también, una fibra de ciencia ficción (más que nada alegórica): algunas personas recuerdan el futuro. No son muchas, pero dos de ellas se encuentran, en el lapso que dura su estancia en San Miguel para la construcción de la Ciudad Universitaria; Charles y Benita saben que después de ese año, 1951, ya nadie tendrá más recuerdos del futuro. El proyecto trunco –un proyecto peronista: americanista, con un espíritu de vanguardia que se debate entre el racionalismo y el organicismo– se convertirá en ruina moderna cuando se detengan las imágenes vívidas que vienen del futuro.
El espacio, en Ciudad, 1951 cobra sentido en tanto logre condensar y conservar la memoria de una experiencia: “Ella dijo que una ciudad podía destruirse aunque todos sus edificios se mantuvieran intactos al paso del tiempo. Bastaba con que las personas, en el futuro, llegaran a la montaña y se pararan frente a la estructura de hormigón y no supieran qué había sido aquel proyecto.”
Reconstruir –rediscutir– el sentido de las ciudades capitales de provincias, de los pueblos de provincias, de los países de América del sur y de los países de Europa es la forma en que María Lobo se hace un lugar en la literatura. Se hace un lugar discutiendo la idea, propiamente, de lugar.
Una idea del espacio. Una idea del habla. Una idea del enemigo. Quizás no haga falta más que estas tres definiciones para escribir una novela realista. En Ciudad, 1951, María Lobo consolida una definición nítida y orgánica de asuntos contemporáneos, y marca un hito en la novela argentina.
Publicada en Ñ (25/08/2024).
Ciudad, 1951
María Lobo
Tusquets
2024
224 páginas
Empezar con Juana Bignozzi por el final
Todo final imprime un sentido. Si esa impresión resulta definitiva o no, eso es un asunto que escapa a los alcances de una sola generación. La mitología de la época, así como la mitología de las generaciones y de la figura de autor, es uno de los insumos principales con los que trabaja la poesía de Juana Bignozzi (1937-2015), elemento del cual posiblemente se desprenda su cualidad maleable, la permeabilidad de su poesía a lectores de camadas sucesivas: desde los poetas de izquierda con quienes conformó el grupo El Pan Duro, cercano al PC, durante los años sesenta hasta aquellos “amigos jóvenes” con los que se codeó a comienzos de los 2000 y que aparecen referidos en los versos de sus últimos años.
La vida en serio es el primer volumen que de la obra completa de Juana Bignozzi, al cuidado de Mercedes Halfon, y reúne los poemas publicados, inéditos y dispersos entre 1998 y 2019, así como el aparato crítico que fue acompañando esta segunda etapa de su trayectoria: desde el regreso de la autora a Buenos Aires, después de décadas en Barcelona, hasta la publicación póstuma de Novísimos. El segundo volumen incluirá la poesía Bignozzi desde 1960 hasta el inicio de este primer tomo, como advierte Halfon en el texto introductorio “Empezar por el final”. Y esta inversión en la cronología (que bien puede estar atada a criterios editoriales) conspira contra toda idea de clausura. Un libro lápida es el temor de muchos poetas en ejercicio, y ese fantasma cobra consistencia real cuando se llega al final de una vida; pero Bignozzi ya se adelantaba a tal posibilidad, volviéndola material de sus propios versos cuando apuntaba en si alguien tiene que ser después (2010): “espero no ser memoria bóveda/ ni nombre de un concurso para poetas jóvenes”.
Un libro lápida para una poeta de lengua lapidaria es un contrasentido. ¿Quién osaría robarle a Juana la última palabra? El poema que ocupa la contratapa de la presente edición (en cuanto a la lectura de un libro se refiere, las contratapas son otro cierre se vuelve principio) aborda directamente el problema de la inmutable posteridad: “cuando yo esté muerta un libro va a llevar mi nombre/ se llamará obra completa porque nunca más/ podré agregar una línea …” Sin embargo, en ese poema, luego de enumerar un breve repertorio de arquetipos, valga el oxímoron, personales de Bignozzi (“y ahí estará mi muy primera juventud/ las etapas intermedias/ poemas sueltos de un momento de ilusión/ la última pasión antes de volver a la verdadera … ”), se perfila el carácter específico, si no de toda construcción de un yo poético, al menos de la manera en que Bignozzi lo cultivó con cada verso de cada poema en cada libro de cada década: “se darán cuenta de que este monumento/ estuvo hecho de grietas/ que nunca se vieron”.
Un busto del artista que con el tiempo se agrieta es elocuente no solo de una verdad (toda identidad es una construcción) sino que también se vuelve alegoría de un proceso, muy personal, de composición. Se sabe que el método de escritura de Bignozzi era cercano al montaje: cuenta Mercedes Halfon, en el prólogo a Novísimos, que Juana escribía “en papelitos, en el costado de una revista, en la parte de atrás de un sobre usado, en las orillas de un diario”. Líneas sueltas que luego pasaban a la página recortadas y pegadas, reescritas, hasta que el poema llegara a una versión más acabada; un equilibrio entre la fragmentación y la forma orgánica que le confería a sus poemas la apariencia, difícil de lograr, de la facilidad.
Esta sprezzatura (el “cuidado descuido” perfeccionado por artistas del Renacimiento) que caracteriza la poética de Bignozzi se desprende de las cesuras que impone la puntuación. Un recurso que la poeta adopta tempranamente y sostiene hasta sus últimos poemas (y que Halfon asocia a la renuencia de Juana a “poner un punto final en su poesía”). Comas y puntos caen, junto a otros signos que no sean el corte de verso, en un movimiento que confía toda musicalidad a la entonación y los acentos internos de cada línea, sin el arnés de una métrica fija: “mientras mis colegas escriben los grandes versos de la poesía argentina/ yo hiervo chauchas ballina/ señora me dijo el verdulero ni anchas ni finas pura manteca/ también me dedico a otras alegrías la exposición sobre las guerras del brigadier y su época/ ni un alma mirando/ afuera la gente pesca al sol en puerto madero …” Un alarde de oralidad que parece no necesitar de las convenciones propias del texto impreso (al contrario, las aborrece) para otorgarle naturalidad a su discurso.
Pero todo período clásico, se dice, culmina en manierismo: cuando vuelven, una vez más, las cesuras, aunque bajo una nueva forma. El libro Las poetas visitan a Andrea del Sarto (2014) sea quizás el mejor entre los que compila La vida en serio. En primer lugar porque ahí Bignozzi, como anota Martín Gambarotta en la contratapa a la primera edición, “ofrece con humildad lo único que se le debe exigir a una serie de poemas sin importar los galardones del autor: algo nuevo”. Pero también porque esa innovación en plena edad provecta (prueba de que son, de vuelta según Gambarotta, “los versos de una poeta eternamente joven”) está al servicio de un contrapunto entre la voz del pintor manierista Andrea del Sarto y la voz de la poeta argentina, que aparecen intercalados en cursiva; una conversación en la que ambos alzan miradas retrospectivas hacia sus primeros años y las fantasías incipientes de consagración: “toda Florencia me miraría/ toda la calle Corrientes me miraría”. Es una charla que iguala pintura y escritura según la línea firme de la, como solía definir Juana, poesía ideológica (“nadie pinta nadie escribe/ sin un duro mandato”) y que consigue hacer del anacronismo una didáctica tanto para el artista maduro como para los jóvenes iniciados: “la primera virgen que pinté tenía sólo la cara de otras vírgenes/ y los ojos de otros pintores/ como el poeta cuando escribe por las palabras de otro/ cuando aún joven no conoce sus palabras/ y entonces son caras y palabras misteriosas y vacías”. Las vetas, al fin, se muestran en este poema de largo aliento y, muy lejos de agrietarlo, subrayan con fuerza la autonomía de algunos versos rotundos (“ellos no creen que seremos eternos/ pero sólo lo seremos con un duro mensaje”); un estilo inspirado en, y traducido de, aquella bella maniera de sus dilectos pintores italianos.
Entre los textos inéditos de La vida en serio se incluye también uno que se destaca del conjunto: “La escalera de Aracoeli”, un poema que, además de revisitar el tópico italiano caro a Bignozzi (realce de la imagen hiperbólica de “aristocracia obrera” que le gustaba ostentar) y presente en varios poemarios, remeda el ascenso dantesco hacia el paraíso por los escalones de la basílica romana de Santa María, que culminan en un Niño Jesús de oro. Pero el poema de Bignozzi no encuentra redención en esa estatuilla, sino, muy por el contrario, un atisbo del vacío: una imagen de lo completamente ajeno a los parámetros sólidos de su poética (ella solía repetir, como recuerda Gambarotta, que “la poesía era una prueba de carácter”). El punto cenital de esa ascensión por la escalera de Aracoeli es, para Juana, un punto ciego: uno que abre la pregunta de si “lo ajeno a mi vida a mis ideas/ como esta escalera y ese niño dorado allá arriba/ podían guardar una enseñanza para mí”.
La vida en serio no reúne tal vez los poemas más representativos de la Juana Bignozzi que coronó Diario de Poesía con su famoso dossier de 1998, pero sí conjuga la vena renacentista, al borde de un manierismo licencioso, con una apertura hacia hacia formas nuevas y nuevas vetas, que incluso otean, al final de una vida y un proyecto estético, todo aquello que puede haber quedado afuera, todo eso “ajeno a mi vida”. Fórmula química que puede derruir el yeso conservando, de todas formas, el núcleo duro de una poética. Una estética que Bignozzi sintetiza en “Ángel de la Anunciación” cuando escribe “no se abandonan los oficios no se cambian rápidamente las adhesiones según los fracasos o las derrotas/ se persiste/ perdido el destinatario y vaciado el mensaje/ seguiré anunciando porque fui enviado a este mundo para inquietar y nadie me callará”.
La vida en serio es el primer volumen que de la obra completa de Juana Bignozzi, al cuidado de Mercedes Halfon, y reúne los poemas publicados, inéditos y dispersos entre 1998 y 2019, así como el aparato crítico que fue acompañando esta segunda etapa de su trayectoria: desde el regreso de la autora a Buenos Aires, después de décadas en Barcelona, hasta la publicación póstuma de Novísimos. El segundo volumen incluirá la poesía Bignozzi desde 1960 hasta el inicio de este primer tomo, como advierte Halfon en el texto introductorio “Empezar por el final”. Y esta inversión en la cronología (que bien puede estar atada a criterios editoriales) conspira contra toda idea de clausura. Un libro lápida es el temor de muchos poetas en ejercicio, y ese fantasma cobra consistencia real cuando se llega al final de una vida; pero Bignozzi ya se adelantaba a tal posibilidad, volviéndola material de sus propios versos cuando apuntaba en si alguien tiene que ser después (2010): “espero no ser memoria bóveda/ ni nombre de un concurso para poetas jóvenes”.
Un libro lápida para una poeta de lengua lapidaria es un contrasentido. ¿Quién osaría robarle a Juana la última palabra? El poema que ocupa la contratapa de la presente edición (en cuanto a la lectura de un libro se refiere, las contratapas son otro cierre se vuelve principio) aborda directamente el problema de la inmutable posteridad: “cuando yo esté muerta un libro va a llevar mi nombre/ se llamará obra completa porque nunca más/ podré agregar una línea …” Sin embargo, en ese poema, luego de enumerar un breve repertorio de arquetipos, valga el oxímoron, personales de Bignozzi (“y ahí estará mi muy primera juventud/ las etapas intermedias/ poemas sueltos de un momento de ilusión/ la última pasión antes de volver a la verdadera … ”), se perfila el carácter específico, si no de toda construcción de un yo poético, al menos de la manera en que Bignozzi lo cultivó con cada verso de cada poema en cada libro de cada década: “se darán cuenta de que este monumento/ estuvo hecho de grietas/ que nunca se vieron”.
Un busto del artista que con el tiempo se agrieta es elocuente no solo de una verdad (toda identidad es una construcción) sino que también se vuelve alegoría de un proceso, muy personal, de composición. Se sabe que el método de escritura de Bignozzi era cercano al montaje: cuenta Mercedes Halfon, en el prólogo a Novísimos, que Juana escribía “en papelitos, en el costado de una revista, en la parte de atrás de un sobre usado, en las orillas de un diario”. Líneas sueltas que luego pasaban a la página recortadas y pegadas, reescritas, hasta que el poema llegara a una versión más acabada; un equilibrio entre la fragmentación y la forma orgánica que le confería a sus poemas la apariencia, difícil de lograr, de la facilidad.
Esta sprezzatura (el “cuidado descuido” perfeccionado por artistas del Renacimiento) que caracteriza la poética de Bignozzi se desprende de las cesuras que impone la puntuación. Un recurso que la poeta adopta tempranamente y sostiene hasta sus últimos poemas (y que Halfon asocia a la renuencia de Juana a “poner un punto final en su poesía”). Comas y puntos caen, junto a otros signos que no sean el corte de verso, en un movimiento que confía toda musicalidad a la entonación y los acentos internos de cada línea, sin el arnés de una métrica fija: “mientras mis colegas escriben los grandes versos de la poesía argentina/ yo hiervo chauchas ballina/ señora me dijo el verdulero ni anchas ni finas pura manteca/ también me dedico a otras alegrías la exposición sobre las guerras del brigadier y su época/ ni un alma mirando/ afuera la gente pesca al sol en puerto madero …” Un alarde de oralidad que parece no necesitar de las convenciones propias del texto impreso (al contrario, las aborrece) para otorgarle naturalidad a su discurso.
Pero todo período clásico, se dice, culmina en manierismo: cuando vuelven, una vez más, las cesuras, aunque bajo una nueva forma. El libro Las poetas visitan a Andrea del Sarto (2014) sea quizás el mejor entre los que compila La vida en serio. En primer lugar porque ahí Bignozzi, como anota Martín Gambarotta en la contratapa a la primera edición, “ofrece con humildad lo único que se le debe exigir a una serie de poemas sin importar los galardones del autor: algo nuevo”. Pero también porque esa innovación en plena edad provecta (prueba de que son, de vuelta según Gambarotta, “los versos de una poeta eternamente joven”) está al servicio de un contrapunto entre la voz del pintor manierista Andrea del Sarto y la voz de la poeta argentina, que aparecen intercalados en cursiva; una conversación en la que ambos alzan miradas retrospectivas hacia sus primeros años y las fantasías incipientes de consagración: “toda Florencia me miraría/ toda la calle Corrientes me miraría”. Es una charla que iguala pintura y escritura según la línea firme de la, como solía definir Juana, poesía ideológica (“nadie pinta nadie escribe/ sin un duro mandato”) y que consigue hacer del anacronismo una didáctica tanto para el artista maduro como para los jóvenes iniciados: “la primera virgen que pinté tenía sólo la cara de otras vírgenes/ y los ojos de otros pintores/ como el poeta cuando escribe por las palabras de otro/ cuando aún joven no conoce sus palabras/ y entonces son caras y palabras misteriosas y vacías”. Las vetas, al fin, se muestran en este poema de largo aliento y, muy lejos de agrietarlo, subrayan con fuerza la autonomía de algunos versos rotundos (“ellos no creen que seremos eternos/ pero sólo lo seremos con un duro mensaje”); un estilo inspirado en, y traducido de, aquella bella maniera de sus dilectos pintores italianos.
Entre los textos inéditos de La vida en serio se incluye también uno que se destaca del conjunto: “La escalera de Aracoeli”, un poema que, además de revisitar el tópico italiano caro a Bignozzi (realce de la imagen hiperbólica de “aristocracia obrera” que le gustaba ostentar) y presente en varios poemarios, remeda el ascenso dantesco hacia el paraíso por los escalones de la basílica romana de Santa María, que culminan en un Niño Jesús de oro. Pero el poema de Bignozzi no encuentra redención en esa estatuilla, sino, muy por el contrario, un atisbo del vacío: una imagen de lo completamente ajeno a los parámetros sólidos de su poética (ella solía repetir, como recuerda Gambarotta, que “la poesía era una prueba de carácter”). El punto cenital de esa ascensión por la escalera de Aracoeli es, para Juana, un punto ciego: uno que abre la pregunta de si “lo ajeno a mi vida a mis ideas/ como esta escalera y ese niño dorado allá arriba/ podían guardar una enseñanza para mí”.
La vida en serio no reúne tal vez los poemas más representativos de la Juana Bignozzi que coronó Diario de Poesía con su famoso dossier de 1998, pero sí conjuga la vena renacentista, al borde de un manierismo licencioso, con una apertura hacia hacia formas nuevas y nuevas vetas, que incluso otean, al final de una vida y un proyecto estético, todo aquello que puede haber quedado afuera, todo eso “ajeno a mi vida”. Fórmula química que puede derruir el yeso conservando, de todas formas, el núcleo duro de una poética. Una estética que Bignozzi sintetiza en “Ángel de la Anunciación” cuando escribe “no se abandonan los oficios no se cambian rápidamente las adhesiones según los fracasos o las derrotas/ se persiste/ perdido el destinatario y vaciado el mensaje/ seguiré anunciando porque fui enviado a este mundo para inquietar y nadie me callará”.
Publicado en revista Ñ (12/07/2024)
Cuentos irlandeses contemporáneos
El cuento es irlandés, parece afirmar Cuentos irlandeses contemporáneos. Para más datos: el cuento es irlandés y es realista. En el prólogo, los compiladores Sinéad Mac Aodha y Jorge Fondebrider repasan las más recientes etapas del género en la cultura irlandesa, que parece oscilar entre períodos de apertura y de autonomía. El giro, cerca del cambio de siglo y deudor de lecturas continentales, impulsado por George Moore y James Joyce sobre una literatura que hasta entonces abrevaba en el folclore y la tradición oral de las islas representa el inicio cronológico del volumen. Lo sucede, durante las luchas por la independencia y la guerra civil, un período de consolidación del realismo paralelo a la cristalización de una identidad nacional moderna. Después de la Segunda Guerra Mundial, se da un relativo aislamiento estético respecto de Europa, que daría pie a que el crítico y compilador Frank O’Connor señalara la soledad como el correlato temático unificador de la cuentística irlandesa de ese entonces. Luego, en los sesenta, con el auge de la profesionalización a través de la publicación en los diarios, el género se renovó al ampliar el espectro temático e incluir ámbitos personales y sociales previamente censurados por una moral conservadora (“la sexualidad, el poder de la Iglesia, la conflictiva cohabitación entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte”). La antología de cuentos irlandeses para uso escolar Exploring English 1, de Augustine Martin, es señalada como una referencia ineludible en la educación nacional que, nuevamente desde el eje temático, explora diversas dimensiones de la vida irlandesa: campo y ciudad, personajes de amplia variedad generacional y de clase.
La autora Anne Enright, como señala por último el prólogo de Cuentos irlandeses contemporáneos, pone el foco de la tradición ya no tanto en los temas sino en un aspecto más bien conceptual que atraviesa la cuentística irlandesa (y que no difiere mucho de la teoría contemporánea sobre el género), el cambio: “Algo ha cambiado. Al final del un cuento se sabe algo que no se sabía antes”.
Este breve pero preciso recorrido histórico y cultural de Irlanda no sólo es coherente con el contenido de la antología (sorprende positivamente la ecuanimidad geográfica, histórica, etaria, estamental y de género que visitan los relatos) sino que también es elocuente acerca de una identidad, buscada y refrendada a lo largo de las décadas, entre imaginario nacional y género literario.
Salvo por tímidas incursiones en la oralidad, los cuentos de estos autores apuestan menos al trabajo formal que a la construcción de un punto de vista singular desde el cual tratar situaciones sociales específicas. Cuentos excelentes como “Transacciones”, de Shelia Purdy, en el que la endeble economía de una anciana llega al límite luego de la internación de su hermano, único sostén; las estrategias de supervivencia diaria de un grupo de jóvenes a quienes la parroquia les condona un local para que administren a duras penas su café lumpenizado, relatadas en “La última cena”, de Wendy Erskine, o la historia de amor oculta en las profundas contracturas del cuerpo de un sacerdote que asiste a un matrimonio al que preferiría no bendecir, narrada por Claire Keegan en “Recorre los campos azules”, son solo algunos casos que perfilan casi un programa realista colectivo de cobertura total de la vida irlandesa y sus transformaciones.
En efecto, habiendo leído este volumen patrocinado por Literature Ireland (“institución dedicada a la promoción de la literatura irlandesa en el extranjero”) uno se convence de que Irlanda y el cuento realista están hechos el uno para el otro. Tal como se presenta, la selección es impecable (en calidad y organicidad); resta la pregunta, sin embargo –latente e intrigante– de qué queda bajo el radar.
La autora Anne Enright, como señala por último el prólogo de Cuentos irlandeses contemporáneos, pone el foco de la tradición ya no tanto en los temas sino en un aspecto más bien conceptual que atraviesa la cuentística irlandesa (y que no difiere mucho de la teoría contemporánea sobre el género), el cambio: “Algo ha cambiado. Al final del un cuento se sabe algo que no se sabía antes”.
Este breve pero preciso recorrido histórico y cultural de Irlanda no sólo es coherente con el contenido de la antología (sorprende positivamente la ecuanimidad geográfica, histórica, etaria, estamental y de género que visitan los relatos) sino que también es elocuente acerca de una identidad, buscada y refrendada a lo largo de las décadas, entre imaginario nacional y género literario.
Salvo por tímidas incursiones en la oralidad, los cuentos de estos autores apuestan menos al trabajo formal que a la construcción de un punto de vista singular desde el cual tratar situaciones sociales específicas. Cuentos excelentes como “Transacciones”, de Shelia Purdy, en el que la endeble economía de una anciana llega al límite luego de la internación de su hermano, único sostén; las estrategias de supervivencia diaria de un grupo de jóvenes a quienes la parroquia les condona un local para que administren a duras penas su café lumpenizado, relatadas en “La última cena”, de Wendy Erskine, o la historia de amor oculta en las profundas contracturas del cuerpo de un sacerdote que asiste a un matrimonio al que preferiría no bendecir, narrada por Claire Keegan en “Recorre los campos azules”, son solo algunos casos que perfilan casi un programa realista colectivo de cobertura total de la vida irlandesa y sus transformaciones.
En efecto, habiendo leído este volumen patrocinado por Literature Ireland (“institución dedicada a la promoción de la literatura irlandesa en el extranjero”) uno se convence de que Irlanda y el cuento realista están hechos el uno para el otro. Tal como se presenta, la selección es impecable (en calidad y organicidad); resta la pregunta, sin embargo –latente e intrigante– de qué queda bajo el radar.
Publicado en revista Ñ (12/05/2024)
Reseña: Berisso, 1928, de Daniel Samoilovich
Berisso 1928. La vida futura
Daniel Samoilovich
Bajo la Luna, 2023
Berisso 1928. La vida futura de Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949) entona el canto de un trabajador comunista de origen ruso al filo de la cesantía y aquejado por pesadillas de un porvenir catastrófico. En el título se condensan características propias del objetivismo que Samoilovich supo cultivar, tanto en su obra como en la dirección del Diario de Poesía: el ojo puesto sobre una localidad específica de la periferia urbana le permite estudiar, como por a través de un prisma, el sistema económico de explotación.
Similar a El carrito de Eneas (2003), donde para la representación de los cartoneros en tanto nuevo fenómeno social se apela a la tradición clásica, Berisso 1928 busca hablar del presente desde escenarios pretéritos: así lo deja entrever el pasaje en que el joven David Bronstein perfora un papel con tipos móviles al elaborar un volante político y se pregunta “¿qué dice allí, qué de la época/ se escapa por esos puntos negros/ rumbo al futuro, a qué futuro que/ hará honor o mofa de nosotros?” Pero la formación militante de un agitador, el trabajo en el matadero, los ecos lejanos de la política soviética y el industrialismo yanqui poco parecen aportar a la etapa argentina actual; antes bien, el canto de quien podría ser “el padre o el hijo de León Trotski, pero no soy/ ninguna de las dos cosas” calza cómodo en el el museo imaginario de la política nacional, sin incomodidades ni rispideces.
Daniel Samoilovich
Bajo la Luna, 2023
Berisso 1928. La vida futura de Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949) entona el canto de un trabajador comunista de origen ruso al filo de la cesantía y aquejado por pesadillas de un porvenir catastrófico. En el título se condensan características propias del objetivismo que Samoilovich supo cultivar, tanto en su obra como en la dirección del Diario de Poesía: el ojo puesto sobre una localidad específica de la periferia urbana le permite estudiar, como por a través de un prisma, el sistema económico de explotación.
Similar a El carrito de Eneas (2003), donde para la representación de los cartoneros en tanto nuevo fenómeno social se apela a la tradición clásica, Berisso 1928 busca hablar del presente desde escenarios pretéritos: así lo deja entrever el pasaje en que el joven David Bronstein perfora un papel con tipos móviles al elaborar un volante político y se pregunta “¿qué dice allí, qué de la época/ se escapa por esos puntos negros/ rumbo al futuro, a qué futuro que/ hará honor o mofa de nosotros?” Pero la formación militante de un agitador, el trabajo en el matadero, los ecos lejanos de la política soviética y el industrialismo yanqui poco parecen aportar a la etapa argentina actual; antes bien, el canto de quien podría ser “el padre o el hijo de León Trotski, pero no soy/ ninguna de las dos cosas” calza cómodo en el el museo imaginario de la política nacional, sin incomodidades ni rispideces.
La ausencia de cualquier alusión al peronismo o a su intento de negación suena a evidente escamoteo (aunque, bien mirado, podría entenderse como la evasión de un material poco afín al poeta). Y, si bien la sátira al discurso libertario es efectiva al referirse a los trabajadores “libres al fin de la necesidad de comer”, su contrafigura política en la realidad actual parece ser menos la Revolución de Octubre que aquel movimiento que aboga por justicia social y felicidad del pueblo.
De todos modos, la factura poética de Samoilovich es alta y variada: no le son ajenos el trabajo de la métrica fecunda del verso libre ni el hábil encabalgamiento ni el capricho de las rimas tanto internas como de las otras (“¡Pero estos son pescados mayorcitos,/ parientes más cercanos! ¡Estos te miran con ojos/ casi humanos!”). El hipérbaton, la imagen modernista, la enumeración concreta de entrañas y detritos, la declamación dramática y la frase coloquial aquilatada son algunos de los recursos administrados con maestría. Salvo en los versos de la vaca (que, dejándose llevar por el descuartizamiento, no se le ocurre qué cantar salvo: “¡Sin decirme ni mú/ apagaste la lú!”), el poeta demuestra que por más incierto se presente el futuro aún conserva el dominio de su instrumento, y lo tañe con holgura.
De todos modos, la factura poética de Samoilovich es alta y variada: no le son ajenos el trabajo de la métrica fecunda del verso libre ni el hábil encabalgamiento ni el capricho de las rimas tanto internas como de las otras (“¡Pero estos son pescados mayorcitos,/ parientes más cercanos! ¡Estos te miran con ojos/ casi humanos!”). El hipérbaton, la imagen modernista, la enumeración concreta de entrañas y detritos, la declamación dramática y la frase coloquial aquilatada son algunos de los recursos administrados con maestría. Salvo en los versos de la vaca (que, dejándose llevar por el descuartizamiento, no se le ocurre qué cantar salvo: “¡Sin decirme ni mú/ apagaste la lú!”), el poeta demuestra que por más incierto se presente el futuro aún conserva el dominio de su instrumento, y lo tañe con holgura.
Publicada el sábado 24 de abril de 2024 en Ideas / La Nación.
Reseña: Dame spray, de Legna Rodríguez Iglesias
Dame spray
Legna Rodríguez Iglesias
Nebliplateada, 2023
Hablar de la poesía de Legna Rodríguez Iglesias es hablar de una escena artística muy distinta a la que conocemos de Argentina o cualquier otro país de la región. Cuba, donde nació, así como la historia y realidad del país (bajo el flagelo del bloqueo yanqui, que hoy vuelve a ser noticia por las graves consecuencias sobre la población isleña) no pueden dejar de leerse en paralelo a las disputas de poder con el gigante vecino. Claro que la dimensión política siempre tiene un contrapunto cultural, pero en el contexto poético cubano la lucha de ideas está a la orden del día; artistas e intelectuales asumen (dentro o fuera de la isla), tanto en la obra como en incursiones mediáticas, su rol –ya sea en favor del gobierno o de la injerencia estadounidense.
Dame spray, publicado originalmente en 2016, es quizá el primer libro de Legna Rodríguez Iglesias que sale por un sello argentino, aunque su poesía ya venía leyéndose, y circulaba en revistas y talleres locales. Y, si bien su estética tiene muchos puntos de contacto con la poesía latinoamericana de los noventa y dos mil, sería errado leerla como leemos a Fernanda Laguna o Mara Pastor. ¿Qué significa que un poema cubano se titule “Abuelo Brecht”? Poesía anticastrista, cultura masiva y sexualidad en su amplio espectro son algunas las características innovadoras que definen a la Generación Cero (grupo de poetas cubanos nacidos entre los setenta y ochenta, al que pertenece Legna). Pero las coordenadas políticas de esa camada la diferencian ampliamente de coetáneos latinoamericanos insertos en países donde rige la democracia de mercado. Sería, por lo tanto, un equívoco leer estos poemas desentendiéndose del contexto específico cubano.
Así, algunos versos en Dame spray enuncian con nitidez la posición político-ideológica desde la que se canta: tanto en el campo estético (“Aquellos escritores de clase media alta y revolucionarios/ y viejos y pedófilos, me miraban así como a una fruta/ sin jugo ni masa y sonreían cautelosos de mí,/ pequeña sabandija lengüilarga:/ la honestidad solo existe en tus pulmones”), como a nivel de la identidad sexual (“El trece de agosto cumple años nuestro comandante/ y cumple años mi tío un hombre como pocos/ que me ha dicho maricona en mi propia cara”), y de las políticas de estado (“El primer viaje de mi vida fue ilegal/ La Habana-Lima y Lima-Santo Domingo/ con una visa falsa bajo una tormenta llamada Ernesto”) los poemas de Rodríguez Iglesias suelen aunar la crítica en primera persona con una impugnación al ideario revolucionario en su conjunto.
Legna Rodríguez Iglesias
Nebliplateada, 2023
Hablar de la poesía de Legna Rodríguez Iglesias es hablar de una escena artística muy distinta a la que conocemos de Argentina o cualquier otro país de la región. Cuba, donde nació, así como la historia y realidad del país (bajo el flagelo del bloqueo yanqui, que hoy vuelve a ser noticia por las graves consecuencias sobre la población isleña) no pueden dejar de leerse en paralelo a las disputas de poder con el gigante vecino. Claro que la dimensión política siempre tiene un contrapunto cultural, pero en el contexto poético cubano la lucha de ideas está a la orden del día; artistas e intelectuales asumen (dentro o fuera de la isla), tanto en la obra como en incursiones mediáticas, su rol –ya sea en favor del gobierno o de la injerencia estadounidense.
Dame spray, publicado originalmente en 2016, es quizá el primer libro de Legna Rodríguez Iglesias que sale por un sello argentino, aunque su poesía ya venía leyéndose, y circulaba en revistas y talleres locales. Y, si bien su estética tiene muchos puntos de contacto con la poesía latinoamericana de los noventa y dos mil, sería errado leerla como leemos a Fernanda Laguna o Mara Pastor. ¿Qué significa que un poema cubano se titule “Abuelo Brecht”? Poesía anticastrista, cultura masiva y sexualidad en su amplio espectro son algunas las características innovadoras que definen a la Generación Cero (grupo de poetas cubanos nacidos entre los setenta y ochenta, al que pertenece Legna). Pero las coordenadas políticas de esa camada la diferencian ampliamente de coetáneos latinoamericanos insertos en países donde rige la democracia de mercado. Sería, por lo tanto, un equívoco leer estos poemas desentendiéndose del contexto específico cubano.
Así, algunos versos en Dame spray enuncian con nitidez la posición político-ideológica desde la que se canta: tanto en el campo estético (“Aquellos escritores de clase media alta y revolucionarios/ y viejos y pedófilos, me miraban así como a una fruta/ sin jugo ni masa y sonreían cautelosos de mí,/ pequeña sabandija lengüilarga:/ la honestidad solo existe en tus pulmones”), como a nivel de la identidad sexual (“El trece de agosto cumple años nuestro comandante/ y cumple años mi tío un hombre como pocos/ que me ha dicho maricona en mi propia cara”), y de las políticas de estado (“El primer viaje de mi vida fue ilegal/ La Habana-Lima y Lima-Santo Domingo/ con una visa falsa bajo una tormenta llamada Ernesto”) los poemas de Rodríguez Iglesias suelen aunar la crítica en primera persona con una impugnación al ideario revolucionario en su conjunto.
Por supuesto que los poemas de Legna no son solo propaganda anticubana; los procesos del cuerpo en sus dimensiones escatológica y clínica, los vínculos afectivos trabajados desde una ambigüedad inquietante, y la corrosión de los mandatos sociales (Thomas Bernhard se vuelve santo y seña desde los múltiples epígrafes que le dedica Dame spray) funcionan de apoyo para la línea ideológica dominante. Una línea que, por supuesto, es también estética. A tal punto es así que disputa, irónica aunque malintencionadamente, la herencia de Brecht con la intención de convertir la propuesta social del teatro posdramático en un salmo al individualismo: “Por lo que si me coloco en el centro de la escena/ seré un ser humano libre”.
Sería inconducente pedirle ecuanimidad al francotirador. A pesar de que, en la tradición del infante terrible, Dame spray por momentos amenaza a la audiencia general, sin distinciones (“Queridos escritores de todas partes del mundo,/ observen nuestros dientes mientras aplaudimos”), los poemas de Legna Rodríguez Iglesias no atacan al gusto burgués ni al orden global triunfante. Con versos eficaces y bajo una estela pop, sus poemas se dirigen contra un enemigo puntual y, en ese escenario armado a su medida, enarbola el arte de un sujeto único, que canta para su provecho. Es, en esencia, un discurso muy alejado a cualquier disidencia progresista y más cercano al libertarismo individualista hoy en alza.
Sería inconducente pedirle ecuanimidad al francotirador. A pesar de que, en la tradición del infante terrible, Dame spray por momentos amenaza a la audiencia general, sin distinciones (“Queridos escritores de todas partes del mundo,/ observen nuestros dientes mientras aplaudimos”), los poemas de Legna Rodríguez Iglesias no atacan al gusto burgués ni al orden global triunfante. Con versos eficaces y bajo una estela pop, sus poemas se dirigen contra un enemigo puntual y, en ese escenario armado a su medida, enarbola el arte de un sujeto único, que canta para su provecho. Es, en esencia, un discurso muy alejado a cualquier disidencia progresista y más cercano al libertarismo individualista hoy en alza.
Publicada el sábado 13 de abril de 2023 en Ñ / Clarín con el título "Poesía anticastrista y sexualidad".
Reseña: Cuadra, de Máximo Chehin
Cuadra de Máximo Chehin
Bajo la luna, 2023
320 páginas
La novela Cuadra de Máximo Chehin (Aguilares, Tucumán, 1972) lleva en el título la unidad mínima de terreno necesaria para enmarcar una multiplicidad de acciones: una cuadra anónima de una ciudad ribereña en el año 2015 donde vive gente cuyas “pequeñas historias no son más extraordinarias que otras que se dieron en la cuadras siguiente” y que tienen su punto de unión y fuga en el salto de un hombre desde el balcón.
Con las sirenas de patrulleros que sobresaltan a los vecinos, Cuadra despliega, en capítulos alternados, un puñado de historias pasadas y futuras. Una empleada doméstica, luego de ser despedida, viaja al pueblo de Salta donde vivió su abuela y hereda el don de la clarividencia. Un empleado raso comienza un proyecto de energía eólica y termina fundando el emporio más poderoso del mundo con una ciudad inteligente en la Patagonia sin jamás deshacerse de un dolor fantasmal en la pierna. Un militante quebrado del Movimiento Todos por la Patria se dedica a hacer mucha plata y después perderla hasta que deviene en sin techo, asistido periódicamente por sus hijas. Una joven integrante de la UES se exilia y tiene un encuentro amoroso con el encargado de un bar lisboeta del que muchos años después su sobrina leerá que ha sido vendido.
Estas son algunas de las tramas que entrelaza Chehin en tono homogéneo y sin perder la distancia respecto de acciones y protagonistas. En menor o mayor medida, las historias tienen alguna perspectiva política pero como si se tratase de un material más, sin jerarquizar (como expone el capítulo inicial, lo mismo vale, narrativamente, un incendio inmotivado en una panadería que el secuestro de una persona por un grupo de tareas), y sobre todo sin que las contradicciones históricas produzcan ningún tipo de tensión en el lenguaje. Esto acerca Cuadra más al orden de la fábula que del realismo: los cambios diametrales en la fortuna de los personajes son inmotivados; ellos no comprenden las causas y el narrador, a pesar de su omnisciencia, tampoco las aborda. Enriquece el retablo el hecho de que los personajes sean socialmente variados (hay mucho de proyecto naturalista en la novela), aunque algunas cosmovisiones individuales pequen de cierta ingenuidad o simplismo en su elaboración –como cuando la guerra total por los últimos yacimientos de petróleo llega a un armisticio una vez consensuada su “futilidad” por parte de las potencias mundiales.
El libro de Chehin intenta superar la novela convencional mediante una estructura narrativa relativamente compleja, pero termina fomentando la idea conservadora, y bastante extendida, de que la literatura consiste simplemente contar historias, sin conflictos en el lenguaje.
Bajo la luna, 2023
320 páginas
La novela Cuadra de Máximo Chehin (Aguilares, Tucumán, 1972) lleva en el título la unidad mínima de terreno necesaria para enmarcar una multiplicidad de acciones: una cuadra anónima de una ciudad ribereña en el año 2015 donde vive gente cuyas “pequeñas historias no son más extraordinarias que otras que se dieron en la cuadras siguiente” y que tienen su punto de unión y fuga en el salto de un hombre desde el balcón.
Con las sirenas de patrulleros que sobresaltan a los vecinos, Cuadra despliega, en capítulos alternados, un puñado de historias pasadas y futuras. Una empleada doméstica, luego de ser despedida, viaja al pueblo de Salta donde vivió su abuela y hereda el don de la clarividencia. Un empleado raso comienza un proyecto de energía eólica y termina fundando el emporio más poderoso del mundo con una ciudad inteligente en la Patagonia sin jamás deshacerse de un dolor fantasmal en la pierna. Un militante quebrado del Movimiento Todos por la Patria se dedica a hacer mucha plata y después perderla hasta que deviene en sin techo, asistido periódicamente por sus hijas. Una joven integrante de la UES se exilia y tiene un encuentro amoroso con el encargado de un bar lisboeta del que muchos años después su sobrina leerá que ha sido vendido.
Estas son algunas de las tramas que entrelaza Chehin en tono homogéneo y sin perder la distancia respecto de acciones y protagonistas. En menor o mayor medida, las historias tienen alguna perspectiva política pero como si se tratase de un material más, sin jerarquizar (como expone el capítulo inicial, lo mismo vale, narrativamente, un incendio inmotivado en una panadería que el secuestro de una persona por un grupo de tareas), y sobre todo sin que las contradicciones históricas produzcan ningún tipo de tensión en el lenguaje. Esto acerca Cuadra más al orden de la fábula que del realismo: los cambios diametrales en la fortuna de los personajes son inmotivados; ellos no comprenden las causas y el narrador, a pesar de su omnisciencia, tampoco las aborda. Enriquece el retablo el hecho de que los personajes sean socialmente variados (hay mucho de proyecto naturalista en la novela), aunque algunas cosmovisiones individuales pequen de cierta ingenuidad o simplismo en su elaboración –como cuando la guerra total por los últimos yacimientos de petróleo llega a un armisticio una vez consensuada su “futilidad” por parte de las potencias mundiales.
El libro de Chehin intenta superar la novela convencional mediante una estructura narrativa relativamente compleja, pero termina fomentando la idea conservadora, y bastante extendida, de que la literatura consiste simplemente contar historias, sin conflictos en el lenguaje.
Publicada en Ideas / La Nación - 24 de febrero de 2024
https://www.lanacion.com.ar/ideas/resena-cuadra-de-maximo-chehin-nid24022024/
Luna en la hierba, de Aurelio Asiain
Si traducir un poema conlleva el ejercicio de situarlo en contexto histórico y social, la lectura del poema traducido bien puede fungir como vía de entrada, no solo al texto, autor y lengua originales sino a toda una cultura. En Luna en la hierba, el mexicano Aurelio Asiain, profesor y traductor, entre otros múltiples oficios, consigue realizar una tarea de traducción cultural en sentido amplio al tiempo que pergeña un artefacto literario de extrema fineza.
El volumen, publicado por primera vez en España por Hiperión (2007), compila en la presente reedición argentina 38 tanka de distintos poetas japoneses del período Heian (794-1185 d. n. e.); cada uno de los cuales, además de su versión original en ideogramas y una transliteración fonética al alfabeto latino, viene escoltado en las páginas pares por un comentario que se explaya en relación a los códigos estéticos que presentan los versos en cuestión, la historia del período, aspectos destacables de la vida de los poetas, puestas en relación de figuras y tropos (qué significan en un poema la flor del cerezo, la luz de la luna, las mangas húmedas de un kimono), aspectos formales y sonoros del poema original, variaciones posibles sobre la traducción e incluso otros tanka que funcionan como referencias ineludibles en la vigilado entramado de la tradición cortesana. La estructura misma de Luna en la hierba entabla un diálogo con la tradición lírica nipona en tanto retoma el poema comentado, género muy fecundo en el periodo clásico japonés.
La holgura y elocuencia con que Asiain elabora los comentarios y la introducción al libro no se vuelven sino más valiosos incluso en complemento con la meticulosidad de la traducción, así como la exhibición de los criterios con que fue realizada. Si la compleja riqueza de una cultura que nos queda lejos en tiempo, espacio y comprensión de los elaborados códigos de clase (Asiain hace hincapié en el carácter, no público, sino limitados a la sociedad cortesana en el que se inscriben y circuló el tanka) está como encriptada en caracteres japoneses, el proceso idóneo para desandar las capas centenarias de codificación cultural parecería ser, según sugiere la lectura de esta antología, uno a la vez claro, pedagógico y sincero con su propio lugar de enunciación.
Un caso paradigmático de la traducción cultural que plantea Luna en la hierba se puede leer en el poema de Sakanoue no Korenori: “Luna del alba/ al resplandor primero/ me parecía:/ el pueblo de Yoshino,/ nieve recién caída.” La lectura no guiada de este tanka seguramente pasaría por alto que el pueblo Yoshino es conocido desde el siglo VII por la gran cantidad de cerezos que plantara “para atracción de estetas y turistas, el santo asceta montañés En no Gyouja”; con lo cual la mera mención del topónimo debería evocar en el lector nativo (y familiarizado con el simbolismo de Heian), de manera inmediata, la marea de pálidos pétalos que con su floración anuncian el inicio de la primavera. Sin este dato, que Asiain contextualiza a nivel histórico a la vez que estético, la mayoría de los lectores ni siquiera sospecharíamos la presencia de la flor del cerezo en el poema, que, como el comentarista no tarda en desarrollar, integra la tríada del setsugekka (cuyos caracteres representan nieve, luna y sakura), parte de una larga tradición, ubicua tanto en la poesía como en las artes visuales del Japón clásico.
Luna en la hierba está dirigido a un “lector metódico”; alguien dispuesto a seguir con atención las resonancias internas de una antología que, con equivalente devoción metódica, condensa un abanico de sentidos diversos en una extensión reducida al mínimo. Así es cómo Asiain expone y desafía al lector cuando analiza de qué manera la figura del barquero puede provocar sentidos opuestos en dos poemas de autores distintos: uno “navega hacia la disolución” mientras que el otro, con su canto, “llama al que lo oye a una vida que está en otra parte”. O cómo el símil del brocado, que suele asociarse a “los ocres y oros sangrientos del otoño encendido” es reconvertido por Sosei, con no poco alarde de innovación, en un metáfora de la primavera (“Sauces, cerezos/ donde la vista llega/ entretejidos:/ la ciudad, en brocado/ primaveral resuelta”).
Ya desde la decisión de limitarse al tanka (poemas de cinco versos; de cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas) en lugar del haiku (forma mucho más conocida en Occidente, que surge en el siglo XV al suprimirse los dos últimos versos del tanka), Luna en la hierba presenta una vocación por desarticular los lugares comunes que predominan acerca de la poesía nipona clásica. Ese mismo impulso crítico se corrobora en varios de los poemas seleccionados por Asiain que, por su excepcionalidad respecto a la doxa, otorgan un aliento estimulante a la antología: un tanka de verano de Sone no Yoshitada, cuando la tradición privilegia la suavidad climática de las medias estaciones, que tensa con ambigüedad la cuerda del erotismo; otro, del célebre Fujiwara no Teika, que a contramano de “la convicción corriente que identifica la verdad de la poesía con la inocencia del poeta” llega a través del pensamiento a la certeza de que sí hay color en el cielo nocturno (“...es claro el otoño/ en la luz de la luna”); un poema de Masaoka Shiki que, en pleno siglo XX, presenta homenaje al béisbol, o aquel de Minamoto no Sanemoto en el que, con aires de barroco español y lejos del realismo que lo caracteriza, otorga existencia plena a lo que parece ilusorio, “...una sombra/ en el espejo,/ que no está donde está/ ni ahí deja de estar.”
Publicado en revista Ñ (07/03/2024)
Reseña: Buuuh! de Iosi Havilio
Buuuh! de Iosi Havilio (Entropía, 2023)
por Emilio Jurado Naón
Buuuh! de Iosi Havilio es una sucesión de más de 1500 apartados breves entre los que se cruza y superpone la escritura de dos diarios simultáneos: uno de ficción, que adelante el subtítulo “Diario de un rodaje”, anota la realización de una película internacional en Punta Indio durante una invasión extraterrestre; el otro, presumiblemente, es el diario de escritura de este último. La mayoría de las entradas consiste en apenas una línea –una primera persona que puede atribuirse a cualquiera de los dos diaristas, o bien parlamentos de los personajes que integran el equipo–, aunque algunas cobran un caudal narrativo mayor y desarrollan escenas, personajes y situaciones centrífugas.
Poco importa glosar la trama porque, si existe un mínimo interés narrativo en Buuuh!, este consiste en frustrarlo y, al mismo tiempo, señalar tal pretensión como imposible o indeseable: “Pierdo el hilo de la trama […] ¿Qué trama?”; “¡Qué paja la cronología!”; “Esto no es una novela” son algunas de las reflexiones que subrayan la voluntad antinarrativa de Havilio.
Si bien escribir contra el relato, los géneros y el sentido no es algo novedoso en sí, es cierto que tampoco hay por qué pedirle innovación a todos los textos. Lo que sorprende en el caso de Buuuh! es que se aviene menos a desarrollar una propuesta propia que en interrumpirla mediante constantes valoraciones y evaluaciones en relación a cómo debería ser leído. Son varias las hipótesis que Buuuh! va tanteando a lo largo de las páginas para definir su propia dinámica: las tensiones y superposiciones entre literatura y vida; los tipos de escritores según su certeza y control sobre lo que narran; el crecimiento espiralado de la glicina; un diagrama en el que se entrecruzan las líneas del relato; dudas acerca de la validez de usar Wikipedia; las capas de la cebolla similares a las láminas que componen a los alienígenas invasores. No es esta búsqueda lo que obtura la lectura del libro (al contrario, si se tratara solo de una sucesión de figuras y reflexiones sobre la escritura, sería mucho más rico), sino la reincidente preocupación por cómo será valorado.
Desde conmiseraciones hacia el lector penitente (“Estás leyendo cosas que preferirías no leer. Lo lamento.”) hasta ataques preventivos contra el juicio de valor (“¿Bueno? ¿Malo? No me digas que todavía te manejás con esas oposiciones. Hablás como si creyeses en el sujeto, el conocimiento y la ética. ¿No serás un idealista, vos, no?”) alternados cada tanto con algún ejercicio poco agraciado de pedantería (“Todo esto sería una trampa atrapa sueños. Atrapa cucas. Atrapa expertos”); lo que en un comienzo puede entenderse como un texto hiperconsciente de sus procedimientos pronto pasa a mostrarse como inseguro hasta la exasperación.
No hay interés en indagar acerca de las condiciones de producción de este diario –la rigurosidad o pereza que acompañaron cada una de sus entradas quedan reservadas al plano especulativo. Sin embargo, ciertos aspectos del texto atestiguan el bajo grado de riesgo que está dispuesto a asumir: el cliché de que, en el fondo, se trata de otro diario de cuarentena (“Sí, por supuesto, todo esto que pasa, pasa mientras pasa la peste”); el rápido abandono de la propuesta realista a cambio de un flojo abordaje de la ciencia ficción; un trabajo de la oralidad que descansa en estereotipos coloquiales.
Pero quizás lo que mejor representa la ausencia de riesgo en Buuuh! es la consolidación de la frase corta como unidad mínima. Distraído en su pretensión vanguardista contra el sentido, Havilio se refugia en el formato tuit; descontextualizada, pagada de sí misma, efectista, la operación del texto se mimetiza con una de las formas verbales más cristalizadas de nuestra época sin ningún tipo de contradicción. Quizás distraído en disputas vetustas con la narratología y en controlar su recepción, Havilio descuida cualquier reflexión con los modos contemporáneas de la comunicación, se pliega a lo que viene dado y termina produciendo un libro cómodo, sin riesgo, ya leído.
---
Publicada en Ñ (Clarín) el 16 de febrero de 2024 con el título "Una glicina que se enrosca en sí misma".
Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni
Estar fuera de época es sintonizar con la época. Como le pasa al pintor español José Gutiérrez Solana, que luego de ser humillado públicamente por Filippo Marinetti, lo lleva de paseo con excusa de presentarle la violencia y velocidad ibéricas en una corrida de toros y se termina vengando, tragos de ajenjo y estampas grotescas mediante, del adalid futurista en gira europea. Para el estómago del italiano, el realidad profunda del pueblo castellano es demasiado. A otros personajes de Hotel Pelícano, de Agustín Caldaroni, les pasa lo contrario: son las impostaciones de la actualidad las que les generan náusea, y ellos luchan por encontrar algún resquicio de realidad en el que todavía palpite algo verdadero. Pueden ser las luces de La Paz vistas desde el cerro, los recuerdos de primeras experiencias sexuales, el cuadro de dos pastorcitos en la casa de los abuelos o incluso los olores que vuelven de una ciudad visitada hace décadas; cuando no hay dónde hacer pie, los protagonistas de estos relatos se aferran a alguna imagen sensorial que brota al rescate desde la honda memoria.
La inocencia perdida es una línea común Hotel Pelícano, pero, cuando esa nota de nostalgia se entrevera con un anacronismo deliberado (o con un desplazamiento espacial, como pasa con el músico boliviano El Papirri de viaje en Tokio), sus relatos retoman con nueva potencia una tradición del realismo que parecía haber sido abandonada en Argentina. A veces cerca del vitalismo, otras del burlesque; en definitiva, la apuesta de Caldaroni reacciona ante un análisis de situación en el que la literatura mayoritaria ha sido diagnosticada como falsa, y ante lo cual se vuelve urgente recuperar tradiciones truncas que posibiliten una refundación del realismo.
La inocencia perdida es una línea común Hotel Pelícano, pero, cuando esa nota de nostalgia se entrevera con un anacronismo deliberado (o con un desplazamiento espacial, como pasa con el músico boliviano El Papirri de viaje en Tokio), sus relatos retoman con nueva potencia una tradición del realismo que parecía haber sido abandonada en Argentina. A veces cerca del vitalismo, otras del burlesque; en definitiva, la apuesta de Caldaroni reacciona ante un análisis de situación en el que la literatura mayoritaria ha sido diagnosticada como falsa, y ante lo cual se vuelve urgente recuperar tradiciones truncas que posibiliten una refundación del realismo.
Publicada en La Nación (13 de enero de 2024)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Apuntes sobre TRINCHETA de Juan Rocchi
Yo también fui joven, como Dillom. Y mientras eso (la juventud) ocurría, y mientras en la primera década del siglo se publicaban carradas de...

-
Yo también fui joven, como Dillom. Y mientras eso (la juventud) ocurría, y mientras en la primera década del siglo se publicaban carradas de...
-
Dos libros impresos en agosto de 2019 se relacionan con Sarmiento. Ambos están escritos por licenciados en Letras de la UBA, lo que me hace ...
-
Dame spray Legna Rodríguez Iglesias Nebliplateada, 2023 Hablar de la poesía de Legna Rodríguez Iglesias es hablar de una escena artística mu...